SIN TALLAS…, ESTALLAS

Si hay un colectivo de individuos –quiero evitar explícitamente el término personas- que odie, éstos son los sastres. Los sastres son –casos habrá que lo desmienta, como es normal- de natural obscenos; tocones y lascivos. ¿Dónde carga el señor?, te preguntan antes de rozar, disimuladamente con la mano que sujeta el metro, el arco del triunfo de tu entrepierna. Son afectados; siempre tienen las manos frías y –habitualmente- se las frotan mientras te están explicando el paño –o la pañosa- con la que piensan timarte sumando metros de tela de más mientras miran con desprecio y suficiencia los remiendos y arambeles que presenta tu querido y amortizado traje.
Si en lugar de acudir a una sastrería optas por un traje o una camisa de pret a porter además de ello tendrás que sufrir a un niñato o a algún andrógino (depende de si es tienda o boutique) que te mira, como las gallinas a los aviones, si le preguntas si tiene una camisa o una rebeca de tu talla.
Lo siento señor, dice el imbécil, pero de su talla no tenemos nada.
¡Cuánto más fácil le hubiera resultado al gilipollas haber dicho mire caballero pero de su talla tenemos tal cantidad de pedidos que nos los quitan de las manos!. Yo ya sé que esto no es así, pero ¡coño!, ¿qué le cuesta al tonto el haba quedar como un señor?.
Recuerdo una ocasión en la que pasea por la calle de Orense en Madrid hace bastantes años, cuando aquella calle tenía a la creme de la creme de las boutiques en ambas aceras. Vaya, lo que ahora es la milla de oro en Lista y que, tras el traslado de las tiendas de lujo, se ha quedado en el putiferio donde gallean los diputados y senadores canarios con sus hijos. El caso es que me meto en una tienda que se llamaba Antinoos. Digo el nombre para que a nadie se le ocurra entrar en ella, si es que aún no ha cerrado. Ya me mosqueó el nombrecito pues Antinoos era el nombre del amante del emperador Adriano. Ya está, me dije, ahora saldrá un prenda del armario (antes los armarios de los sastres estaban llenos de ropa y de dependientes; ahora solo hay ropa). Ahí estaba, con su traje ancho –como la funda del violonchelo de Rostropovich-, gafas grandes de pasta negra, cabeza afeitada y barba de tres días. Efectivamente. Clavao. Ahí lo tenía; frente a mi, con un gesto de suficiencia.
Caballero, me dice el dependiente, en esta tienda no hay nada de su talla.
Buenas tardes, le digo. Haga el favor de decirme si es usted el responsable de la tienda o si por el contrario es usted un criado, le dije de forma hiriente y ciego de mala leche.
No, caballero. No soy un criado, soy un dependiente.
¿Y de quien depende?, le acorralé. Ahí me ignoró y contestó
El encargado está dentro.
Pues dígale que salga y le acompaña usted, por favor.
Un momento.
Antes de tres minutos vienen, uno tras otro, una suerte de Mortadelo y Filemón de misión en Chueca, dando golpes de cadera como si fueran topmodels de pasarela.
Nasssstardessssseñor -me dice el encargado- Epuedohacerrrrrporustezzzz
Perdone si no le entiendo su perorata, joven. Venía a realizar un pedido de quinientas corbatas de seda y otros tantos pares de tirantes para regalar a mis empleados esta Navidad, pero este joven, en cuanto he asomado la cabeza por la puerta, me ha tirado mi enorme talla a la cara y me ha dicho que en esta tienda no hay nada para mi. El caso es que yo creo que en las corbatas y en los tirantes no tendría dificultad de encontrar talla, pero ya que no las hay para mi me marcho a otro comercio a comprarlos. ¿Qué le parece a usted?
En aquel mismo instante se le pasó el ceceo, el bisbeo y hasta perdió el plumaje. Muy circunspecto me rogó, por favor, que no tuviese en cuenta al empleado que, seguramente, se había dejado llevar por un prejuicio y que no se repetiría más.
Efectivamente, le dije yo. Al menos conmigo no se va a repetir. Buenas tardes, saludé cerrando la puerta más ancho –ahora sí- que largo.
El caso es que hoy he recorrido un centro comercial completo buscando una camisa normal, de una talla normal, de persona normal y no he encontrado ninguna de talla normal, esto es, como las quinielas: con varias equis. Las había que me daban tres vueltas al cuerpo, pues camisas sí que había como para ponérselas a un SEAT 600, pero no para una persona de talla normal. He visto a jóvenes de ambos sexos que parecían anchoas de canto. Gentes que si se suben a la báscula les sale el peso a devolver. Todos tenían camisas de sus tallas, de las siguientes y de las anteriores. Da lo mismo que sean altos, bajos, feos, guapos, rubios, morenos; pero tallas normales, ninguna.
Finalmente me he tenido que comprar unos zapatos –que además no necesitaba- y dos pares de calcetines que, pese a gastar un 46, sí que hay tallas sin ningún tipo de problemas. Frustrado y cabreado me he acercado hasta la única tienda del centro comercial que no era de ropa: una bombonería de la marca Lindt. Me he comprado un cuarto kilo de bombones de licor y, en justa venganza, me los he comido en la puerta de las tiendas donde no había tallas normales disfrutando de la envidia con que me miraban las sílfides o las sífilis, como dijo la del candelabro en cierta ocasión. Que se jodan.

