JULITA “LA LUBINA”. HISTORIA DE UNA VENGANZA

Julita “La Lubina” nunca fue muy feliz en su pueblo. Julita “La Lubina”, como ustedes pueden suponer, ni se llama Julita ni, por supuesto, se apellida lubina. Julita “La Lubina” se llamaba en realidad Consuelo de los Mozos, pero se lo cambió por Julia de los Mozos porque los educandos infantiles y los juveniles se reían a su costa en el colegio. Las monjas no; claro. Pero cada vez que tenían que reñir a alguien por burlarse de Julita decían: ¡anda que tu padre también…! y eso era aún peor para la niña.
Con la pubertad a Julita se le llenó de granos y otras porquerías negras la cara. Como además pasó la varicela y la escarlatina de una sola vez, y por el mismo precio, tuvo que ver cómo su rostro se llenó de pequeños bultos, pústulas y alguna que otra arruga. A Julita “La Lubina” los maledicentes del pueblo la pusieron el mote de Julita “La Pergamino”. Julita harta de motes, de burlas y de miradas burlonas cogió el petate y se largó en La Continental hasta Madrid donde se colocó de fámula en casa de un pasante de notaría.
La Julita siempre tuvo muchas ínfulas y soñaba con volver al pueblo y restregar a todos las burlas que sufrió de cría. Así, cuando los jueves tenía la tarde libre en la casa del pasante, paseaba por El Retiro buscando un novio con quien volver al pueblo para restregárselo a sus paisanos. Nunca admitía confianzas con los sorchis, que era como llamaba a los reclutas. Una tarde conoció a Florián, un gitano rumano que dirigía un pequeño circo familiar. Ya sabe; la cabra Margarita, la corneta y un tití con un bote para pedir. Lo que enamoró a la Julita fue el tablero de ajedrez que había formado en su dentadura alternando un diente de oro con otro de su propia dentadura. Se diría que cuando sonreía Florián se enrocaban el rey y la torre.
La Julita metió, nuevamente, sus cuatro trapitos en el petate y siguió al cómico por las dos Europas. No es que el negocio fuera tan potente como el Rigling, pero tacita a tacita fueron haciendo una fortuna. Pasaron los años y Julita ya se sintió con fuerzas para volver al pueblo. Se lo comunicó a Florián una tarde, en Ginebra, entre una y otra soirée.
Gitanazo mío, le dijo la Julita que siempre que quería algo le llamaba así.
Dime, siñorrita. Florián aún no había aprendido el castellano con fluidez.
Yo quisiera volver a mi pueblo; a restregar a todos nuestra fortuna. Pero quisiera ir antes a esa clínica que dicen los periódicos que te inyectan lo de los grifos para estirarte la cara.
Silicona; siñorrita.
Eso. Pues me gustaría que me vieran bien estirada ¡a ver quién se atrevía a llamarme Pergamino!.
Para Florián todo lo que pidiese la Julita era una orden. Ordenó al jefe de pista que disolviera el circo y vendiera todos los pertrechos. Hizo caja e ingresó a la Julita en el mejor sanatorio suizo.
Me la untan de silicona por todas partes, per favore. La siñorrita se merrese tuto. Añadió en esa lengua italo-rumana que utilizaba para hablar español.
Al salir de la clínica la Julita era otra. Tersa y estirada presentaba un aspecto que ya quisiera para sí cualquier veinteañera. Se van a enterar, se repetía la Julita.
Dicho y hecho. Un mes después alquilaron un Mercedes de segunda mano y se dirigieron al pueblo. La Julita dio instrucciones al conductor para que esperara en la alameda, a la entrada del pueblo, y que su llegada coincidiera con la salida de la misa mayor. A lo lejos divisaron cómo iban saliendo los fieles y dio instrucciones al chofer para que continuara hasta la plaza y parara junto al arco ojival.
¡Andá!, dijo la Quiteria. Si es la Pergamino. ¿Pero si está estirá como si fuera un chicle!.
¿Quién?, preguntó la Silvana.
