BREVES INSTRUCCIONES ACERCA DE CÓMO PASEAR TRAS UNA TORMENTA

Tras los feroces goterones de la tormenta veraniega, las hojas verdes de los magnolios adquieren una tonalidad plástica. No es recomendable pasear bajo los magnolios ni aún bajo el viejo arce rojo. Tampoco debe hacerse bajo los plátanos de sombra ni bajo las moreras. Para pasear tras la tormenta es conveniente hacerlo bajo el pino o bajo la hilera triste de los cipreses que llevan al cementerio. Estos árboles no tienen hojas anchas que mantengan la humedad. En las calles ocurre otro tanto; no debe caminarse bajo el alero del tejado ni bajo la influencia de los canalones. De hacerlo puedes recibir el navajazo frío de la gota titilante que se cuela por la nuca y eriza el vello.
Tras la lluvia rauda, veloz, de la tormenta del noroeste los adoquines brillan igual que las hojas verdes de los magnolios. Los adoquines no adquieren una tonalidad plástica pero sí se vuelven peligrosos para los peatones y aún para las caballerías. ¡Menos mal que ya no circulan caballerías por los pueblos!.
Después de la tormenta el viento trae aromas de ozono. Trae el fresco y verde aroma de las moreras de espino de gruesos frutos ácidos negros y rojos y del verde terso y fresco de los helechos. En las telas de araña de los helechos, pequeñas gotas de agua han quedado atrapadas como moscas. Después de la tormenta engordan los líquenes de las tapias de los cementerios y los caracoles –esas tapas de taberna con sabor a chorizo y a jamón; con sabor a tomate y a guindilla- salen a disfrutar del frescor de la lluvia.
A mi me gustan los caracoles por la salsa, don Tristán.
¡Toma, y a mi!. Los caracoles, de no ser por la salsa, son una auténtica porquería y un asco, si uno lo piensa bien.
Cuando cesa la lluvia veraniega el sol pica un poco más que antes de llover. Cuando sale el sol, además, la humedad agobia al paseante que no encuentra lugar donde guardar el impermeable o el paraguas. Algunos, los más vivos o los que no tienen paraguas, se han refugiado dentro de un bar a esperar que escampe.
Usted cree, don Marcial, que esta lluvia será buena para perretxicos y níscalos.
Así dicen, don Trifón. Dependerá de si llueve en septiembre.
¿A usted le gustan los níscalos?
Pues no digo que no; aunque haya que acompañarlos de su ajo y su perejil. Con jamón picado también están buenos; pero resultan un tanto encorchados ¿no le parece?
Son mejores los perretxicos y aún más los boletus.
¡Donde va a parar!
Cuando ha cesado la lluvia no merece la pena pasear por el muro de las arizónicas. Tampoco se debe pasear por los pasillos que conforman las hortensias. Todo ello está húmedo y te empapa el pantalón y hasta la camisa.
Las hortensias son flores de colores artificiales y que se pueden combinar. Basta con clavar clavos y poner hojas de lata junto a las raíces. Las que más me gustan son las de color azul y las de color carmesí. Las hortensias secan muy bien si se las cuelga del tallo boca abajo y en lugar seco y oscuro. Luego, una vez secas, adornan muy bien las cestas de mimbre que se colocan sobre los armarios y en las esquinas de los cuartos.
La hortensia, según dicen algunos, da mala suerte porque es la flor de la soledad. A mi esto me parece cursi y hasta falso. La hortensia, es cierto, tiene mala fama como también la tienen la higuera, el nogal y el ciprés entre los árboles.
Pues no sé que quiere que de diga, don Mamés. Yo nunca he visto ahorcarse a nadie de un nogal. Sin embargo si que he visto ahorcarse a un negro, en Tennessee de un álamo blanco. Digo yo que se colgaría de un álamo blanco por denunciar el racismo. Esto nunca se podrá saber. De una higuera, por el contrario, no hay quien se ahorque por que te vienes abajo y quedas con el culo al aire.
¿Y del ciprés, don Anatolio?. ¿Alguien se ha ahorcado de un ciprés?
Pues no creo. Como no sea algún seminarista que echara de menos a la novia abandonada… El ciprés, según se dice, tiene su propio lenguaje. Si en la puerta de un convento hay plantado un ciprés significa que dan de beber agua fresca al peregrino. Si hay dos además del agua, dan una ligera colación y en caso de haber un tercer ciprés, también dan cama al peregrino.
¿Será por eso, entonces, que en los conventos sólo hay un ciprés y, además, dentro del claustro?
Pues igual es por ello. ¡Quien lo sabe!.
¿Usted, don Koldovika, recuerda a Polka, el viejo pregonero de Ondárroa?
¡No lo he de recordar!. Parece que estoy viéndole bajo los kortxeleko mamu echando su pregón.


