LIBORIA PANIEZO MOCHALES. ESPIRITISTA

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Una tarde de aquel mayo del año cincuenta y tres del siglo pasado, un soldado, posiblemente enviado por algún general de la capitanía, salió al cuerpo de guardia y, tras un toque de corneta leyó la orden del día en la que se anunciaba que, de orden de la autoridad competente –militar, por supuesto- se había acabado, oficialmente, el hambre en España.

No sería muy distinto de esto pero, la realidad, la cruda realidad, fue que el hambre siguió haciendo estragos durante más tiempo del que sería deseable. La cartilla de racionamiento desaparició y con ella los artículos a los que daba derecho: 125 gramos de carne, 1/4 litro de aceite, 250 gramos de pan negro, 100 gramos de arroz, 100 gramos de lentejas rancias con gorgojos, un trozo de jabón hecho de sebo y otros artículos de primera necesidad entre los que, curiosamente, se incluía el tabaco. Si se había pertenecido al ejército franquista había que añadir 250 gramos de pan blanco. En paralelo apareció una figura imprescindible: el estraperlista. La milicia, pues, dio paso a la Comisaría de Abastos y a los especuladores.

En ese caldo de hambre y miseria; de delación y miedo creció la Liboria Paniezo Mochales, sin profesión conocida pero con una chispa y una viveza que suplía todo lo que el Derecho le negaba. La Liboria, conocedora de tanto y tanto muerto, de tanto y tanto desaparecido, de tanto y tanto exiliado se buscó las habichuelas con unas supuestas dotes de medium espiritista. Su punto fuerte, aunque no descartaba ningún otro, era la comunicación con los espíritus de los muertos, desaparecidos o exiliados. No hacía ascos a nada.

La gente, que es muy suya, decía que la Liboria había montado un locutorio con el más allá en un sotabanco; un chiscón de zapatero húmedo y apestoso, bajo la escalera en el número 3 de la calle de Castilla donde también vivía. La Liboria hablaba y no paraba del espiritismo y de sus maestros Madame Blavatsky, y don Djwhal Khul, autor de Tratado sobre fuego cósmico.

Una tarde, la Liboria había conseguido juntar una buena cantidad de gentes de distinto pelaje: el sargento Faría, canario de Arguineguín, en Mogán, Canary Island, Spain; Leoncio Tragabuches, alias El tragabuches, de Carrión de los Condes, en la comarca de Tierra de Campos, Palencia, picador de novillos y reses bravas. Filomena Perdiguero, natural de Tudela, viuda (se supone) del Sandalio Losa, manomanista navarro que perteneció a la 1ª Brigada Mixta de Líster y que desapareció en la defensa del Clínico. Laureano Trijueque Santos, zamorano de la comarca de Aliste, pasante en el despacho de don Melchor Brigadier de Campos, abogado del ilustre colegio de Madrid. El señorito Carlos de Mangarrangla-Blasco de Garay, toledano y presunto descendiente del navegante, estudiante de farmacia de 53 años, que no piensa acabar la carrera hasta que su padre se canse de pagarle los gastos y, finalmente, la joven Amelita Torres García, madrileña del barrio de los Cuatro Caminos. Estudió en el colegio nacional Tomás de Zumalacárregui, antes Jaime Vera y aficionada a las poesías. La  señorita  Amelita  coge  puntos  a  las  medias  en  la  mercería  La Progresiva –antes la Progresista, pero que debió de cambiar su nombre por motivos obvios-. El corro era tan amplio que no cabían en el chiscón con lo que tuvieron que cogerse de las manos puestos en pie.

La Liboria carraspeó y pidió silencio. Cerró los ojos y pidió que los presentes hicieran lo mismo. Cuando, al abrir el rabillo del ojo, comprobó que todos habían cumplido sus órdenes, comenzó su letanía. Al terminarla sintió, como una descarga eléctrica. Al principio quedó petrificada por el miedo pero, ya más calmada sintió que no era una descarga eléctrica, sino alguien tocándole las tetas.

La Liboria soltó las manos de sus clientes y, en ese momento, quedó rota la cadena de comunicación con los espíritus convocados. La señorita Amelita rompió a llorar creyendo que el fantasma de su amiga Pilarín podría haber quedado en alguna suerte de purgatorio para espíritus. El sargento Faría, echó mano a la fusca y, de no ser por la Filomena que le dio un grito que le puso firme, se habría liado a tiros con todo lo que se meneaba. El Tragabuches miraba a un lado y a otro y el pasante Laureno y el señorito Carlos se miraban divertidos. La Liboria puso sus manos en jarras –señal inequívoca de que se avecinaba tormenta- y proclamó: Miren ustedes, señores, una es muy señora y muy seria y no está para que le magree las tetas un baboso de mierda ¿entendido? Así que ya puede ir dando un paso al frente el majo que haya abusado de mi confianza.

El Tragabuches se acunó en tablas, como si fuera a citar de largo. El sargento Faría cargo nuevamente la pistola y, dirigiéndose al pasante y al pisaverde les advirtió: Aquí no se juega con la decencia de una mujer española. Ya saben que las españolas cuando besan, besan de una vez y no se andan con frivolidad.

De una vez no, besan de verdad, dijo el señorito Carlos

Besan como se les pone por los cojones ¿entendido, tío mandria? Dijo el sargento sacando su vena cuartelera. Si ustedes fueran unos hombres, como Dios manda, ya se habrían disculpado y habrían ofrecido a su victima una satisfacción. Una boda por la Santa Madre Iglesia y por el Juzgado de paz, como hacen los hombres. Pero claro, ustedes, el uno pasante que no tiene ni oficio ni beneficio y el otro un sansirolé con ínfulas de caballerito de Azcoitia.

