FUNERARIA ENTRE CIPRESES, DECESOS Y POMPAS FÚNEBRES, S.L.

Don Serapio de la Virgen Madre del Amor Hermoso y de todos los Santos Torralba Lopagán gasta nombre de príncipe de Asturias o de banquero lisboeta, según algunos y apellidos de línea ferroviaria según otros. Don Serapio de la Virgen etcétera se llama así, en realidad, en honor a la Virgen Madre del Amor Hermoso y de todos los Santos, que es la Santa Patrona de los funerarios.
Don Serapio de la Virgen, para abreviar, siguió los pasos de su padre, Serapio I, y heredó la funeraria “Entre Cipreses”. Decesos y pompas fúnebres, sociedad limitada cuando el fundador decidió probar definitivamente la bondad de sus propios servicios.
Don Serapio de la Virgen, una vez heredado el emporio funerario, miró de casarse para dotar al negocio de un tercer Serapio. Como su decisión le pilló a finales de septiembre, que es cuando más se mueve la mercancía en su negocio –dicho sea sin ningún tipo de cachondeo-, tomó por esposa a la que tenía más a mano. Don Serapio de la Virgen se casó con la Balbina Castrogeriz Manganeses, cantaora de martinetes e hija, como está mandado, de calderero y forjador. Con este matrimonio se prolongó, según decían algunos, la línea férrea a Zamora y Galicia. La Balbina y el don Serapio tuvieron, finalmente, un varón algo grisáceo y de pocas carnes, al que pusieron Serapín.
Para mi que el Serapín no llega al Córpus.
¡Hombre!, no gafe usted al muchacho.
Por mi, como si llega a octogenario. ¡No te digo!. ¿Pero no ha visto usted que mala color gasta?
La Balbina, cuando encuentra una botella de manzanilla a mano y unas olivas, organiza un recital de martinetes en la oficina de la funeraria. A ella acuden los amigos y vecinos para oír cantar a la Balbina, quien es despedida con ovaciones y olés, como si fuera El Litri.
¡Balbina!, por Dios. La riñe el don Serapio de la Virgen. No ves que puede entrar algún familiar o algún encargo y no da buena imagen.
¡Qué sabrás tú, malage!
El don Serapio, que de tonto tiene bien poco, abre el capote y hace faena de aliño al miura de la papalina. Bien pensado, no hay mal que cien años dure ni resaca que no solvente un buen café con ibuprofeno.
El don Serapio es un hombre muy meditabundo y algo filósofo. Eso que no nació en Alemania ni es comunista. El caso es que se le quedó grabado en el inconsciente que tan solo él, la Balbina y el Serapín asistieran al funeral del Serapio I. Es el triste sino que nos guarda este oficio, Serapín. ¿Quién entierra al enterrador?. ¿Quién nos dará la pompa y el boato preciso cuando nos visiten las cuatro parcas?. Al llegar a este punto el Serapín se ha quedado dormido. Al Serapín, cuando se duerme se la cambia la color del gris al gualda oscuro, casi sucio.
Oye, Balbina, le dice el don Serapio. ¿A ti no te parece que el Serapín cuando se duerme se parece al Chang Kai-chek?.

Del queré a no queré
hay un camino mu largo
que tol mundo recorre.
ay que sin sabé cómo
ni cuando.