La Julita “La Chicles”; la que antes llamábamos la pergamino. ¡Pues no se ha estirao la jeta hasta el suelo la muy loca!.
¡Bah!, masculló la Quiteria en las propias barbas de la Julita. Si está igual que la china esa que se ha casao cuatro veces; o como la duquesa recién casá. Estas son toas iguales. Son de piscifactoría, como las lubinas. No como nosotras, que tenemos nuestras arrugas, pero de forma decente. No estaremos estirás, pero no somos todas iguales. Nosotros somos como ella… pero salvajes; no de piscifactoría.
La Julita no pudo aguantar más y se marchó con su Florián colgado del brazo no sin antes girar la cabeza con todo el desprecio que pudo acumular.
¡Panda de brujas apaletadas!, gritó la Julita. ¡Asquerosas!. ¡Y tan salvajes que sois!
Vamossss siñorrita, no le des importancia.
Con el disgusto la Julita se encerró en el Mercedes y no volvió a abrir la boca hasta llegar a Madrid. Florián dio instrucciones al chófer que los llevó hasta el aeropuerto.
Volvamos a Rumania, siñorrita. Allí haremos una voayage por la Transilvania. Han puesto un Disneydrácula en el que, igual, podemos invertir algo…
Sentados en la primera fila Florián y la Julita seguían el espectáculo. Ella no conseguía quitar de su cabeza la nueva burla. Florián la miraba con disimulo sin saber qué hacer para que volviera a reír.
La orquesta dio un redoble y el locutor pidió una siñorrrita para colaborar con el Conde Drácula que, joven y apuesto; brillantina en el pelo como un tanguista y frac algo ridículo movía los pies al ritmo de la orquestina sin ningún tipo de disimulo.
Aquí, levantó su mano Florián. Esta siñorrrita colaborará.
La Julita intentó negarse sin mucho éxito. No; Florián –ya no lo llamó Gitanazó-. No estoy de humor.
Por favor, siñorrrita, hazlo por mí.
Julita se incorporó y se contoneó sin mucho afán junto al Drácula gigoló. En un momento dado se inclinó sobre su gañote y ¡zás!; tras el redoble, el vampiro hincó sus colmillos en el terso cuello de Julita.
Durante unos segundos se hizo un silencio insoportable. Nuevo redoble; el Drácula que tiraba hacia atrás de la cabeza y ¡nada!. La Julita que tiraba de su cuello para el lado contrario. Los colmillos estaban soldados al cuello de la partenaire por la silicona.
¡Un médico!, por favor. ¿Hay algún médico entre el público?
De las mesas del final salió un grupo de soldados que estaban viendo el espectáculo. Eran del Grupo de Costureras y Retoucherie; antes Ejército de Tierra de España que estaba de misión en Bosnia enseñando a zurcir los burkas a las musulmanas de aquellas tierra como parte de la misión que la Unión Europea nos había conferido.
Con ellos estaban dos cámaras de televisión que se habían escaqueado de una visita de la ministra de Defensa que había ido a premiar con la gran cruz de Sant Jordi a un maestro herzegovino que había enseñado catalán a un grupo de chiitas que no se reconocían ni bosnios, ni herzegovinos, ni yugoslavos. El cámara reconoció el filón al enterarse de que era española.
Al día siguiente La Noria preparó un extra con las vecinas de la Julita, Belén Esteban, María Antonia Iglesias y Miguel Ángel Rodríguez en el que hubo que separarlos porque una culpaba a Aznar y el otro a Zapatero de que un rumano de mierda se hubiera quedado “ligao como un chucho” al cuello de una española.
La culpa es de ella, gritaba la Quiteria por encima de Belén Esteban. De ella que es una suripanta. Que va de lubina pero es de piscifactoría; no como nosotras, que somos salvajes.

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Una respuesta a “JULITA “LA LUBINA”. HISTORIA DE UNA VENGANZA

  1. Jose Maria

    Eso D. Angel donde este una lubina salvaje que se quite una de piscifactoria.