EL SENTIDO COMÚN

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En España, en lo que queda de ella, hay una más que evidente falta de frontispicios, de enormes y lustrosos mármoles donde grabar a fuego y con preciosas letras forradas de pan de oro, los remoquetes, las frases hechas y los refranes más circunspectos y vacuos del rico acervo nacional. Son máximas o motes que darían lustre al blasón añejo, al marmóreo escudo de armas que, como si fuera el número del portal, se colocan ahora en esos chalets del extrarradio que dicen “adobados”.
Una de esas frases, que tiene una gran aceptación popular, es aquella que dice que “el sentido común es el menos común de los sentidos”. Las gentes, cuando lo dicen del tirón y sin trabucarse, miran a la audiencia con displicencia y cargando la suerte; sonríen en busca de una sonrisa cómplice, de un rostro que denote aprobación. Si esta se produce el sabio arruga la palma de la mano y con evidente satisfacción echa el vaho de su boca sobre las uñas para, posteriormente frotarlas, sacando brillo, contra la pechera de su camisa.
¡Ahí queda eso!, se dice. Quien pueda que lo mejore.
Pues siento decirle a usted, mi querido y ocurrente amigo que, al contrario de lo que les pudiera parecer a los ingeniosos, el sentido común no solo no es el menos común de los sentidos, sino que es el más generalizado de ellos. Me explico…
Todos conocemos gentes –conserjes, afiladores, chulos de toril, limpiabotas, arquitectos, suripantas- llenos de sentido común y, también conocemos gentes sin ningún sentido común y a los que, encima, les está vedado el tenerlo. Estos señores ejercen de jueces, de policías, de médicos, etc.
El país, o por decirlo a lo Podemos o a lo republicano catalán, el “poble”, quisiera que los notarios, los cirujanos cardiovasculares, o los banqueros por citar un gremio al albur, tuvieran sentido común, muchísimo sentido común pero eso, claro está, no es posible. El sentido común es la generalización, la banalización, la antiespecialización de los sentidos y no debe ser reclamado a los que precisan, por mor de su responsabilidad, de agudizar el resto de sentidos, de todos ellos. Seamos sensatos –que ese sí que es un sentido inexistente y reclamable- y no pidamos peras al olmo de quienes han de ejercitar su sentido clínico, o jurídico o financiero en base a unas normas, a unos procedimientos.
Un registrador de la propiedad, un notario, un juez debe aplicar la ley de forma estricta y ajustada al espíritu mismo de la Norma, con rigidez, sí; con Justicia; también, pero no con sentido común. Un cirujano, que se enfrenta a la obstrucción de una arteria debe hacer aquello para lo que está capacitado sin pararse a pensar si es de sentido común o no realizar el bay-pass o cortar y volver a unir los dos trozos de vena sajados. Al menos yo no se lo demandaría si fuera el ocupante de la camilla. El médico, lo que debe hacer es aplicar toda su ciencia y su pericia sin ambages y sin sentido común.
El sentido común es un sentido de la gente común, de quienes hacemos cosas comunes. Es un sentido que se deben –nos debemos- permitir los gobernados, por ejemplo; pero nunca los gobernantes. Al decir gobernantes no me refiero, por supuesto, a los políticos, que no son sino personal gobernado por el aparato de sus partidos, sino de quienes tienen que tomar una decisión basada en una norma o en una urgencia y, cuya responsabilidad, está al alcance de ellos exclusivamente.
Hay -¡ay!-, claro está, gentes que quiebran esta hipótesis; son aquellos que tienen –o no, según les convenga- sentido común y no son ni gobernados ni gobernables. Me estoy refiriendo, claro, a las clases pasivas de la ética y la honradez: los liberados sindicales, los políticos en el ejercicio de sus míseros cargos –alcaldes, concejales, diputados provinciales, etc-, los consejeros de empresas e instituciones públicas, los contables de los partidos, los diputados y senadores que, aunque tienen un jefe de partido, de clan, de tribu, sólo están gobernados por la laxitud de sus conciencias o por la grasa con la que, en forma de billete de banco, alimentan el engranaje del partido y de sus mantenedores.
Es posible, y estoy seguro de que es así, que el sentido común es la última esencia de los demás sentidos, un poco como ocurre con la cultura y, su prima hermana, la educación; aquello que va quedando cuando se olvida lo aprendido en la infancia, en la escuela, en la mesa camilla de casa. Aquella semilla que brotó en nosotros y que, con nuestros padres, se perdió bajo la tapa fría y gris del mármol que los cubre.
¡Vayan ustedes a saber por qué…!

