DON PELAGIO DEL FRAILE CARAVACA, ALIAS APARICIONES

Don Pelagio del Fraile Caravaca, natural de Toral de los Vados, en el municipio de Villadecanes, partido judicial y diócesis de Ponferrada sufría en silencio, como las almorranas, los recortes que el gobierno había llevado a cabo para mejorar la economía. Don Pelagio había caído, recientemente, en el tifus del nuevo siglo: una depresión que le mantendría en cama hasta el final de sus días. Don Pelagio llamó al médico cuando se sintió abatido y sin remedio. No le atendieron porque, al decir de la señorita del teléfono, ahora con los recortes no se atendían llamadas al domicilio.
¿Entonces qué hago, señorita Rosa?. Al parecer todas las telefonistas se llaman Rosa.
Pues ese es su problema. Si no viene usted al centro no podremos atenderle.
¿Pues sabe qué le digo?, respondió don Pelagio muy serio y circunspecto, que se metan el dispensario por el culo.
Una tarde en que los cielos querían desplomarse sobre la villa toralina don Pelagio escuchó que las ventanas golpeaban como si alguien las hubiera abierto. ¿Será la tormenta?, quiso convencerse aún sabiendo que no era cierto. Subió el embozo de la cama y cerró los ojos como cuando era niño esperando que así se desvanecieran los temores infantiles que habían regresado. Sintió cómo se arrastraban algunos muebles; cómo se abrían y cerraban cajones y aparadores. Más tarde, y tras unos minutos que le parecieron siglos, don Pelagio sintió cerrarse la puerta.
Con el corazón desbocado, don Pelagio bajo el embozo y sacó la cabeza al aire frío de la tarde. Estaba sudando y tenía una buena taquicardia. Poco a poco fue calmándose y tomando fuerzas para poner pie a tierra y comprobar los desperfectos de la visita. Salió al comedor y allí estaba todo manga por hombro. Los cajones por el suelo. El revoltillo de todo lo que contenían le dio una idea clara de qué había ocurrido. Afortunadamente todo lo que para él tenía valor estaba guardado en su cuarto y allí no habían entrado. Más tranquilo echó en falta, tan solo, su billetera. ¡Bah!, pensó, con poco se han conformado. Haciendo de tripas corazón volvió a la cama y, sorprendentemente pudo dormir a pierna suelta sin más sobresaltos.
¿Ha visto usted la noticia, don Abdón?, pregunta un vecino al juez de paz.
¿Cuál de ellas, Trifón?
La de la muerte de don Pelagio.
¿Qué me dice?. ¿Cómo ha sido?
Pues al parecer cayó al río, que estaba muy crecido por la tormenta y lo han sacado más hinchado que un pavo.
¿Pues cuánto hacía que había muerto?
Ni se sabe, ni se sabrá, don Abdón. Ya sabe usted que, desde que estamos en crisis, si alguien aparece muerto y está bien documentado, no se le hace la autopsia. Como bien dice el presidente del gobierno, hay que ahorrar, don Abdón.
¡Y usted que lo diga, Trifón!. Y usted que lo diga.
Pasaron dos días de auténtica desolación en Toral de los Vados. Don Pelagio fue uno de los ingenieros de la mina y era muy reconocido por todos los trabajadores del pueblo. A nadie le extrañó, pues, que todo el mundo acudiera a los funerales por su eterno descanso.
La primavera dio paso al verano y éste al otoño. Las primeras lluvias no se hicieron esperar.
Es lo que tiene El Bierzo, Juanín dijo Gelo, el reconocido maestro freidor de anguilas y truchas.
Es lo que yo digo, Gelo. Que no has acabado de embotellar y ya tenemos la otra cosecha encima.
Afortunadamente, Juanín. ¡Qué haríamos en El Bierzo sin tus vinos?
Pues habría que beber cerveza ¿no?
¡Sí, hombre!, como si fuéramos belgas de esos de Alemania.
Adiós, buenas tardes, saludo un hombre a los dos amigos que charlaban animadamente.
Buenas tardes, don Abdón. Saludó Juanín de forma mecánica.
¿Cómo se te ocurrió saludar a un muerto?, preguntó Gelo.
¿Cómo que muerto?. Si don Abdón está más vivo que tu y que yo. ¿No lo viste?