¿Y recuerda alguno de ellos, don Koldovika?
Pues claro. Recuerdo aquel en el que anunciaba la llegada de unos camiones cargados de patata y que podían comprarse en la alhóndiga a razón de un saco por persona. ¿No lo recuerda usted, don Patxi?
Pues no; la verdad. Cuente, cuente…
Pues decía Polka, “Se hace saber que ha llegado un camión cargado de patatas. Quien quiera que le den por saco que se pase por la alhóndiga”.
Yo recuerdo el de las plumas. “Ha llegado un cargamento de plumas estilo áfrica”; decía él con aquella gracia que tenía.
¿Y aquella otra vez que no se acordaba de la mercancía”.
Pues esa no la recuerdo.
Resulta que llegó un cargamento de fruta. Le dieron el papel para que cantase la mercancía pero, como era algo analfabeto, lo tenía que aprender de memoria. Ha llegado un cargamento de…. Y se quedaba frenado. La gente intentaba ayudarle.
¡De manzanas!
Noooo.
¡De peras!.
Noooo.
¡De albérchigos!
Eso; decía Polka. Ha llegado un cargamento cargado de eso que dice este señor.
Cuando las nubes negras, las nubes propias de la galerna, se alejan hacia San Sebastián las calles de Ondárroa; las viejas calles serpenteantes que conducen hacia la alameda, se van poblando de cuadrillas que entran y salen de los distintos bares tomando potes. Algunos cantan; otros discuten de fútbol y otros recuerdan viejos lances de la merluza en la costa de Francia. La luz templada del verano se va apagando y surgen las primeras luces eléctricas. Algunas luces blancas de los fluorescentes de las cocinas anuncian la hora de la cena. La brisa que viene del morro del puerto va refrescando la anochecida. El olor de la lluvia trae ahora aromas de txitxarro asado. Ya no huele a besugo en Ondárroa. Se secó el manantial del rico besugo. Todo el pueblo huele a pescado al horno; huele a refrito de ajo y guidilla. Es un aroma benéfico; un olor que alimenta y que hace salivar… La tarde va declinando y dejando paso a la noche. A lo lejos rumorea la mar y, si se agudiza el oído se oyen viejas tonadas mariñelas que cantan los últimos txikiteros

Boga boga, mariñela
Mariñela…
Agur, agur,
agur,
Ondarroako
itsas
itsaso bazterra,
itsas
itsaso bazterra.
Mariñela,
mariñela,
boga!
mariñela.

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2 Respuestas a “BREVES INSTRUCCIONES ACERCA DE CÓMO PASEAR TRAS UNA TORMENTA

  1. Te veo nostálgico, Ángel. Ya no queda nada de eso, ni pregonero ni arrantzales, nu negros que se ahorquen de un álamo blanco. Ahora salen en la tele los que nada tienen que pregonar, los pocos barcos que quedan están llenos de negros y éstos prefieren trabajar antes que irse a Tennessee a suicidarse. En fin, que todo está cambiado menos los que prometen volver a aquel idilio a punta de pistola. A éstos y sólo a éstos les dejaría yo que se colgaran de los cipreses, aunque me temo que es un árbol poco apropiado.

  2. Jose Maria

    Joer D, Angel, hoy te ha dado por la nostalgia como dice Mikel.
    Solo dos apuntes:
    1.- Que es mucho mejor el chicharro que el besugo.
    2.- Es imposible que coincidan los perrochicos con los niscalos porque los primeros son de primavera y los segundos de otoño. Por otra parte como se dice por ahi, mucho mejor los migueles o las setas de cardo. (por cierto los preetxicos comienzan a aparecer en el PV ahora por San Jorge y el dia de San Prudencio el 28 de Abril en Vitoria se celebran las fiestas con un buen plato de revuelto de perretxicos, aunque ultimamente tienen tal precio que me temo que muchos se quedearna sin este revuelto)