LO PRIMERO, ES ANTES… Don Antonio Machado, poeta de Soria

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Mi buen amigo y capitán, don José María Aldea Romero, que es un enamorado de la obra y la figura del poeta soriano nacido en Sevilla, don Antonio Machado, me pidió en su momento, que yo plasmara aquí mi parecer; una tesis que yo mantengo, sobre un verso de don Antonio que difiere, en mucho, de la tesis de otros estudiosos de mucha más enjundia que este pobre cronista. Si yo fuese tan insensato lo intentaría, pero no; no voy a hacerlo. ¿Se imaginan ustedes, a un pobre hombre –casi jubilado ya- intentando explicar aquello que tan explicado dejó don Antonio en su obra? No; no voy a hacerlo. Su obra, que ahí está, no hay mejor forma de explicarla que leerla miles de veces, si hiciera falta, pues con cada lectura se aprende, mejor aún… se aprehende, algo nuevo.
La provincia de Soria, en especial su capital, es el terruño donde se plasma la gran mayoría de la obra de don Antonio. Soria tiene su aire y sus pulsos; sus filias y sus fobias, como las tienen París, Lovaina y hasta Erbil, la capital del Kurdistán. Soria tiene su aliento y su olor; su calor y su sabor. Soria también tiene su poeta, que se llamó don Antonio Machado, lo mismo que París tuvo a su Charles Baudelaire, Lovaina tuvo a su Arnulfo de Lovaina, poeta y monje y Erbil, la capital del Kurdistán tuvo a su poeta que se llama Ahmed Arif. Lo malo, para don Antonio es que Soria, o Castilla, o España; no son París y Lovaina o Erbil, la capital del Kurdistán; pueblos que leen, respetan y veneran a sus poetas. No; Soria y Castilla y hasta España tuvieron a don Antonio y le mandaron al exilio. Tuvieron a Federico y a Miguel y los fusilaron. Tuvieron a Rafael y a tantos y tantos poetas y los echaron fuera de sus fronteras. ¿Su delito?; cantar a la libertad.
Don Antonio Machado fue el poeta que dio voz al Duero, que hizo sangrar, milagrosamente, con una leve y verde hoja de vida, al olmo herido por el rayo. Don Antonio sacudió, desde lo alto del Mirón -desde esa atalaya pétrea en la que contemplara extasiado la curva de ballesta de su río- la polilla de las conciencias provincianas, de aquellas conciencias de casino y sacristía que vieron a Cara Ancha recibir un día*. Don Antonio nos recordó que aquel hombre, aquel español que aterró a España, no era de ayer o del mañana; sino de nunca, de la cepa hispana.
Don Antonio fue ese maestro de escuela que todos los que cumplimos una edad conocimos en aquellos tiempos de sabañones, pan negro y sucedáneo de malta. Ese maestro que tuvo que luchar contra la incuria de un tiempo de fuego y acero, de un tiempo de delación, de un tiempo de obuses, de un tiempo –finalmente- de campo de concentración y de juicios sumarísimos. Don Antonio fue maestro de una escuela que, en Soria, graduaba en miseria; en peritos de fugas; en exiliados interiores y exteriores; en futuros inadaptados en tierras que ya nunca sería la suya. Don Antonio comprobó, con tristeza, que de Soria se iban los mejores de sus hijos para no volver jamás. Mientras don Antonio repartía generosamente su magisterio en aquel instituto de la Aduana Vieja, 12 mataba el hambre de las tripas y el hambre del alma paseando el Duero por la banda de San Polo. Junto a los arcos románicos de San Juan de Duero y hasta San Saturio; por la alameda arriba y abajo y, finalmente, desde el Collado hasta la plaza Mayor.
Don Antonio fue el poeta de los campos de Castilla, de los paisajes ocres y secos de Soria; el poeta del verde pinar de Alvargonzález, el poeta del sarmentoso majuelo retorcido, similar a aquellas manos mal enterradas de las cunetas y los valles y barrancas. El poeta que, al fin, tuvo que exiliarse para evitar no ya que le mataran –muerto estaba en vida en esa España de grises opacos; en esa Soria en blanco y negro; en esa Castilla sin futuro- sino para evitar que esa España de cartilla de racionamiento, de estraperlo y de denuncia le hiciera suyo.
Don Antonio Machado supo descuartizar, como nadie, el cuerpo inerte de aquel cadáver que se llamó España y, con el escalpelo de su verso, hacer una autopsia perfecta de aquel muerto en vida que se llamó Castilla. Don Antonio Machado, con su verso, con el pincel de su pluma que Dios guiara, pintó de luto a Soria, a Castilla y a España entera.
Ahora, esa Soria, esa Castilla, esa España descubre a su poeta; lo celebra y le hace homenajes continuamente. Esa Soria, esa Castilla, esa España que procesiona al pequeño cementerio francés de Colliure se pregunta si no deberían estar sus restos, junto a los de su madre, con su querida Leonor en El Espino, y don Antonio, desde el lugar que nos contemple, seguramente el Cielo –él era, en el buen sentido de la palabra, bueno- se negará a abandonar su tumba: lo primero, es antes, señores… Quien quiera analizar sus palabras, que lo haga. Pero no seré yo, querido José María, quien interprete a don Antonio. ¡Estaría bueno…!