CODA.- Naturalmente pido disculpas a quienes se puedan sentir ofendidos porque gentes como las relatadas aquí las hay en todos los oficios… aunque, eso sí, en unos más que en otros.

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5 Respuestas a “SIN TALLAS…, ESTALLAS

  1. Jose maria

    Bien hecho don Angel lo de los bombones. !que se jodan!.

  2. Alegría

    Pues fijese usted que lo felicito por los 250 gr. de bombones que se ha zampado para celebrar su santo (que hoy en el santoral que un amigo nos ha hecho conocer es San Angel de Furcio). De todas formas, puedo asegurarle que este época es fatal para las compras. Al estar en tiempos de segundas rebajas las tallas normales han desaparecido. A mí me ha pasado con unos preciosos zapatos que me guiñaban el ojo desde el escaparate, pero que dentro de la tienda solo quedaban en la talla 35 y en la 41, o sea o para geisha ó para baloncestista, de manera que por ser una mujer del montón me he quedado frustradísima, y encima no me he permitido darme el agasajo de los Lindt ya que (como todos los años) he comenzado la dieta del remordimiento por los excesos navideños.

  3. Mikel Buesa

    Lo cierto es que las personas de talla normal, como Ángel y como yo, vamos siendo progresivamente marginados del comercio de vestimenta. Cuando encuentras un establecimiento en el que alargan el surtido hasta llegar a nuestra talla, te conviertes en cliente habitual y acabas dejando una pasta al cabo de varios años, les da por eso de la innovación y de pronto suprimen la talla norma. A mi me ha pasado en El Corte Inglés, que desde que murió don Ramón Areces ya no es lo que era. Resulta que yo tenía allí una marca de camisas, muy caras, eso sí, cuyo surtido incluía mus medidas de cuello, hombros y contormo. La pasta que me habré dejado en esta cadena de establecimientos creo que aún no la han contabilizado, porque si fuera así no habrían cambiado el patronaje de manera que ahora no hay nada para mi porque si me vale el contorno, no me valen los hombros y del cuello me sobran cinco números. En fin, un desastre. Y la cosa es que buscando, buscando, gracias a mi provervial comapañera y esposa, madre de mis hijos, he encontrado en el mismo sitio otra marca mucho más barata que me sienta como un guante, aunque un poco laraga de mangas (que, por cierto, las coertan gratis). Yo la estrategia de estos neófitos de El Corte Inglés no logro entenderla, pero allá ellos. Si don Ramón, que exigía en sus tiempos que hubiera tres largos de manga en las camisas, levantara la cabeza, seguro que dejaba en el paro a todos esos sarasas que han ido haciéndose con la planta masculina.
    Por cierto, para tocones, los vigilantes del aeropuerto. Te quitas hasta la pierna ortopédica para que no haya metal que pite, pero ellos le dan al mando a distancia con tal de tocarte los sobacos, el cuello y los cojones. Panda de …

  4. josu goikoetxea

    Mi padre era sastre, por cierto muy bueno y conocido en Bilbao, y claro todavía le queda la manía de “donde cargas”. Cuando me compro un traje, además de tener que soportar al empleado “guay” – por cierto el vd. no lo conocen ni en broma- que se empeña en meterme en unas tallas para fideos, tengo que soportar a mi padre que todavía conserva el centimetro y me dice : “por aquí sobra, por alli falta”. Al final voy a ir desnudo y que sea lo que Dios quiera.

  5. Jose maria

    Mikel y luego van los malos y se cuelan cuando les da la gana.