¡Oiga!, le dijo el señorito Carlos. No le consiento a usted…

Pero sí que se lo consiente a la señorita Astra ¿verdad? Dijo enseñándole la pistola

Vamos, vamos… caballero.Yo le doy mi palabra de que yo nunca me hubiera atrevido…

A ver si ahora va a resultar que soy yo el culpable, dijo el Laureano, blanco como un folio blanco.

Pues si no ha sido usted habrá sido el fantasma del Jarabo ¡No te digo!

Calma señores, calma. Pidió El Tragabuches. Vamos a ver, Liboria, ¿usted está segura que ha sido algo físico? Quiero decir, si no habrá sido una metedura de mano de un espíritu. Porque quien estaba contactando conmigo era don Gómez, el hijo del Conde de Carrión, que ya sabe usted cómo se las gastaron con las hijas del Cid.

El señorito Carlos pensó que lo mejor sería convocar al espíritu de don Gómez y preguntarle si había sido él o si sabía quien era el que lo había hecho. La Liboria pidió que se cogieran de las manos y, tras realizar el consabido conjuro, llamó a don Gómez quien se presentó hablando en sílabas.

Go-bo-rra-fe-bu-trin…

¡Anda!, dijo la Filomena, si está hablando en asturiano

Calle usted; riñó la Liboria a la Filomena. No vé que se puede romper la cadena de comunicación.

Usted perdone. Es que una es de un burro…

Ya, ya, dijo El Tragabuches. La Filomena dejó espacar una lagrimita y pensó para sí: anda que como te haya oído mi Sandalio, con la mano tan dura y grande que tenía de pegar a la bola, te saca las muelas de un sopapo.

¡Merced, ya rey e señor, por amor de caridad! La rencura mayor non se me puede olvidar oídme toda la cort e pésevos de mio mal, los ifantes de Carrión, que m’ desondraron tan mal.

Alto ahí, dijo la Liboria, ¿Quién es usted? que tan bien sabe recitar el Cantar. Soy Anónimo, el autor. ¡Ah! Usted perdone. ¿Podría avisar a don Rodrigo? Es para ver si nos saca de dudas. No se preocupe, que ahora le llamo. El Cid se presentó y la Liboria le preguntó Mio Cid, vos sabéis –nadie sabía porqué hablaba en voseo- quien fue el que me deshonró sobándome las mamellas.

¡Qué palabra bella!, esa de las mamellas

Dijo el Cid en verso ya que, como todo el mundo puede imaginarse, si es que ha leído el Cantar del Mío Cid, este no está escrito en prosa, sino en verso.

Un olivo silvestres es un acebuche Y el sobón de vuesas domingas, mi señora doña Liboria, ha sido El Tragabuches

¡Quieto todo el mundo!¡Todo el mundo al suelo!, gritó el sargento Faría, sacando la pistola y amenazando al personal.

Anda, se dijo Anónimo, el escritor. Esas palabras las escuché yo en algún sitio del futuro. ¿Dónde sería?

Quien iba a ser, si no, dijo el sargento. Los espíritus no suelen ser sobones, sino respetuosos y puntales, como los sorianos. Las reverberaciones del más allá no precisan Viagras, sino calor del brasero bajo la camilla, que el más allá es humiento y nubloso como el último acto del Tenorio.

Ante la expectación levantada en el chiscón por los del más allá y los del más acá, el picador de novillos y reses bravas Leoncio Tragabuches, de Tierra de Campos, en Palencia se levantó. Estaba pálido y demudado pero con la suficiente valentía torera como para hablar con voz clara y alta.

Me declaro culpable, señoras y señores presentes y espíritus y pido perdón a todos por el desliz. Me confieso un rijoso y un sobón y, aunque las piezas bien merecían el riesgo de la pillada no existe perdón para tal acción. Tengan piedad de un pobre barilarguero arrepentido y avergonzado. Ofrezco a la señora Liboria la reparación de las nupcias. Y a todos ustedes señoras y señores presentes y convocados les brindo mis energías, tanto corpóreas como anímicas y al ágape posterior a los desposorios que se celebrará en los salones Angulo, calle de Almansa, 70.

¡Viva la gente de rumbo! Gritó el señorito Carlos. Yo me pido el primer baile con la señorita Amelita, quien se puso roja como un tomate.

Por Dios, don Carlos, que una es muy decente…

Su antropónimo, amigo Leoncio, no le hace justicia. Usted más que Leoncio debería llamarse Tocón, como los pies talados de los chopos, le dijo el Laureano Trijueque. Pero su rectificación y su reparación le honra. Cuente conmigo como padrino y, si me lo permite, con doña Filomena como madrina.

Como de una nube imaginaria y como si se tratara de un rayo un bofetón se estrelló contra el rostro del pasante. Sobre su inflamado carrillo derecho cuatro dedos que parecían cuatro espárragos cojonudos de Tudela quedaron grabados a fuego. Al abrir la boca seis dientes y dos muelas cayeron al suelo. ¡Ese es mi Sandalio!, dijo para sí, sonriente, la Filomena.

La boda, como ocurre siempre, estuvo muy animada. El ágape fue de rumbo, efectivamente: entremeses fríos y calientes (jamón dulce y serrano, galantina de pollo, chorizo de Pamplona y salchichón imperial. Calamares fritos, croquetas y gambas a la gabardina). Consomé de ave y carne asada a la jardinera. De postre tarta nupcial y helado de dos gustos. Café, que resultó un recuelo bastante malo y una copa de Licor 43. El padrino repartió unos cigarros hechos con picadura de farias y tagarninas recogidas en el metro y lavadas tan bien que hasta parecían compradas en el estanco.

Y así fue como se celebró esta boda que, como todas, aunque sin campanas, empezó con toques y acabó resultando que fueron felices y, cuando de verdad acabó el hambre, comieron perdices.