(*) Fue un 19 de junio de 1881 ante el toro Calceto, en Madrid. José Sánchez del Campo, conocido en la tauromaquia como Cara Ancha, mató al toro de frente, recibiendo, y con los pies quietos. El estoconazo fue apoteósico y don Antonio, harto de escuchar el relato lo incluye en su poema “Del pasado efímero”, incluido en Campos de Castilla.

AMANECE EN CARABANCHEL

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Un hombre sale temprano de su casa. Va a trabajar. Este hombre va contento al trabajo. Es mayor; casi hasta viejo. Pronto, en siete semanas, va a jubilarse. Son las 7,30 y el día está precioso. La luna, está casi llena. El cielo se tiñe de un color anaranjado y los pajarillos cantan, las nubes se levantan que sí, que no… La temperatura es suave; apenas 23 grados. Si ese hombre pudiera conectar con los dioses; con los trasgos y las brujas traviesas de los bosques húmedos de hayas y robles; con aquellos manes benévolos que hablan con los difuntos del cementerio de Carabanchel, no hubiera podido encargar un día mejor que el que amaneció este ocho de septiembre.
El hombre va sentado en su coche. Está oyendo la radio y, cuando se pone su semáforo en verde arranca suavemente. El coche de su derecha también arranca de forma suave. Están cruzando la avenida de Los Poblados para seguir por la Vía Lusitana hacia el polígono de Aguacate. Ambos miran hacia su derecha. No tienen por qué hacerlo pues el semáforo está en verde. De pronto ¿una persona?, a bordo de una furgoneta de reparto se salta el semáforo. No uno; no. Dos semáforos sin parar. Es más… para evitar parar ha acelerado aún más. Viene, bajando a toda velocidad -90, 100 o más kilómetros por hora- en dirección M-30. El coche de la derecha del hombre que va a trabajar hace de pantalla y libra -¡gracias sean dadas a Dios!-, al hombre casi viejo de un impacto directo. Su coche es partido por el centro y, del rechace, alcanza el coche del hombre mayor que va a trabajar haciéndole dar varias vueltas, como una peonza, y acaba encima del césped de una rotonda; casi, casi como si fuera una de esas mamarrachadas que esculpen en las rotondas de Leganés y otras localidades. Monumento al hijoputa que se salta los semáforos, podría haberlo titulado.
El golpe ha sido terrible. El coche ha quedado destrozado. Las ruedas han reventado, la chapa casi ni existe, los ABS han saltado y el hombre mayor se encuentra atrapado y en medio de una pulvurenta atmósfera que le ahoga. A pesar de haber visto al canalla que se ha saltado el disco no entiende qué ha pasado. Nota dolor de cabeza, eso sí; pero nada más. Mueve los dedos de ambos pies por ver si los tiene agarrotados y en su sitio. Funcionan. ¡Menos mal! Los de las manos también están bien. Tan solo un pequeño dolor en una rodilla, en los nudillos y una jaqueca más que curiosa. Eso es todo.
Viene la policía municipal. Organizan las asistencias de los heridos: dos ambulancias, bomberos, dos coches patrulla. Sobre las cabezas de los accidentados suena el tras-tras de las hélices de un helicóptero. ¡Coño!, piensa el viejo… si parece Beirut. El loco está golpeado ligeramente, Dios Nuestro Señor, además de justo es necesario pero siempre ¡vaya por Dios! se queda corto… El otro pobre hombre resulta ser un currela que ha perdido su medio de transporte y, por ende, su medio de vida hasta nuevo aviso si es que Tráfico, o quien sea, no decide darle siniestro total y recibir, a cambio de quedarse sin coche, una pequeña indemnización que ya no le será suficiente para comprar otro coche con el que trabajar. Nadie le hace, al canalla, pruebas de alcoholismo, ni de drogas, ni de nada… Viene un coche de su empresa –reparte productos de medicina nuclear- se lo lleva y dejan el coche para que lo retire una grúa. Los guardias vigilan para que no se produzcan más golpes. Viene una furgoneta del Servicio de Limpieza que retira los trozos de chapa y plástico que están repartidos por el suelo. Echan unos productos de limpieza y se van tras empaparme los pantalones de detergente y de agua sucia.
Mi coche también es retirado por una grúa. Me llevan a un hospital para ver si estoy entero o no. Yo creo que sí, pero ¡quién sabe! Dos horas después salgo a la calle tras un par de radiografías, un ibuprofeno y un resguardo para mi empresa. ¡Vaya!, al menos no me van a quitar media hora…
Hoy, he vuelto a pasar por el mismo sitio. Aún quedaban algunos restos del naufragio. Amanece sobre Carabanchel. Miro a la luna y ahí está… Enorme, sobre los tejados, haciendo tililar la tenue luz del amanecer. El tiempo es fresco y hay un poco de brisa. El día es tan fantástico como el de ayer.
El hombre, quizás el último hombre que se conforma con diez de pipas en lo que queda de España, sigue pensando en jubilarse anticipadamente si es que los locos y los policías que pone Botella para evitar atascos y golpes de los mirones lo permiten. ¡Aquí, el que no se consuela es porque no quiere…!

