UN CHILLIDA POR TREINTA EUROS

Entre los magos y los aficionados a la magia existe una frase que, cada día, en otro ámbitos, cobra vida: la imaginación supera la realidad. Cuando pensamos que ya está todo inventado aparece un japonés con un chisme que echa para atrás nuestra capacidad de sorpresa. Cuando un futbolista mete un gol extraordinariamente difícil decimos que es el gol del siglo. Tan solo un fin de semana después vemos que otro futbolista ha superado el gol anterior. Y así en todos los ámbitos. Con el mundo del arte sucede otro tanto.
Recordarán todos ustedes que a finales de pasado mes de noviembre, una supuesta banda internacional de ladrones de obras de arte se llevaron de un polígono industrial de Getafe el contenido de un trailer lleno de cuadros y esculturas de los mejores autores: Botero, Chillida, Tapies, Picaso… Un botín que superaba, con creces, los cinco millones de euros. Enseguida los galeristas, los tertulianos y los aficionados a las películas de Hitchcok se pusieron manos a la obra; que si una banda de ladrones de obras de arte internacional, que si llegaría al mercado ruso con dinero proveniente de la mafia soviética, que si las llaves, al aparecer dentro de la cabina, dejaba a las claras un topo dentro de la empresa de transporte, que si agur bye bye, etc.
Pues bien, la policía ha descubierto, según nos cuenta el diario La Región 34 de las 35 obras de arte dentro de una furgoneta aparcada en un polígono industrial de Leganés, en Madrid. Faltaba una de las obras; una de Chillida que fue, posteriormente recuperada cuando se intentaba vender a un chatarrero por treinta euros. ¡Bien por la Policía!.
¿Qué tipos de chorizos han llevado a cabo el golpe? ¿Quienes son estos emulos de Raffles, aquel ladrón de guante blanco del cine?. ¿Quienes serían estos Arsenio Lupín que nos relataba Maurice Leblanc?. Lo que parece claro es que, o bien el robo les desbordó, o por el contrario, al desconocer el valor de lo robado pensaban venderlo en el Rastro por el precio de los marcos, más que por el de las telas. No es complicado imaginarse al pobre raterillo que, viendo los hierros retorcidos de Chillida, pensase que eran parte del embalaje. Y no es difícil imaginarlo dado que fue lo único que se recuperó al intentar venderlo.
Que el arte vanguardista no está al alcance de todos lo habíamos intuido al ver algunos cuadros que los popes de la cultura alaban en salas de arte y museos. Yo he visto algunas exposiciones en el Guggenheim, en el Reina Sofía, en algunas otras salas, que me han dejado patidifuso por lo incomprensible no ya de lo realizado, sino del título de la obra. Unas rayas sin orden ni concierto se titulaba “Pan fresco de maíz”, o “Tinto de Verano”.
Recuerdo que un día acudí con mi hijo, cuando tenía tres años, al Palacio de Cristal del Retiro. Había una exposición de un escultor y, más por matar el tiempo que por otra cosa, entré a verla con el niño. Aquello era como si alguien hubiera tirado los cascotes de un contenedor de obra sobre el suelo y lo primero que me llamó la atención era la cara de quienes, como yo, habían acudido a ver la exposición. Parejas que en voz baja decían unos a otros “¿Y esto qué es?”. Por contra, algunos iluminados, con su mano derecha sujetaban el mentón mientras asentían como si estuvieran observando La Victoria de Samotracia, con brazos y todo.
Pues bien, en un descuido mío el chaval empezó a jugar con los cascotes apilándolos uno sobre otro. Cuando el artista se dio cuenta de lo que estaba haciendo casi nos echa a patadas. No encontré palabras para disculparme. No había nada que decir, tan solo disculparme. Apesadumbrado y con el crío cogido de la mano abandoné la exposición más corrido que una mona. Aún recuerdo a un señor que, al marcharme, me dijo: “no se preocupe, joven, lo que estaba haciendo el niño tenía mucho más sentido que lo que había expuesto el artista”. Agradecido por sus palabras de consuelo me fui hasta el estanque con una sonrisa pensando en que quizás, ¡Dios no lo quiera!, el chaval me había salido escultor.
Treinta euros por unos hierros pueden ser un precio interesante, en función del peso de los mismos, e incluso, es posible, insuficiente para encarcelar al fallido perista. Los 800.000 euros en que estaba valorada la obra de Chillida, sí debería darnos qué pensar.

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3 Respuestas a “UN CHILLIDA POR TREINTA EUROS

  1. Lo que te sucedió con tu hijo me trae al recuerdo algo muy parecido acaecido en las Murcias del Tío Pencho hace pocos años. Entre calles estrechas del casco viejo, se levantaba un montón de escombros que por el lugar, daba la impresión de tratarse de los restos de una reciente demolición. ¡Pues no! ¡Era una escultura! ¡Lo juro por Snoopy, que decían las pijas!

    Las carcajadas de los viandantes todavía resuenan entre las paredes de los desvencijados edificios colindantes, que en eso de no cortarse un gramo ante el ridículo ajeno se le da muy bien al personal de la huerta. Lo peor de todo es que la exposición de obra tan “vanguardista” tenía todas las bendiciones de Cultura, cuyo máximo prócer, el sobrinazo del excelentísimo Sr. Valcárcel, nos ha hecho pasar vergüenza a los murcianos de nacimiento y adopción, en más de una ocasión. Y seguro que aquello costo una pasta.

  2. Aclaro que costo no lleva tilde a caso hecho.

  3. Me dijeron lo que había pagado un ayuntamiento cántabro por una vaca de adorno y casi me da un soponcio. Creo que con eso se costeaba media docena de las que dan leche y carne. Al fin y al cabo el alcalde es ganadero y no habría tenido dificultades en la compra-venta. Pero en esta se la dieron.