SAN JORGE Y EL DRAGÓN

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Mañana, 23 de abril, se celebra el Día de San Jorge. El día de san Jorge y el dragón. San Jorge es patrón de Aragón, y de su ciudad más poblada, Barcelona. San Jorge, como todo el mundo sabe, trabajaba embolsando melocotones en su pueblo, Calanda, cuando una plaga de bichos llamados drakon y a los que en Aragón pusieron por mal nombre, dragones infestó toda la zona. San Jorge, cuyo nombre de paisano era Tolentino Espallargas Escriche se colgó una mochila a la espalda y fumigó todos los melocotoneros menos uno, el más próximo a un manadero donde almorzaba. En ese melocotonero que no se fumigó se quedó a vivir Damián, el dragón de Calanda que luego ya le acompañaría de por vida.
El Tolentino, o sea, el san Jorge era hijo de Geroncio, chusquero de clases pasivas del ejército de Roma y cabo furriel en la compañía de Sila Lucio Cornelio, y de su madre a la que llamaban Policromía porque tenía coloretes, como Heidi, y algo de barba, como los melocotones. La Policromía era algo beata y le enseñó al san Jorge los fundamentos de la religión y su amor por el dragón y otros animales menos aéreos y volátiles. Hizo la mili en Capadocia, donde llego a tribuno y comes, que era algo así como recaudador y cabo de cocina. Sirvió, como José María Aldea y otros lerdos como yo mismo, al emperador Galerio, que era de Sodupe y vestía túnica magenta.
Al pobre Jorge le acachinaron el Diocleciano y otras bestias que intentaron convencerle de que dejara el cristianismo y se hiciera del Barça. Como buen maño era terco y se negó, porque era muy del Ligallo. Por cabezón, dicen que dijo el Diocleciano, te vamos a cortar el pescuezo. Dicho y hecho. Toda esta historia la relató un tal Adomnanus, abad irlandés de la abadía de la isla de Iona y por el obispo galo Arkulf. Este, claro, la escribió en francés y lo tradujo Isabel Sanz.
Los moros, que son como catalanes pero en moreno, también querían apropiarse del santo y, a través del sincretismo religioso y cultural con el profeta Elías, el predicador judío samaritano Phineas y el santo moro al-Hadr, alias el verde, que en moruno se dice hadir formaron una figura religiosa que aún se sigue venerando y que se corresponde con un santo que se parece al Tolentino cuando aún cogía melocotones y el dragón se parece a una culebra con alas.
En la azora 18, Surat al-kahf, cuentan la leyenda de que el Tolentino, o sea, san Jorge a caballo vence a un dragón. No es cierto. Lo que parece un caballo era, en realidad, un mulo capado que se movía más que la mano de un novio, y lo que parece una coraza era, en realidad, la mochila del herbicida.
La leyenda ocitana medieval comienza con un dragón que hace un nido en la fuente que provee de agua a una ciudad –el manadero antedicho-. Como consecuencia, los ciudadanos debían apartar diariamente el dragón de la fuente para conseguir agua. Así que ofrecían diariamente un sacrificio. El paganini se decidía al azar entre los habitantes. Un día resultó seleccionada la princesa local. De aquí surgió la historia, no probada, de la boda de san Jorge y la princesa Sabra que pintó Rossetti. En realidad el rey de Aragón, un día que fue a Calanda a comprar melocotones para conservarlos en vino con canela, pidió ayuda por la vida de su hija que tenía algo de colesterol del malo y que, como aún no había sacado Danone lo del Danacol, pues ya se sabe. Cuando estaba a punto de desmayarse la princesa, el padre pensó que la iba a devorar el dragón. Entonces aparece Jorge, o sea el Tolentino, que venía de refrescar una botella de Cariñena en el manadero y se mosqueó con el dragón, pero no lo mata. Simula que salva a la princesa, que le pide que le regale el dragón para que cuide de un chalé que se estaba haciendo en La Muela y que, como hace mucho viento, se llevaba los perros y la dejaban sin defensa del chalet. San Jorge, o sea, el Tolentino le dice que los perros y las estilográficas no se ceden. El padre, agradecido, fue y le ofreció la mano de la princesa.
¡Hala vete pa’Alpedrete!, dijo el Tolentino, que iba para santo, martir y virgen.
La historia, antiguamente considerada verdadera, ha sido negada recientemente. ¡Vaya usted a saber!. Por otra parte, pocos dudan de que contenga un rico simbolismo religioso, para el que se han propuesto diversas interpretaciones.
En 1096, las huestes del rey Sancho Ramírez de Aragón asediaban la ciudad de Alcoraz, cerca de Huesca. Se dice asediaban y era porque los mataban de sed. Tras recibir ayuda desde Zaragoza, los asediados consiguen matar al rey, pero ganan la batalla de Alcoraz -según la tradición- gracias a la aparición de San Jorge tirando melocotones a la cabeza de los malos. Posteriormente el rey Pedro One conquista Huesca tras invocar la ayuda del santo. Cuenta la leyenda que el mismo día estuvo ayudando a los cruzados mágicos, que eran unos soldados que llevaban sostén, en Antioquía, y que en un momento de la batalla, subió a la grupa de su caballo a un caballero teutón (de ahí lo del sostén) descabalgado; más tarde, ese mismo caballero se vio envuelto en la batalla de Alcoraz.
Sobre todo a partir del siglo XIII surgen numerosas leyendas y apariciones en el reino. Que si Jaime el Conquistador, que era muy ligón y algo putañero, cuenta que en la conquista de Valencia se le apareció el santo; que si luego en Mallorca. Hasta en Capadocia, dice que se dedicaba a castrar moros. ¡Ya ven!. Cosas del Sálvame de aquellos tiempos. El caso es que, como el Tolentino no paraba de ganar batallas hasta en Navarra van y lo nombran patrón del Reino y de la Diputación por intercesión de Marian Yerro. El caso es que todos los reinos y hasta condados se lo querían apropiar.
La cruz de san Jorge, aquella que le bordó su madre, la Policromía, para tapar un roto que tenía en la saya, y las barras de la Corona Aragonesa forman la bandera del pueblo de Barcelona, ese del que tan orgullosos están en el Reino de Aragón. El caso es que, ahora, el insigne historiador –de histérico- Arturo “Rostroduro” Mas quiere situar al dragón en la Isla Dragonera y que, como parte de los Països Catalans, se adjudica. Nada más alejado. Dragón es palabra que proviene del aragonés del Javalambre y significa D’Aragón, o sea, de Aragón.
El Tolentino, ya san Jorge, fue canonizado por el papa Gelasio, que fabricaba helados en una gelatería del Vaticano que se llamó Arnoldo y que luego llevo, ya en plan franquicia, a San Sebastián, o Donostia que tanto monta.
En su último viaje, antes de perder la cabeza, el Tolentino marchó a Asturias, a salvar a la princesa Parga de un gaiteru falso que quería convertirla en andarica. San Jorge, a través de una batalla épica logró vencer al gaitero cuélebre. La gente, al ver al bicho ensartado llamaron al Toletinto: “Xurde matagaiterus”.
Finalmente, el Tolentino, fue nombrado patrono de la ciudad salteña de Pichanal, lo que no acabó de gustarle por aquello del nombre y su posterior gentilicio y también del arma de caballería argentino. No se mostró muy conforme pues decía que los argentinos eran algo marisabidillos y muy pesados.
¡Ya ve usted, don Dimas!
Eso digo yo, ¡cómo se le ocurriría al Tolentino pensar eso de un argentino!

