AQUELLA SOPA DE COCIDO…

 

¿Alguna vez han tratado ustedes de recobrar su primer recuerdo? ¿Han tratado de recordar su primera brisa cálida junto al mar? ¿Recuerdan la fresca sensación de una lluvia torrencial en verano?. Yo lo intento hacer habitualmente. Como una gimnasia; como un ejercicio para intentar alejar el fantasma del doctor Alzheimer. ¿Recuerdan el primer sabor agradable de una comida? ¿Ese primer aroma que se incrusta en nuestro cerebro para siempre?.
Mi primer recuerdo gastronómico me traslada a la cocina de mi abuela Felipa. En ella un fuego ligero y constante bruñía la placa de una cocina bilbaina. El vaho de los pucheros daba una sensación húmeda y cálida a toda la estancia. A su izquierda la alacena cerraba con unas pequeñas puertas de madera en las que el cristal había sido sustituido por una malla de fino alambre y unos visillos de cuadros blancos y azules. Las puertas ocultaban a mis ojos golosos los manjares que los abuelos acumulaban en sus abarrotadas repisas. Allí se guardaban aquellas delicias que, poco a poco, nos obsequiaban y que nunca antes había probado: melocotón en almibar, frutas escarchadas de diversos colores y texturas, dulces que mi abuelo -confitero de profesión- hacía para nosotros, sus nietos. También había alguna que otra botella de aguardiente con sus guindas o una botella de anís escarchado que guardaba en su interior una minúscula selva de raíces y azucar.
A la derecha de la cocina un pequeño escaño; apenas un escalón, donde el abuelo esperaba, paciente y con su porrón en la mano, a que la abuela sirviera la mesa. A la derecha del escaño una puerta blanca daba entrada al único cuarto de baño de la vivienda que, dependiendo de la visita o no de los parientes podría ser, a la vez, corral provisional de un par de pollos grandes; agresivos; blancos o de un color marrón claro coronados de una cresta enorme, cartilaginosa, rojiza con finas venas más claras. Del techo descascarillado pendía una lámpara sujeta por un cable trenzado. Dentro de un casquillo de baquelita marrón oscura, una bombilla de escasa potencia alumbraba la estancia. Alrededor de la bombilla una pantalla traslúcida con una catarata de estalactitas de vidrio que chocaban entre sí con las ráfagas de la corriente que se originaba al abrir las ventanas. Su tintineo continuo rompía el monótono borboteo de los pucheros.
En medio de la cocina una mesa antigua, de madera algo desvencijada y cubierta con un hule con profusos cortes en su superficie hechos por el cuchillo del pan. Una mesa con un solo cajón; grande e incómodo de manejar para un niño.
Al otro lado, y pegando a la cocina, una pila grande de granito con un único y descomunal seno donde se podían acumular infinidad de cacharros. En el centro de la pila un solo grifo de cobre que anunciaba la ausencia de agua caliente. Ésta se extraía de un depósito dentro de la cocina.
Sobre la chapa enrojecida un enorme puchero de color granate burbujeaba levemente. A su vera, en una pequeña cacerola de menor tamaño, reposaba el primer trasiego del sustancioso caldo. Su aroma lo delataba: cocido madrileño. Olían las carnes y las verduras. Destacaba, por encima de todo, el fresco aroma del apio. En un tercer puchero se cocía lentamente el repollo pervirtiendo con su fétido olor, el aroma del resto del guiso. Todo funcionaba de forma autónoma, esperando fusionarse finalmente para conseguir una ligazón perfecta entre la totalidad de los distintos pucheros. Un plato magistral en cada uno de sus tres vuelcos.
Me era imposible sujetar mi ansia por aspirar el interior de la pequeña cacerola. Abría la tapa y, de su interior, ascendía un aroma que me ha acompañado en mi ADN a lo largo de estos casi sesenta años. En el interior nadaban apenas media docena de pequeñas hebras de azafrán que daban color a un caldo ya de por sí dorado y levemente espeso que le había conferido un buen puñado de finísimo fideo. El sudor de la pasta al calor del caldo, la leve y untuosa grasa de la gallina, la melosa fibra de las carnes de morcillo, la grasienta falda de ternera, la sustancia de los huesos de rodilla y el veteado tuétano del hueso de caña le daba un cuerpo preciso y precioso.
La abuela, antes de permitirme catarlo, se dirige a la ventana donde una pequeña maceta aloja en su interior la verde hierbabuena, el florido romero y el sutil tomillo limón con su breve flor blanquecina. Corta una pequeña yema de la aromática menta y la deposita -con mimo- dentro del humeante tazón de sopa. Aquí viene mi segundo recuerdo aromático. La abuela coloca sobre el tazón el plato que le servía de patena al conjunto. Tras dos minutos eternos la hierba se ha infusionado. Por fin puedo asomarme al acantilado, al precipicio del tazón y observar -goloso- el mar humeante de sopa. Cierro los ojos -igual que hago ahora, mientras lo recuerdo- y reconozco el aroma terroso del azafrán. Un aroma de secarral toledano; de descanso para el almuerzo en la era donde ocasionalmente me ha tocado trillar la mies en los veraneos del pueblo. Se trata tan solo de un pequeño paso entre la necesidad fisiológica de la alimentación y el civilizado disfrute de la gastronomía. Ese pequeño paso en el que es fundamental el especiado, el aromatizado, el resaltar cada matiz del guiso. Es lo que nos convierte en un pueblo y nos aleja de la tribu.
Una segunda vaharada me trae el aroma fresco de la hierbabuena. Un fresco olor al arroyo prácticamente seco del huerto de El Cura en Robledondo. Un arroyo donde verdean todas y cada una de las siete mentas; el húmedo berro y las ovas que bailan una erótica danza del vientre con la menguada corriente. La pradera contigua trae aromas de espliego; de manzanilla… y el recuerdo picante de la ácida fresa silvestre. Un tábano zumba alrededor y sobre la leve telilla de verdín que cubre el cauce seco, vuela una libélula de esas que llaman caballito del diablo. Trepando sobre la valla de piedras sobrepuestas una zarzamora ofrece sus frutos rojos o negros; gordos y sabrosos; aterciopelados…
Es mi primer aroma; el primer recuerdo que habita en mi limbo gastronómico. Un recuerdo que, lejos de saciarme, me impulsa a redescubrirlo. Un aroma que, como aquel jabón del anuncio, es el de mi niñez. ¡Ay de ustedes si no lo recuerdan!.