Mejor lo dejamos para cuando escampe, se dice el don Serapio, más por conformarse que por otra cosa.
Buenas tardes. ¿Darían ustedes un servicio muy especial a un reciente difunto?, preguntó un hombre algo sordo. Bueno…, más que algo.
¿Cómo dice?, se preguntó el sordo a sí mismo.
¿Que si darían ustedes un servicio muy especial a un reciente difunto?
¡Ah!, usted perdone, es que soy algo duro de oído.
Pues sí, contestó el don Serapio. Para eso estamos. Lo que usted necesite, si está en nuestras manos, cuente con ello. ¿De qué se trata?
¿Cómo dice?, se preguntó a sí mismo el sordo.
¡Que de qué se trata!
¡Ah!.
Pues verá. Es que tengo que enterrar a mi suegro, don Archibaldo de Pinares y Sotos, que aunque tenga apellidos nutricios y vegetales, ha entregado la cuchara en buena ley de Dios a los noventa y tres años.
¿Y donde está el problema?
¿Cómo dice?
¿Eh?
¡Que cómo dice!, se volvió a contestar el sordo.
Pues verá, es que mi suegro era, como le diría yo…, bastante cargado de espalda. O sea, lo que se viene llamando chepa.
¿Y?
Pues que me preguntaba si a los chepas se les entierra en posición fetal, con un féretro con forma de interrogación o, por el contrario, se le entierra a la birulé y luego, con el traqueteo del subirlo y bajarlo las escaleras de la iglesia, no se descompensará y sonará dentro del ataud.
Pues no. Verá usted. A los enfermos de hipercifosis se les entierra calzándoles la joroba para que no se mueva. De esta manera se soluciona el problema.
¡Ah!, si usted lo dice que es el experto…
También existe otra fórmula, que es la incineración.
¿Cómo?, preguntó el sordo
Que también existe otra fórmula, que es la incineración. Se contestó a si mismo.
¡Ah!. Diga. Diga.
Pues mire, se incinera el cuerpo y al día siguiente, para el funeral, se les entrega una urna funeraria con las cenizas del difunto y así no hay problemas con la hipercifosis de su deudo.
No, contestó el sordo. Si lo vamos a pagar. No vamos a dejar deudas.
El don Serapio ni corrigió ni apuntó nada en este punto para no alargar más las explicaciones.
¡Que tío, el don Serapio!, qué mano tiene para los negocios del luto.
¿Y luego lo podemos enterrar en nuestro panteón?
Claro. Naturalmente. Nosotros podemos encargarnos de ellos también.
¿Cómo?
¡Calla ya!, jodío sordo, se dijo el sordo a si mismo.
¡Calla y escucha!
Es que verá usted, dijo el sordo. En nuestro pueblo esto de la incineración no está bien visto. Nosotros queremos enterrarlo con caja y todo.
Tampoco hay problema. Nosotros lo incineramos y metemos la urna en el féretro. Luego lo enterramos y aquí paz, y para su suegro, gloria, que de eso se trata.
Ah, dijo el sordo que esto lo cogió a la primera. Pues me parece muy bien.
Al día siguiente la plaza del pueblo estaba de bote en bote para ver el funeral y posterior entierro del don Archibaldo de Pinares y Soto que era algo terrateniente y cacique del pueblo. El coche fúnebre paró frente a las escaleras de la iglesia y un grupo de vecinos elegidos por el sordo se hizo cargo del féretro. Al subir las escaleras y poner la proa del féretro hacia el atrio de la iglesia y la popa con cuarenta y cinco grados de inclinación, la urna salió rodando y del golpetazo soltaron el féretro los cuatro porteadores al grito de ¡ostias, Pedrín!.
Por los fríos y grises adoquines de la plaza mayor del pueblo, tan fríos y tan grises como el cutis del Serapín, rodaron los despojos inertes del don Archibaldo de Pinares y Soto para befa, mofa y escarnio de propios y extraños.
El don Serapio de la Virgen Madre del Amor Hermoso y de todos los Santos echó mano al Serapín y le tundió a palos por no haber calzado la urna. ¡Adán!, que vas a acabar conmigo.
El sordo, afortunadamente, no se enteró de las risotadas que la Balbina Castrogeriz Manganeses, cantaora de martinetes, echaba desde el asiento del conductor del coche fúnebre. Cuando recuperó el resuello le dio al martinete:

y porque he nacido gitano…
no creas que soy malo
porque en la vida todos somos malos y buenos
y tambien somos…cristianos

¡Qué bárbaro!, decía la Tránsito, la pipera del pueblo, no había visto otra igual en mi vida.
¿Y cómo termino?, Tránsito.
Como el rosario de la aurora. Resulta que el ayuntamiento ha elevado una fila más de nichos y el sordo le ha denunciado porque dice que le quita la vista a su panteón.
¿Y para qué quieren vistas si ya están como la mojama?
¡Ah!, serán cosas de los ricos; que ni para eso se igualan.
¡Ya verán cuando vengan los nuestros!
¡Diga usted que sí, Tránsito!. ¡Ya verán!

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Una respuesta a “FUNERARIA ENTRE CIPRESES, DECESOS Y POMPAS FÚNEBRES, S.L.

  1. Jose Maria

    Joer Angel, !si hasta eres experto en colocar jorobados en el ataud!
    Por cierto, me he recordado de nuestro comun amigo “funerario” que hace mucho tiempo no sabemos nada de el.