MUCIO BARRIUSO VILLULLAS, FAQUIR PALENTINO.

FAQUIR

El Mucio Barriuso Villullas, vecino algo tarambana y natural de la localidad palentina de Villaviudas, en la comarca del Cerrato, partido judicial de Baltanás en Castilla y León, Spain, rezaba al santo Cristo de los Milagros y a Nuestra Señora de la Asunción y bailaba a san Juan, por junio.

El Mucio Barriuso Villullas era desnudista y hacía gimnasia sueca, según el folleto del inventor de la misma, el medico y profesor de esgrima, Pier Henrich Ling, junto a la fuente del Ecce Homo, los días de labor y los festivos en las de El Tojanco y La Cavanilla.

Villaviudas es pueblo de muchas aguas. De no haberse llamado Villaviudas bien podría haberse llamado Hontanares de Cerrato, que sería mucho más enciclopédico y húmedo. ¿verdad, don Dimas? Ya lo creo, don Matías. Pues el Mucio Barriuso Villullas, además de ser desnudista y gimnasta sueco también era, algo faquir. En las fiestas de La Tragantona del año en que comenzó el bloqueo de Berlín -el primero, no el del año 58 del siglo pasado-. Ese día, decía, el Mucio Barriuso Villullas se presentó en la feria de Baltanás, que se celebra el día de Difuntos y, como quien no quiere la cosa, se mandó enterrar desnudo, dentro de una zanja, con más de doscientas botellas de vino hechas añicos en su interior. Se mandó enterrar, decía y, sin dejarle ni una mala caña para respirar, se subieron encima más de doscientos mozos y un par de mulas que, para hacer fuerza, saltaban sobre la zanja.

¿Y sobrevivió?

Pues sí; gracias a la Guardia Civil quien, girando los mosquetones, los emplearon como bate de baseball para espantar a los mozos. ¡Dios, cómo zurraban la badana los picoletos!

¿Y el Mucio?

El Mucio fue desenterrado y recuperado tras darle a oler una sardina arenque algo pasada, ya que no había sales, y darle a beber media arroba de vino del terruño. El Mucio, muy en su papel, se sacudió la arena pegajosa que le cubría piernas y brazos y, cubierto con el tabardo del cabo Legarda, fue trasladado al calabozo donde durmió más de tres días y sus noches como quien no quiere la cosa.

El caso es que se hizo muy famoso en la zona y anunciaba sus actuaciones como Mucio, El faquir palentino. En el circo París&Velocity Trouppe conoció a la Tomasa Chinarro Adobes, natural de Mases y Tamboril, provincia de Teruel. La Tomasa trabajaba en el circo como chica bala y, era despedida, por un cañón al que llamaban El gran Bertha y que, se parecía al alemán, como un huevo a una castaña. Y no me diga más, don Dimas… la mujer es fuego, el hombre estopa…

Calle, calle. No me fastidie usted el relato

Usted perdone. Siga, por favor.

Gracias.

El caso es que El Mucio se tumbaba sobre un somier lleno de pinchos y a la Tomasa la lanzaba el cañoncito sobre el cuerpo del faquir. Se desconoce aquí, si por el roce o por la aparición del arquero alado al que dicen Cupido, el caso es que el Mucio se arrancó y la Tomasa no pudo decir más que aquello tan manido de “sí, quiero”. Fijaron la boda para el día de san Pedro Advíncula, patrón de Villamedianilla que, para quien lo desconozca, se celebra el día primero de agosto. Como el pueblo no tenía juez de paz se casaron en Fromista. Allí se desplazaron los novios quienes se presentaron ante el señor juez de paz, el concejal de festejos –dado que eran gentes de circo- y la pareja de la guardia civil. El alcalde se disculpó pues estaba en Langa de Duero para la toma de posesión del alcalde Constantino, el Grande, o sea el hijo, que ya, por aquellos entonces llevaba ocho legislaturas y otras dos en Atapuerca.

