EL LORO DE LORD STOCKBRIDGE

El joven británico Christian Stockbridge, penúltimo lord de la casa Stockbrigde, era un viejo prematuro. El viejo/joven británico Christian Stockbrigde había pasado toda su niñez con su tía segunda, la señorita lady Adele Standish-Plaston en la casa familiar de Cranfield, en la campiña inglesa, a medio camino entre Oxford y Cambridge. De niño paseaba de forma afectada desmayando la vista de forma hipnótica por una sucesión de casitas de negros artesanados, de ventanas adornadas con cortinas de floridos encajes policromos y sobre todo, con el repetido ornamento de las macetas pletóricas de flores que, como abalorios perfumados, invitan a la pausa y la sonrisa complacida. El viejo/joven lord Sotckbridge escribió un pequeño versito, algo cursi, que decía:

“Oh! el paisaje de pintura devorando al aldeano de vetusta pipa manchada.
Oh! el perfume intransferible de los campos ingleses que me vieron nacer y que me convirtieron en creyente”.

El otro entretenimiento del penúltimo lord Stockbridge consistía en escuchar cómo el loro de la señorita Standish-Plaston decía las cuatro cursiladas que le habían ido enseñado: “mom”, “parrot” y “Chris” que era el diminutivo del joven Christian y alguna fugaz escapada, los sábados hasta las 20,00 horas, para tomar unas pintas en el pub The Puddy’s Corner que regentaba McMacarra, un punki de cresta multicolor.
El resto de las tardes, de entre las nieblas de Cranfield, aparecía puntual el obispo epicospaliano John Drewler quien tomaba el tea con Ms. Adele Standish-Plaston y la esposa del joven lord.
¡Christian!. Llamaba la anciana Ms. Standish-Plaston
¿Yes?
Pásale al padre Drewler el plato con los sandwiches de brécol con alfalfa germinada
Immediately
No; no se moleste, decía el padre Drewler antes de coger dieciséis medios sandwiches.
¿No es costumbre, my lady, hacerlos de carne o de roast beef?
La carne, señor obispo… Eso es lo que ha de hacernos perder la Gloria.
Es la otra carne, my lady, la que ha de preocuparnos, no las de las tiernas vaquitas y toros de Costwold.
Bien, joven –le preguntaba el obispo al viejo-joven lord- ¿qué sabe decir este simpático loro?
Tan solo dos o tres cosas que le han enseñado el mayordomo y la señorita Adele. Ya sabe…, que si mamá, que si lorito. Incluso dice mi nombre, pero nada más. Yo creo que no sabe hablar. Mi esposa lady Suzy Collins, de Las Vegas, California, en los Estados Unidos de América, también lo cree.
Veamos, dice el obispo. Lorito, lorito. Dinos alguna cosa.
Suzy putón. Dice el loro. El episcopaliano se quedó de piedra; la viejta señorita Standish-Plaston tuvo que esnifar un buen pellizco de sales y lady Suzy se quedó ojiplática y más corrida que una mona.
Wat?, preguntó aún sin creérselo el viejo-joven lord Stockbridge
Suzy putón, repitió el loro.
El obispo, recuperándose del susto, le arreo un capón con el sello episcopal que hizo que al pobre loro se le cayeran tres plumas de la misma cocorota. Sobre el occipucio del loro quedaron escritas la frase Come to my Good!
I love you, Gary. Acertó a musitar el loro mientras se rascaba la cabeza contra el palo de la jaula.
Pero, ¿qué es eso de te quiero, Gary?
A ver, dinos algo más.
Chris pablorromero. Muuuuu. Contestó el loro
Pero esto… ¿qué es lo que es?, se preguntaba Chris en un mar de balbuceos.
Pero bueno, Suzy, darling ¿se puede saber por qué me has hecho esto?
Lady Suzy, con la dignidad de aquellas pecadoras que han sido sorprendidas confesó la infidelidad.
¿Ahora te das cuenta de lo que yo quería? Echaba en cara a Chris los últimos cuatro años de matrimonio sin que le hubiera comprado la mascota que pretendía. ¿No te pedí yo que me compraras un pony en lugar de este ridículo pajarraco?. ¿Ves?. Si me hubieras hecho caso no te habrías enterado de esta manera tan miserable de mis líos con el apuesto jardinero Gary Linemayer. Anda, dile ahora a la vieja que enseñe a hablar al loro, espetaba lady Suzy con muy mala leche y sacando la vena californiana a lo Juanita Calamidad que ha hecho famosa a la mujer norteamericana.
El obispo anabaptista y algo mason de la iglesia episcopaliana John Drewler estaba como petrificado. En una mano la taza que sostenía con dos dedos y el meñique en alto y en la otra un medio sándwich de verdolaga con canónigos y una lámina de butter con sal untada con mimo…
Pero, pero… que en inglés se dice but, but…
Ahí te quedas, con el loro y con el cura.
¿Pero para qué quiero yo el loro? Si me va a recordar cada día tu traición.
El loro de tu tía quiero decir; que a éste me lo llevo yo para que me recuerde cada mes que me tienes que ingresar la pasta para mantenerme. ¡Gilipollas!, cargó la suerte mientras hacía un corte de manga de lo más aparente. Ahí te quedas, henpecked, que en inglés de Harvard quiere decir calzonazos.
Chris, gilipollas, bruuuu, bruuuu. Repetía el loro soltando una carcajada al modo burlón y cabronazo en que se ríen los loros y las cacatúas.

CODA: Hay veces -las más de ellas- que la realidad supera la ficción. El pobre loro se llevó el cocotazo por reproducir lo que oía y veía. ¡Qué triste es la vida de loro en la casa de una adúltera!.
http://www.tusnoticiascuriosas.info/2012/05/un-joven-descubre-la-infidelidad-de-su.html

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2 Respuestas a “EL LORO DE LORD STOCKBRIDGE

  1. Jose Maria

    jajajja D. Angel y es que no se puede tener un loro en casa.
    Pero lo que no puede ser es que un joven de la aristocracia inglesa se case con una de California.

  2. Venancio Buesa

    Pues peor que tener un loro es tener un perrito lambetón…..

    Perdoón

    saludos

    Venancio