USTEDEO O TUTEO… THAT IS THE QUESTION

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Doña María Martínez, es una señora de inquietantes ojos verdes y pelo bermejo que, desde el face, me llama don Usté por la costumbre que tengo de usar este tratamiento con mis lectores. La directora de Personal de mi empresa –ahora lo llaman Recursos Humanos- me pregunta por qué la digo de usted y no de tú, como hace todo el mundo. Esto del ustedeo, o del tuteo; el dividir en parejas, es algo que forma parte de la cultura y la tradición en nuestro país: Casillas o Diego López; Joselito o Belmonte; El Fary o Plácido Domingo…
Un tercio -los más reverenciadores- piensan que la forma más propia para dirigirse a alguien es manteniendo el tratamiento y los otros dos tercios piensan que el tuteo implica confianza, cariño, asiduidad y, por tanto, debe desplazarse al atávico ustedeo, por incómodo, casposo y protocolario en beneficio del tuteo, mucho más colegui, güay y ¡osá tía, que fuerte!. Pues muy bien. Quizás he exagerado y, dentro de esos dos tercios, debería haber hecho un pequeño apartado para quienes le importa un carajo el uno y el otro tratamiento.
Dejando de lado el asunto del facebock, que -¡al fin!- voy a confesar no me ocupo yo de ello, sino un ferroviario soriano que vive con don Dimas y don Matías, yo siempre llamo a todo el mundo de usted. ¿Por qué? Bueno, pues se lo voy a explicar.
Yo sé que el tratamiento de tú se está extendiendo. Ya sé, también, que todo el mundo utiliza el tuteo. A nadie se le ocurre, ahora, utilizar el usted. Para hacer una prueba he cogido, al buen albur, unas cuantas canciones, y he sustituido el tuteo por el ustedeo. Vean el resultado:

Y qué hizo usted del amor que me juró
Y qué hizo usted de los besos que le dí
Y qué excusa puede usted darme si falló…

Algo suena mal, ¿verdad?. Veamos esta otra, que cantaba la señorita Olé olé:

No controle usted mis vestidos
no controle usted mis sentidos…

O esta otra de Bisbal:

La quiero
La amo
La adoro
La añoro
La siento
Yo pienso que es usted mi tesoro…

No queda muy bien ¿verdad? Entonces, pensarán ustedes, por qué no se utiliza el tuteo en lugar del ustedeo… Hagamos una segunda prueba. Vayamos, el próximo domingo, a comer a casa de los papás… A la hora de servir la sopa pruebe usted a decir: Si usted, padre, me lo permite yo, su hijo de usted, le sirvo la sopa. A usted también esposa, y a ustedes dos mis queridísimos hijos… Su padre –el pobre- le mirará con condescendencia e intentará cambiar de tema para no hacer sangre delante de la parienta; su esposa le dirá aquello de Ataulfo, hijo, desde que tomas vermú con gin se te está haciendo paté el cerebro y los niños, ¡ay, los niños!, se echarán los pobres a llorar.
Bua, bua…. Papá se ha vuelto loco.
Entonces, ¿para qué no utilizo siempre el tuteo? Pues muy sencillo.
El que suscribe, al hablar de usted a los suyos y ver el resultado pensó: ¡Dios mío de mi vida, Jesusito, que eres niño como yo…! ¿Por qué permites que me enrolle y no encuentre salida a mi perorata. Y cuando el rostro volvió halló la respuesta viendo…. Y tal, y tal.
No me dio más tiempo a cavilaciones pues me di cuenta que, a Dios Nuestro Señor se le tutea con el máximo respeto –luego el ustedeo no aporta respeto-. A los padres, a los hijos, a la propia esposa, también se le tutea y son con quienes compartimos lo mejor de nuestras vidas. Luego tampoco aporta familiaridad y amistad. Tratamos de tú a Jonás La Agüela, o a Periquillo Búfalo; al Navegante, al matrimonio Billotti, a los Espino y a muchos otros ¿Será, entonces, que tuteamos a lo que nos inspira mucha confianza, mucho cariño y, por el contrario, tratamos de usted a los que nos inspira menos cariño, menos confianza y, a aquellos por quienes no tenemos o no nos merecen el más mínimo respeto?
El tuteo es patrimonio exclusivo para con los dioses, los amigos, la familia y el ustedeo es la mejor de las fronteras, la mejor línea roja para evitar que alguien se cuele de rondón dentro de tu círculo de amor. Ya lo dijo el poeta: una buena valla hace el mejor de los vecinos…
El ferroviario que esto escribe es hombre muy circunspecto y mesurado pero, eso también es cierto, le gusta dar vueltas a aquello que no las tiene y, cuando se le presentan asuntos confusos, turbios y borrosos, en lugar de fumar –que ya no le deja Mutriku- se pone a dar vueltas como peonza panzuda y no para en barras y desbarres hasta que llega la hora de la cena.
Lo siento, amigos, voy a cenar que ya me llaman. Por cierto, y ya que son ustedes mis amigos: Si gustáis…