El salón de actos estaba lleno, no siempre, en estos pueblos, se casan dos cómicos. Los muchachos correteaban por el salón de actos dándose collejas; algunas niñas saltaban a la comba y otras, las menos, se enredaban las canillas en una goma que sujetaban otras dos crías. El secretario había dispuesto que el Isacio, el de las tainas, tocara el bombardino y el Silvino tocara el acordeón. A una señal del alguacil tocaron Las bodas de Luis Alonso, que era lo más parecido que se sabían a la marcha nupcial de Mendelssohn. Los presentes rompieron a aplaudir y, del despacho del señor alcalde, salieron los dos novios tal y como los trajo Dios al mundo: en pelota picada. Ni un mal taparrabos, ni tan siquiera una hoja de parra para vestir de Eva, no; el pelota ambos.

¡Aquello sería Troya! ¿verdad don Dimas?

Y tanto.

El caso es que el concejal de cultura, que llevaba en la mano la vara municipal en ausencia del señor alcalde, se lió a varetazos con los mozos que habían cogido al Mucio y lo llevaban a echar al Pisuerga, río que como quien no quiere la cosa, pasa por Valladolid. Pues intentaron echarlo al río mientras la viuda interruptus se deshacía en un mar de lágrimas.

¡Ay, mi Mucio! Que me lo desgracian… No lo echéis al río, que no sabe nadar… Enterradlo… que de allí se escapa; gritaba la pobre.

Los guardias, finalmente, consiguieron dominar la situación y dieron con ambos contrayentes en el calabozo.

Cada uno en un calabozo, naturalmente, que en Frómista somos muy de san Martín y aquí no queremos espectáculos promos.

Porno, mi cabo. No promo.

Usted se calla, libertino, le dijo el cabo al número. Que se sabe todas las marranadas.

El faquir palentino, Mucio Barriuso Villullas murió, fatalmente, cuando intentó escapar del calabozo metiendo la cabeza entre dos barrotes. La Tomasa, allí mismo, descubrió que el Mucio no tenía, como siempre decía, el cuerpo sin huesos, como los limacos. Cuando a la mañana siguiente el guardia civil fue a darles el almuerzo se encontró al Mucio desnucado y a la Tomasa echa un mar de lágrimas.

Ni viuda soy, que no pude consumir el matrimonio. ¡Ay de mi! Gritaba. Ni viuda soy, lloraba desconsolada.

Será consumar, señora, le decía el número que era un tiquismiquis con eso de la lengua.

Y eso además… Sin consumir y sin consumar. ¡Ay de mi!

Monsieur Vaudevil, el propietario del circo y los hermanos Les Colporteurs, funanbulistas de Arcachon se llevaron, a hombros, el feretro del faquir y enterraron sus despojos junto al lagar de Carrodueñas, donde se producía el mejor clarete de la zona. La Tomasa, al ver el dispendio y el detalle de Monsieur Vaudevil, con su casi marido se sintió feliz pero muy sola. En un descuido se tiró al Canal de Castilla, con tan mala suerte que, en lugar de caer al agua lo hizo en el camino de sirga y se metió una costalada de órdago. La escayolaron la cadera y un muslo, el derecho, que era el que más lucía en el espectáculo, por lo que tuvo que tomar la baja.

Una tarde, mientras caía el sol tras el cerro del Piélago, allí donde el majuelo de Valdemadera pinta de tintas las uvas, el circo se marchó dejando a la Tomasa abrazada a la tumba del Mucio. La pobre enloqueció esperando, que una vez más, el Mucio, El famoso faquir palentino, resucitara y se casara, por fin, aunque tuvieran que hacerlo vestidos de etiqueta.

EL EXTRAÑO CASO DEL SECUESTRO DEL ESPIRIDIÓN

 heliotropo

El Espiridión Rijo salía todas las mañanas en busca de la aromática flor del heliotropo de olor a canela, que en España (siempre tan románticos) llamamos rabo de alacrán o planta verruguera. El Espiridión, que era muy de sufrir vahídos y otros dengues apreciaba una cualidad entre inocente y melancólica que fascinaba a los tontos de pueblos en la época victoriana: el heliotropo era una planta frágil y cálida, algo entre intensa y delicada. Fina y con una suavidad acaramelada, la fragancia, ligeramente almendrada y frutal, con notas de cereza y regaliz todo envuelto con una profunda nota balsámica y una faceta floral aérea que recordaba a la mimosa y a la violeta.

Al Espiridión Rijo, tonto de pueblo y medio botánico, la flor que más le gustaba, por encima de todas, era el primaveral y amarillo jaramago, la explosiva buganvilla y la sutil jacaranda. Al tonto de pueblo Espiridión Rijo le importaba una higa si era primavera y si salían o no los jaramagos o las buganvillas. Él iba, cada madrugada, a la fuente de la Huída en busca del jaramago, del heliotropo y la jacaranda. Al Espiridión Rijo le gustaba, cuando regresaba a su casa, dejar un ramito de manzanillas (que no margaritas) en la puerta de la Quiteria la Tostá, reparadora de hímenes en sobreuso y otras ciencias difusas, de la que estaba perdidamente enamorado.

En su pueblo, Rodrigatos de la Obispalía, a mitad de recorrido entre la Astorga de los maragatos y el berciano Bembibre, lo que verdaderamente se da es la lenteja pardina, la alubia de riñón y la de color canela de La Bañeza y el maíz forrajero. También se pesca la rana de ternes y blancas ancas, pero eso al Espiridión Rijo no le hacía gracia. Tampoco nadie le supo ni le quiso enseñar; ni tan siquiera la Quiteria la Tostá, por quien tanto amor siempre guardó.