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6 Respuestas a “AQUELLA SOPA DE COCIDO…

  1. Jose Maria

    Leches Angel. Yo creia (y creo) que eres un crack escribiendo en plan humoristico, pero tambien lo eres cuando escribes en serio.
    Lo haces de tal forma que a mi tambien me traes recuerdos de la casa de los abuelos en el pueblo, solo que alli la cocina no existia y si la lumbre con la chimenea, donde se ponian los pucheros con las “trebedes” y donde se colgaba la matanza.
    En fin “nostalgia pura y dura”. Creo que en ese aspecto nosotros hemos sido afortunados porque hemos vivido los dos mundos el antiguo que ha despararecido y el nuevo.
    Y del cocidito madrileño, solo me resta decir ?cuando lo repetimos?.

  2. También a mi me trae recuerdos de la niñez, junto a mis padres, en Riaza, en Ibiza. Esos domingos tan deseados, cuando mi madre de buena hora comenzaba con los pucheros del cocido,a fuego muy lento. Toda la casa era invadida por su aroma, con ese olor tan peculiar, que me sigue gustando tanto hoy en día.

  3. Gracias Angel…. leyendo he cerrado los ojos un momento ….y entre el recuerdo de los olores y los sabores de la infancia, me ha venido una imagen a la mente.. con su bata azul y su pelo negro .. cuanto tiempo y aun te sigo hechando de menos..

  4. La Aguela

    Querido HERMANO, tambien recuerdo los olores de “casa Felipa”, donde la cocina siempre estaba abierta y todos comían y a cualquier hora.
    A estos relatos si te contesto y felicito, chapó(que no chapeau) como diría “el Vidrieras”.
    Besos
    YO SIEMPRE HE SIDO ANGEL SORIA

  5. Anda ¿un escaño en casa de tus abuelos?. Estabas predestinado a disputar con la magenta.

  6. Mikel Buesa

    Un relato muy agradable y evocador. A medida que he ido avanzando sobre él se ma ha hecho la boca agua. Gracias.