ESA SÍ QUE ERA UNA TRIPULACIÓN, ALDEA

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El capitán silbó a Torrenillo, el loro que siempre llevaba en el hombro y ambos -el uno sobre el otro, como es de ley-, subieron al puente del viejo clíper. El Ribera, nombre del barco que fue heredero de aquella Scottish Maid, la goleta botada en la escocesa Aberdeen, en el año de la batalla de Ramales y del Cutty Sark, en la actualidad museo flotante está listo y aparejado.
El Ribera es un barco rápido, ágil, veloz. Su aparejo –jarcias, velas, vergas y palos- están prestas y desplegadas para recibir el empuje del viento. El pirata acomoda su garfio; ese garfio que suple a la mano perdida, en lucha desigual, contra el inglés en Singapoore. Ya no se puede rascar, como hacía antes mientras maniobraba para salir del puerto pero, por el contrario, le viene muy bien a lo hora de descorchar el vino o el ron. ¡No hay mal que por bien no venga!
El capitán saludó al piloto quien ya estaba en el puente con el timón en las manos y este, con su ronca voz aguardentosa, le dirigió las sabias palabras con que daba siempre los buenos días: Bendita sea la luz y la Santa Vera Cruz; y el Señor de la Verdad y la Santa Trinidad; bendita sea el alba y el Señor que nos la manda; bendito sea el día y el Señor que nos lo envía…
Muy bien, Quevedo, saludo a la pilota, salgamos hasta el morro del puerto y enfilemos nor-nordeste, rumbo a Sant-Pierre et Miquelon, aquél archipiélago que los portugueses, -cantantes de fado y morriña- llamaban de Las Once Mil Vírgenes. El Ribera cabeceó al salir del puerto y enfiló la ruta ordenada. Enfrente Terranova, a la banda de babor la isla de Langlade y a la de estribor la Île Saint Pierre.
Llevaban menos de una hora de navegación cuando se cruzaron con la goleta del capitán Chaleur, un barco de bruma que anuncia las grandes tempestades, las galernas en las que los navíos quedan desmantelados sobre un arrecife o preso en un bajío mientras la marinería se encomienda a San Telmo, a San Balandrán o el propio San Olaf para que les concedan el tiempo suficiente para echar los botes al agua o, para rezar -las manos enlazadas- la última Salve con que evitar el perolo inmundo y grasiento de Pedro Botero.
El capitán mira al viejo pirata ferroviario quien, sentado sobre la cadena del ancla, pesca cangrejos y nécoras; centollas y lubrigantes a puro pulso de tripa de sardina. El viejo pirata y el marmitón son gentes de secarral y barbecho que llevan ya hechas muchas guardias a bordo conjuntamente. Esta tripulación –piensa el capitán- no es una tripulación al uso; piratas de aquellos que vagaban de taberna en taberna esquivando la Mancha Negra y trasegando ron y aguardientes sin filtrar. Ahora la tripulación es voluntaria, una tripulación que no dice enrolarse, sino apuntarse. Una tripulación que no sabe que la mar del Gran Sol ya no es aquella mar del Gran Sol y los piratas de Cornwall ya no son los piratas de Cornwall, los hombres más bravos de toda la marinería; aquellos hombres que, con un gato de siete colas terminados en plomo en la diestra y un chuzo de abordaje en la siniestra, eran capaces de mantener a raya a una tripulación de ochenta negros, treinta chinos y los dos líderes de Podemos.
¡Aquéllos sí eran marineros! Marineros que no dudaban en atacar al mismísimo Palestina, con su holandesa ardiendo, medio desvencijado, que se levantó en Block Island, donde naufragara para ir sembrando de desolación y muerte todos y cada uno de los cinco mares en los que actuaba.
¿Y es cierto, mi capitán, lo que le pasó al tuerto Simeón, el marinero normando que perdió un ojo porque salieron caras en una moneda china que no tenía cruces?
Es cierto y bien cierto, marinière Sanz. Aquellos eran hombres resueltos y que, cuando la suerte salía esquiva, sabían pechar con la mala fortuna. Cuando el marinero Simón pidió cruces, mientras volaban las monedas chinas, y salieron caras, se vació el ojo con el rabo de una cucharilla de de plata de un juego de café robado al propio Barbarroja. Una apuesta era una apuesta y la palabra de un corsario era palabra de honor. El marinero Simón envolvió su ojo en una servilleta de cuadros pringosa de aceite sucio de atún y migajas de pan ácimo.
Entonces los chinos, descojonados de risa, palmeando sobre sus cortas piernas curvadas, le dijeron que las monedas no tenían cruces… ¡Dios!, la que se armó… Volaron banquetas, se abrieron navajas, se rifaron hostias a mogollón y sonaron hierros de viejos sables, dagas y espontones y la cosa sólo amansó cuando le dijeron que, con un solo ojo no podía ver más que una de las caras, por eso la otra no existía.
¡Ah, bueno!, dijo Simón. Eso se avisa y nos habíamos ahorrados las bofetadas…
Así eran los hombres en aquel viejo clíper pirata antes de que se “apuntaran” al rol del capitán Aldea, tan ambigua y transversal tripulación.
Esos eran hombres, Aldea, y no los de Nocilla: fuertes, alegres y deportistas.

UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL PALABRAS

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Una imagen vale más que mil palabras, dice el dicho y los psicólogos –sobre todo si son argentinos- los psicólogos, decía, esa especie de sabios que aún no saben abrocharse la bragueta, o hacerse la lazada en los zapatos, sacan enseguida sus conclusiones: Este dicho (dicen) alude a que una idea compleja, que tu cerebro aloja y que, al ser visualizada, puede transmitirse sin emitir palabra alguna quedando grabada en nuestra mente sin necesidad de explicación oral. Para que esa imagen valga más que mil palabras tiene que estar incluida en un contexto en el cual la podamos visualizar y focalizar (ufff, que me ahogo) poniendo toda la atención suficiente para que nos evoque algo significativo.
Bien, pues esa imagen, que vale más que mil palabras, venía hoy en portada del diario electrónico Vozpópuli. En ella se ve a doña Marta Ferrusola, esposa y madre de los Pujolets; esposa de un Pujol y madre de sus siete vástagos…
Una maldad, don Dimas… si los siete son del tamaño del papá ¿parecería doña Marta la Blancanieves de Disney por el Pirineo? (Heigh ho! Heigh ho! La-la-la-la-la-laaaa).
Dejemos de lado las maldades, don Matías, y vayamos a analizar esa imagen que, al decir de algunos vale por mil palabras.
¿Qué nos muestra la fotografía? La imagen, por utilizar su término, nos muestra a una esposa y madre de familia hacendosa, saliendo a comprar el pan; volviendo del colmado del chino de la esquina donde habrá comprado el cartón de don Simón, para Jordi padre –los niños aún beben llet de vaca autóctona, pero vaca, a fin de cuentas- y unas galletas Artiach de coco. Artiach es una empresa bilbaína, pero ella no lo sabe. Artiach, ¡quién lo diría, per Deu, si sona molt nostre!.
Doña Marta, iba diciendo, es una madre hacendosa y ahorradora -una cigarra, don Francesc, lo que yo le diga- que pasa la tarde entre la calceta y la novela de TV3 con su mantilla de ganchillo gris acero y una mantita – de La Casa de las Mantas, en Jonqueres, 5, al ladito mismo de La Caixa- sobre el regazo. Una madre que se desvela por educar a sus siete pujolines en la honradez y la decencia. En el ejemplo paterno de la honradez y el cumplimiento de la ley. En pagar los impuestos para que el país crezca y en el ejemplo del ahorro materno. Una noia que estalvia i un home treballador i honrat, nois. Sobre tot aixó… honrat, es el germen que sustenta la nostra pàtria.
¡Visca el Jordi!, gritan los nens
Visca, contesta doña Marta, la mare, que no la filla.
Pero oiga, don Matías ¿y el ministro de Hacienda tiene algo que decir?
¡Cómo que si tiene algo que decir….! El ministro de Hacienda tiene que decir lo que ya ha dicho ¿O qué se cree usted, que el ministro se toca los perendengues?
¿Y que ha dicho?, si es que puede saberse, claro.
Pues claro que puede saberse. El ministro Montoro ha dicho, ¡con un par!, que el Jordi Pujol llevaba 30 años, o tres décadas, que viene a ser lo mismo pero sin IVA, de “clandestinidad fiscal”.
¡Ostras, Pedrín!
¿Qué… cómo se le ha quedado el cuerpo?
Pues como el seis doble, don Matías. Como el seis doble
¿Y eso?
Pues nada… es que uno, que es un poco inocente, ¡vaya por Dios!, había pensado que treinta años atrás viene a ser, sobre poco más o menos desde 1984.
Pues claro.
Entonces, si a usted no le molesta ¿podría hacerle una pregunta?
Pregunte, pregunte…
¿Don Cristobal Montoro no fue ministro de Hacienda, con Aznar, del año 2000 al 2004?
Pues sí señor…
¿Y no fue, además, miembro del Parlamento Europeo y de la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE?
Así es, sí señor
Entonces, don Dimas, ¿Es que don Cristóbal estaba en Babia, en lugar de estar en Bruselas? ¿Es que don Cristóbal es más tonto que un bollo preñau o se lo hacía para seguir saliendo en las fotos?
Verá usted, es que de don Cristóbal no han aparecido todavía imágenes que valgan más que mil palabras y no tenemos, por lo tanto, contexto en el cual podamos visualizar y focalizar poniendo la atención suficiente, en esa imagen, para que nos evoque algo significativo.
¡Ah…! Ahora lo pillo.
No, si para pillo, el pare de les criatures
¿Y el ministro?
Eso; y el ministro.