¡Anda!, pues ahora que lo dijiste…
Buenas tardes; saludó don Abdón al llegar al dispensario médico.
Buenas tardes, le respondió Rosa, la telefonista.
Venía a tomarme la tensión.
A ver, déjeme su tarjeta médica.
Pues no la tengo. Me la robaron, contestó don Abdón que sabía que la tarjeta estaba en la billetera sustraída.
Pues el carné de identidad.
También estaba en la cartera robada. No tengo documentación.
Pues no podemos atenderle. Vaya usted a la Guardia Civil y ponga una denuncia. Con la denuncia ya le atenderemos.
Muchas gracias.
Don Abdón saludó a los dos guardias que fumaban un pitillo junto a la puerta de entrada. Sobre sus cabezas un rótulo que decía “Todo por la Patria”.
Buenas tardes, señores. Vengo a denunciar un robo.
Entre dentro, que está el cabo.
Muchas gracias.
Buenas Tardes, señor cabo. Vengo a denunciar un robo.
Su nombre y sus apellidos.
Pelagio del Fraile Caravaca, para servir a Dios y a usted.
¿Qué? ¿De cachondeo?
¿Cómo dice?
Pues que don Pelagio del Fraile Caravaca está muerto. Muerto y enterrado desde hace dos semanas.
Oiga, cabo. Esta usted borracho ¿o qué?. Yo soy Pelagio del Fraile y vengo a denunciar el robo de mi casa.
¡Sí hombre!, ¿Es que le han abierto a usted el panteón?, contestó burlón en picoleto.
¡Zas!, el garrotazo sonó como suenan los truenos junto al monte Teleno.
¡A mí, socorro!, gritaba el cabo. ¡A mi la guardia!
Como una centella entraron los dos guardias que detuvieron a don Pelagio que ahora trataba de golpear, a su vez, a los dos números. Una vez depositado en la calabozo, el cabo telefoneaba al puesto de Ponferrada para denunciar los hechos. Desde Ponferrada vinieron miembros del Cuerpo Superior de Policía que certificaron que un varón sin identificar había agredido al cabo de la Guardia Civil. Esposaron a don Pelagio y le trasladaron a León para ponerlo a disposición del Señor Juez.
Pero vamos a ver, don Pelagio, le dijo el juez. ¿Cómo es que no se le ocurrió llamarme a mi, conociendo nuestra amistad?
No quería molestar, Manolo.
Manolo era don Manuel Gistad y Recio, juez de Primera Instancia de León y que disfrutó de una beca que don Pelagio le concedió al ver que el chaval apuntaba maneras pero no podía seguir estudiando ya que el padre –minero silicótico- tuvo que ser dado de baja.
¡Con lo que yo le debo a usted, don Pelagio! Y mire que no recurrir a mi. ¡Quien le ha dicho a usted que molesta!.
Bueno, Manolo. A lo que vamos. ¿Me he muerto o no?.
¡Que humor tiene usted, don Pelagio!. El muerto era el atracador, un gitano portugués, que cayó al río con su cartera y su documentación. Ya sabe usted lo que ha dicho el Sr. Presidente del Gobierno, sobre ahorrar lo máximo posible…
Ya, ya. Ahora resulta que, para ahorrar nos van dando por muertos a los pensionistas ¿no?. Pues prefería lo de los viajes del IMSERSO. Al menos te mataban con el autobús pero ibas de viaje.
¡Ay que humor tiene!, don Pelagio. Nada, nada. Pelillos a la mar. Usted vuelva a Toral que yo ya he mandado un telegrama dando la nueva. ¡Verá que contenta se pone la gente al verle!.
¿Y aún no me han puesto mote, Manolo?. Ya sabes que la gente en los pueblos…
Bueno, don Pelagio. Ya sabe usted…
Y bien, ¿cómo me llaman?
Apariciones, don Pelagio. Apariciones
Jeje. Si al final hasta tiene gracia y todo…

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2 Respuestas a “DON PELAGIO DEL FRAILE CARAVACA, ALIAS APARICIONES

  1. Jose Maria

    A ver Don Angel una copita de ese vino tan bueno que dice Ud que hace su amigo en el Bierzo y ?que se llama?

  2. Venancio Buesa

    En gallego normalizado ese Villadecanes se transforma en “Viladecans”. Igualito que el de Cataluña; ya se han quedado los catalufos sin otro elemento diferencial!!!

    saludos

    Venancio (todavía sin normalizar)