Aquella mañana, en la víspera de san Fructuoso y el mismo día en que a la Harriet Quimby, intrépida aviadora norteamericana, se le quedó estrecho el Canal de la Mancha, el Espiridión Rijo se frenó en seco y quedó más alelado de lo que estuvo nunca. A sus pies, en la anteiglesia de santa Bernardita, un cadáver delgadito y casi sin carnes se le quedó mirando con cara de pena y sorpresa. El Espiridión Rijo, haciendo gala de un valor que no conocía, movió el cuerpecito del finado con la punta de la bota. El muerto no se quejó -¡faltaría más!- pero de su cuerpo salió un ruido como de una tronzadura. Un crac que encogía le ombligo al más pintado. El Espiridión Rijo salió por piernas y, sin parar ni en la puerta de la Quiteria para dejar su manojito de albas y amarillas flores de la manzanilla, llegó hasta su casa y se metió en la cama con calzado y todo.

A media mañana las campanas tocaban arrebato y todo el pueblo se reunió, como era preceptivo tras el toque, en la plaza del ayuntamiento. El Espiridión se escondía tras las piernas de su padre. En el suelo de la anteiglesia seguía el cuerpecillo sin vida de aquel extraño. La gente se arremolinaba y algunos, los más insensatos, gastaban bromas con las menguadas carnes del difunto.

Este no soplaba la cuchara desde la Vicalvarada, decía el Efrén

¡Nada de eso!, decía el Nemesio, a este le tenía traspasadito la novia. ¡No hay más que verlo!

El señor alcalde había dispuesto un cordón de seguridad para que los vecinos no pisaran el escenario del crimen. El señor alcalde no se perdía un solo capítulo de Ley y Orden y estaba al tanto de lo que había que hacer en un caso similar.

Que nadie toque nada. Hasta que no venga el señor juez no se puede uno acercar para evitar que se contaminen las pruebas.

¿Y cómo sabes tú que ha sido un crimen? Igual se ha dejado morir de hambre. No hay más que ver las pocas carnes que tiene.

Cuando llegó el señor juez tuvieron que hacer la autopsia con la carne de unas albóndigas que acercó la Ramona, por la poca carne que tenía el cadáver.

¿Y qué resultados presentó la autopsia, don Dimas?

Pues un 60% de carne de vacuno, un 30% de carne de porcino y un 10% de materia indefinida y hidróxido de amoniaco para lavar la carne. Por materia indefinida hubo que entender carne humana de un varón, de raza blanca, 60 años de edad, moreno y tartamudo.

¿Tartamudo?

Eso dijo el veterinario, que fue quien hizo la autopsia.

¿Pero en su pueblo no hace la autopsia el forense?

Es que no hay forense. El más cercano está en Galicia y como es otra comunidad autónoma no tiene jurisdicción en El Bierzo.

Claro, claro…

El Espiridión Rijo salió a la mañana siguiente en busca de la aromática flor del heliotropo y las flores de manzanilla de la Quiteria. Al llegar al río se sentó sobre un tocón de chopo blanco. El chopo blanco es mucho más suave que el fresno o el desmayo; ¡dónde va a parar! y es menos agresivo con las almorranas. El Espiridión miró para el grisáceo discurrir de las aguas. El río, espejo de chopos y alcotanes, se amansaba al besar la verde pradera de la orilla. La hierba verdiamarilla, con su aroma de húmedo anís, se aromaba con el cantueso, con la mejorana, la salvia y el tomillo limón. Se adornaba con el lirio de agua, con la malvarreal enhiesta y algo presumida y el juncal junco de agua. El Espiridión no podía quitarse de la cabeza la visión del cadáver del hombre delgado. El triste soniquete de un cencerro le despertó. En la orilla una vaca aún joven, quizás una ternera, bebía ávida mientras, con el ojo derecho, vigilaba la presencia del Espiridión. A este le vino a las mientes aquella canción del soldado de la zarzuela La Bejarana, que cantaba su abuelo:

Bejarana, no me llores

porque me voy a la guerra.

Ya vendrán tiempos mejores

en que cuides la becerra

mientras yo riego la tierra

para que tú tengas flores.

¡Anda!, pensó, mira que si me cantara eso a mi la Quiteria…

Unas voces despertaron al Espiridión de sus ensoñaciones. Un grupo de vecinos venían, desde el pueblo, con rumbo hacia el río. El Espiridión se ocultó tras unos lirios que había tras uno alisio. Eran mozos que cantaban y reían mientras apretaban la bota de vino por encima de sus cabezas. También un par de mozas, entre las que descubrió a la Quiteria, acompañaban al cortejo. El Renco, un cojo medio ciclán, daba risotadas y palmoteaba la palma de su mano sobre su pantorrilla. En un momento dado sacaron del bolsillo una cajita de fósforos y arrojaron sobre las aguas del río una pequeña porción de polvo, de las cenizas del muerto, ¡vamos!. El hijo de don Ramón, el maestro, que era el más ilustrado, recitó un pasaje de El huesped, de Gabriela Mistral:

Parta mañana sin nombre de oficio,

de patria, y puerto,

tarareando el mismo aire,

y dueño de su secreto

desdeñador de las bocas

que para ofrecer la leche

el pan sobrado,

el café denso,

le cobran el Dios, la sangre…

Y arrojaron sobre las frías aguas del río las cenizas del difunto.

¡Qué horror!, pensó el Espiridión, primero te mueres en la calle, como un perro, y luego te echan al río, para que te coman los barbos y las bogas.

¡Qué cantos son esos para un funeral!, gritó una voz desde la chopera. Los hombres callaron en sus cantos y sus gritos. ¡Qué hereje canción es esa para arrojar las cenizas de un difunto! Volvió a gritar la voz desde el interior de la chopera.

Ven aquí, le contestó el Renco, y te lo diremos a la cara, valiente, le retó

De la fila central de la chopera salió un hombre viejo. Enjuto, casi traspasado su cuerpo por la falta de carnes.