CUATRO CAMINOS. AÑO 1917

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Había anochecido cuando don Cancio Berenguer Zarzeno abandonó el Salón Luminoso. El paseo de Ronda estaba escasamente iluminado y, en el punto donde esperaban los simones, los caballos resoplaban echando por los ollares unas vaharadas grises y cálidas que daban una mayor sensación de frío. De vez en cuando, algunos de los caballos, golpeaban los cascos contra el adoquinado levantando pequeñas chispas. El Salón Luminoso había organizado una función en beneficio de doña Josefa Cabo.

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No; don Cancio no sabía, en realidad, quién era doña Josefa Cabo, ni tampoco conocía a Catalina Ibor o a sus familiares, a los cuales estaba dedicada la función. Don Cancio, a quien conocía era a los hermanos Sipos, don Salvador y don Evaristo. Los hermanos Sipos llevaban unos años ya dedicados a la organización de estos eventos. Don Serafín, era algo amigo de don Cancio y le mandó una invitación, con un pequeño billete, en el que le pedía que acudiera a la función para presentarle a la señorita Zabala, que actuaba en el drama “La obrera del tejar”. La señorita Zabala, al parecer, tenía cierta información sobre un joven que, años antes, había dado que hablar. El joven en cuestión se llamó, mientras vivió, Mateo Morral.
Don Cancio se entrevistó con la señorita Zabala durante el ambigú que se sirvió al finalizar la función y que, como decía el programa, era por cuenta de la beneficiada quien –y perdonen el chismorreo- no era excesivamente desprendida. La señorita Zabala no pudo aportar dato o prueba que facilitara el trabajo de don Cancio, escritor que preparaba un libro sobre el atentado real de aquel final de mayo de 1906.
Mire usté, señor escritor, dijo la señorita Zabala. Yo le digo a usté que al Mateo Morral servidora de usté le vio varias tardes en el merendero del Canuto, aquí en la glorieta de Cuatro Caminos. Era cierto que se pavoneaba sobre la que iba a armar. ¡Y tanto que la armó!. Pero ese otro señor que usté me dice. ¿Cómo dice usté que se llamaba…?
Pablo Iglesias.
Eso. Al Pablo Iglesias le recuerdo bien. Era un tipógrafo con cara de viejo que venía del Hospicio. No, nunca le vi por aquí. Si que le veíamos salir de la imprenta esa que se llama baila-baile…
Bailly-Baillière, señorita
Pues eso. Qué más da. Esa que estaba en Bravo Murillo, digo… El caso es que al impresor no le vi nunca por Ca el Canuto. Ese era más serio y menos fantasma que el Mateo y era más de acudir a la dehesa de Amaniel. Siempre estaba rodeado de obreros y, con esa barba blanca, parecía un viejo.
¿A casa Canuto, dice usted que no acudía?
No señor. Iban al soto de Migascalientes, junto al río. Los socialistas son muy de tortilla y manta en el campo, no como los anarquistas. También solían ir al Partidor, que estaba en el paseo de Aceiteros, junto al partidor de aguas del Canal. Si no estaban por allí estaban en La Alegría; El Pañuelo; Blanco y Negro; Chumbica –si habían cobrado, ya sabe usté-; La Luna; El Madrileño; Mur; Aguilera; La Paloma; La Raza Latina; el Ventorro del Manco; Los Gabrieles de la Dehesa; Casa Rogelio; La Lidia… En fin, ya sabe… En Angulo nunca; claro. Ese es un sitio para más jayeres, usté ya me entiende, dijo mientras se frotaba los dedos índice y pulgar de su mano derecha.
Muchas gracias por su colaboración, señorita.
Don Cancio se marchó ofuscado por la pérdida de tiempo. Era imposible recabar más información. Si al menos, se dijo, se hubiera podido demostrar algún tipo de contacto entre el anarquista y el socialista. Pero me parece que voy a tener que olvidar esa línea. La huelga general revolucionaria de 1917 fue organizada por anarquistas y socialistas y, sigo pensando que el atentado contra Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia, podría haber sido un primer acercamiento entre los dos grupos que, tras lo fallido del mismo, les llevó a la huelga del 17.
Don Cancio paró un momento en una de las esquinas y estuvo posando su mirada, largamente, sobre la glorieta. Aquí, un 13 de agosto de 1917, va a hacer casi dos años, panaderos, gañanes, albañiles, mozos de cuerda, se reunieron para reclamar la bajada de precios de los productos básicos y la subida de los míseros sueldos.
Los políticos, hampones sin alma, ordenaron a la fuerza pública y al ejército desalojar la plaza. Los obreros levantaron barricadas y, apoyándose en las tabernas de la plaza, donde les daban de comer y beber, se hicieron fuertes. Desde las barricadas apedreaban a los tranvías que pasaban cargados de esquiroles y a los comercios que no se unían a la huelga. Los políticos –decía- mandaron cargar al ejército el cual, apostado con ametralladoras en los espacios estratégicos abrieron fuego sin ningún tipo de miramiento. Murieron obreros; si. Pero también murieron mujeres y niños a mansalva. El resultado fue que la revuelta se extendió al vecino barrio de Tetuán de las Victorias; la Prospe; la Guindalera o Chamartín donde continuaron los disturbios, los tiroteos y las detenciones.
La fuente de la plaza, con sus dos pequeños pilones laterales, se convirtió en un charco de sangre. Los muertos eran sacados en carros de mano por los trabajadores. La policía, rebasada por la violencia empleada, permitía a los obreros retirar a los muertos y heridos. Ambas facciones lloraban de forma desconsolada…

Perdón, caballero, ¿podría usted darme fuego?
Sí, como no. Espere un momento, que ponga una señal al libro. No me gustaría perder el hilo ahora que está lo más interesante.
No se preocupe. No hay prisa. ¿Qué está usted leyendo?
Pues mire usted, es un libro sobre la glorieta de Cuatro Caminos y los barrios limítrofes. Es una crónica de entre siglos.
¡Ah!, dijo el fumador… Don Cancio Berenguer Zarzeno.
¿Lo conoce?
Sí señor. Yo soy historiador. Lo estudiamos en la facultad. Tenía una curiosa tesis sobre la participación de socialistas y anarquistas en el atentado de Alfonso XIII.
Pues sí, es cierto. Lo acabo de leer. De vez en cuando paro la lectura y trato de imaginar, mientras leo el libro en la misma glorieta, dónde se produjeron los hechos de la llamada Noche de san Daniel y la posterior huelga general revolucionaria.
Pues mire usted, le dijo el joven. Aquella calle, hoy Raimundo Fernández Villaverde, era el paseo de Ronda. Aquella otra, que hoy es la avenida de la Reina Victoria, llevaba al paseo de Aceiteros y esta de aquí, que luego se llamó Bravo Murillo, era O’Donnell. Del resto ya no queda casi nada. Toda ha cambiado.
Pues muchas gracias, joven.
Gracias a usted. Por el fuego, ya sabe… Que pase usted un buen día.
Igualmente. Adiós. Buenas tardes.
Adiós, y que el libro le sea de provecho.
Por favor, le dijo cuando el joven ya se marchaba. Si usted me lo permite…
Diga, diga.
¿Le podría hacer una pregunta?
Claro que sí; dispare, dijo sonriendo.
Usted cree que hay, en estos momentos, algún tipo de similitud con la situación de entonces. Ya sabe, esto del 15-M en la Puerta del Sol…
Bueno, esa es la pregunta del millón. Ahora “disfrutamos” de precios altísimos, salarios paupérrimos, los políticos siguen siendo la misma gentuza y, por si era poco, hay otro Pablo Iglesias. Lo mejor, si es que hay algo bueno es que, ahora, el pueblo está acostumbrado a la democracia y no está por la labor de exigir sus derechos. Pero si no corregimos, entre todos, vaya usted a saber cómo puede terminar…