Espérame ahí, galán, y veamos si eres tan valiente cuando te alcance…

El Renco, la Quiteria y el resto de vecinos quedaron de una pieza al ver, saliendo de entre los chopos, al mismísimo difunto que acababan de arrojar hecho ya cenizas, pero redivivo.

¡Ha resucitado!, gritaron los unos

Esperadme y veréis, dijo la aparición

No hizo falta orden; todos a una, salvo el Espiridión, salieron por piernas.

Corred, corred… este es el fantasma del muerto que se ha molestado por nuestros cantos.

Cuando el presunto fantasma llegó a la altura del Espiridión este estaba como en trance. El aparecido se dirigió a él y le dijo:

No temas. No voy a hacerte daño. Ya sé que piensas, como aquellos gamberros, que soy el fantasma del cadáver que encontraste ayer, pero no es así. Yo soy, tan solo, su hermano gemelo. Por eso os confundís al verme.

El Espiridión le rogó que no se presentara en el pueblo.

No sabe de qué son capaces. Estos le tiran a usted al río y luego, ya sabe, ¡Fuenteovejuna, señor!. No es la primera vez que ha ocurrido.

Pero eso es un sinsentido…

Y tanto, señor. Y tanto. Mireme a mí que, como me gusta la botánica me tratan de tonto y se burlan de mi.

Yo voy camino de Cariño, en La Coruña, donde me espera una buena botella de Abadía de San Campio y una fuente de negros y ricos percebes del Cabo Ortegal. Si tu quieres, mis amigos, que son seguidores de San Xiao do Trebo, nos darán alojamiento en su molino.

El Espiridión, dejó sobre el tocón del chopo su manojo de manzanillas y se marchó con su nuevo amigo en dirección a La Coruña. Al llegar la noche, los padres del Espiridión, acompañado de los mozos del pueblo, armados de bieldas, palos y azadas y junto a la pareja de la guardia civil peinaron la chopera durante toda la noche. A la mañana siguiente los buzos de la Benemerita y algunos vecinos buscaron en el río sin encontrar el cuerpo del desdichado. La Quiteria, al encontrar el manojito de manzanillas, comprendió quién era aquel que, como la cantó Cecilia, le mandaba un ramito de manzanillas. Echó un par de lagrimitas que se secó con la punta del mandil mientras se marchaba.

Sobre Rodrigatos de la Obispalía, a mitad de recorrido entre la Astorga de los maragatos y el berciano Bembibre, cayó la leyenda del secuestro de un inocente a manos de un resucitado que, en realidad, era un marciano. Todas las noches, cuando Venus aparece junto a la luna los vecinos se juntan en la plaza por ver si descubren la nave que se llevó al Espiridión. El Renco, aquel cojo ciclán que tan valentón resultaba en la larga distancia, hizo un chiste en el cual se decía que hasta el marte hay maragatos.

NUBES Y CLAROS

mariano

Don Mariano Medina, el rey del refrán (conocía centenares de ellos sobre la agricultura, la ganadería y el tiempo); su hermano, el serio Fernando, destinado en el aeropuerto de Villafría, allá donde Pilar M. Sancho enseñorea; Pilar Sanjurjo, la primera mujer del tiempo y el entrañable Eugenio Martín Rubio, quien perdió el bigote en una apuesta tras proclamar a la audiencia: “Si nieva en Moscú, y el avión de Nueva York-Madrid tarda menos de seis horas en el trayecto, al día siguiente lloverá. Como esto ha pasado hoy, mañana lloverá y estoy tan seguro que de no ser así mañana me afeito el bigote”. Al día siguiente, como no podía ser de otra forma no llovió y apareció rasurado y sin hacer mención alguna del bigote. Eso sí, fue aparecer en el televisor afeitado y estar lloviendo un mes seguido, estos cuatro precursores, decía, de la meteorología televisiva informaban con datos que les facilitaban los militares del ejército del aire, el instituto Torres Quevedo y los pilotos de Iberia. Luego, ellos, interpretaban y sacaban adelante la predicción, con un pizarrín y una tiza en los mapas del tiempo que ellos mismos dibujaban.

fernando

Don Mariano, que tenía una generosa cabeza, ocupaba la totalidad de la imagen y, tras él, se adivinaba, más que se veía la creación del anticilón de las Azores, las bajas presiones en Islandia, la marejadilla del Cantábrico y los chubascos en la zona norte y noroeste. Con esos cuatro términos era suficiente. El resto era repartir soles como huevos fritos por el resto del mapa.

eugenio martín rubio

Yo sé que este post va a molestar, considerablemente, al capitán Aldea que es un estudioso de cirros, cúmulos y estratos; de anticiclones, borrascas y churrascos (¿o son chubascos?); de mistrales, tramontanas, cierzos y otros lebeches, pero es que desconozco completamente los arcanos de la astronomía y de sus cuevas secretas, los observatorios meteorológicos, porque que yo siempre he creído que la predicción del tiempo, como la de la bolsa, se debe hacer a toro pasado para no equivocarse.

A don Dimas y a don Matías les pasa otro tanto. Ellos piensan que existe un parentesco cercano entre la meteorología, la astronomía, la numismática, el vegetarianismo, la filatelia, la cartomancia, el cuaquerismo, los boy-scouts y la UPyD. En cualquier caso existe una relación de sometimiento a un ser ignoto, superior y caprichoso sin más base científica que el “porque yo lo valgo“, disimulado por unos patrones matemáticos ya pasados y que la ciencia dice que se repiten.

Uno piensa en un hombre del tiempo y se imagina un mago, viejo y albibarbo, vestido de camisón estrellado y con un cucurucho en la cabeza, como un penitente sevillano en Semana Santa y con una varita de director de orquesta para dirigir los truenos, los rayos y las centellas. Por eso el televisor, que es un invento de gentes listas y avisadas, nada más darse cuenta de que los ciudadanos habrían pillado el truco cambiaron al viejo hombre del tiempo por garridas y curvilíneas mozas del tiempo.

¡Ah! aquella Minerva Piquero que nos tenía pendientes siempre de Alicante, porque caía, sobre poco más o menos, por la popa de la locutora. ¡No sea usted así, don Dimas! Eso y aquella otra de la gimnasia; ¿no se acuerda? Si, hombre, aquella Eva Nasarre, que se agachaba (y uno, y dos…) y nos tenía a todo el Centro de Día pendientes de la zona sur… ¡La de lumbagos que produjo la Nasarre!

minerva

Venga, que hay niños, don Dimas…

Usted perdone.

Pues no, don Matías. Los hombres del tiempo no son magos así vestidos; no. Son personas normales, a los que les pone el puntito Choni de la Valenciano, que les gusta el Atleti de Madrid y exigen la tapa cuando toman el vermú. ¿Quien lo diría, verdad? Todo el día hablando como si de una ciencia infusa se tratara y luego son de lo más normal.

Dígamelo a mi, que tras estudiar a Kierkegaard, a Kepler y a Copérnico me metí de hoz y coz en la obra magna de don Mariano del Castillo, el Calendario Zaragozano, ese manual que te dice si las nubes, antes de decidirse a tronar, a llover o a estarse quietecitas, como en el dibujo de los Simpson’s, en lugar de hablar de marejadillas, de altas y baja presiones, de ciclones o anticiclones he conseguido concluir que, por san José suele llover y joder las fallas a los valencianos; que por san Silvestre nieva y hace un frío del carajo, pese a lo cual ganan la carrera vallecana los negrito que se traen de Kenia y que por la Paloma y san Lorenzo cae plomo fundido del cielo. Una calor que lo único que apetece es el botijo y la fresca con la silla de enea en la puerta. Don Mariano, en su calendario, confinó en letra de molde aquello que la gente sabe pero que, ¡vaya usted a saber por qué extraño mecanismo! esa gente, digo, necesita ver impreso aquello que ya sabe.

Es como lo del periódico; que todos, al comprarlo, lo primero que miramos es la fecha del día, como si no supiéramos, al cogerlo, que es martes, día 8 de abril. Ha pasado un trimestre ya, de este año del centenario de la de san Quintín en Europa y, como muy bien previó don Mariano, el del Zaragozano, y nos cuentan en el Telediario los meteorólogos, ha hecho frío en enero y febrero, en marzo se ha dado el curioso caso de que ha sido muy ventoso y, esta primera semana de abril, ha sido lluviosa y soleada. Vamos que si no nos dicen nada en contra en mayo hará un tiempo florido y hermoso. ¿Que no es así….? pues nada, decimos aquello de que mayo marcea porque en marzo mayeó y nos quedamos tan anchos. Las cabañuelas nos dicen que el tiempo de los meses viene marcado -día a mes- por el tiempo que haya hecho en los doce primeros días del agosto anterior; pero como de esa temperatura ya no nos acordamos, preferimos mirar cada día el tiempo en el televisor, ya que ellos, que lo hacen con un patrón matemático miran también lo que hizo en el tiempo pretérito.

Usted cree, don Dimas, que las cabañuelas son menos ciertas que la predicción del servicio meteorológico? Pues no sabría decirle a usted, don Matías. A mí entre la marejadilla, la cabañuela y el coñazo del tiempo en televisión, y a todas las horas, solo me queda escuchar a todos y pensar, como hago siempre, que lo que es seguro es que habrá nubes y claros…

¡Nos ha jodío! así ya se podrá…

Mire usted, don Matías. Católico viene del griego Katholikós, de kató, sentido de la comprensión y holas, todo; universal, común a todos. Pues bien, España, país católico, mal que le pese a la urraca magenta, y amante de su himno al consagrar, comprende todo salvo la meteorología y su estudio, y el gobierno, que lo sabe, para evitar accidentes y atascos en Semana Santa, siempre da lluvias, chubascos, tormentas y ventarreras y, al final, como el servicio meteorológico, el gobierno tienen menos crédito que Esperanza Aguirre al volante, los españoles nos tiramos a la playa, al monte, a la carretera en suma y, unas veces nos mojamos y otras no. Ya sabe usted, nubes y claros.

DE CERILLAS, AVENA Y TORRENILLOS

CERILLAS

Hoy es uno de los días más importantes en la Historia de la raza humana. No por que haya ocurrido nada del otro jueves; no. Es que hoy hace años, concretamente, ciento ochenta y ocho años, que don John Walker, natural de la ciudad inglesa de Stock-ton-on-Tees, inventó la cerilla.

¡Ahí lo tiene usted!, con un par.

El John Walker que era químico y farmacéutico inventó de forma accidental, como ocurre casi siempre, la cerilla al friccionar un trozo de clorato de potasio y sulfuto de antimonio.

¿A que no tiene usted cojones de rascar este cacho de potasio, Mr. Walker?, dicen que le dijo el Obdulio Michavilla, natural de Candilecha, provincia de Soria, que trabajaba en la rebotica de John Walker como pinche.

¿A que no se atreve, tío boticario?, le retaba también la Cipriana Bovedilla de Michavilla, esposa del Obdulio y también soriana, aunque ella de Sauquillo de Boñices.

¿Que no?, dijo el boticario. ¡Dejadme solo!, ordenó en un lance muy torero y, ¡zas!, como quien no quiere la cosa rascó el potasio y una luz cegadora y cálida apareció entre sus dedos.

¡Hostia, Pedrín!, dicen que dijo el Michael Faraday, un físico y químico que se pasaba las horas muertas con el electromagnetismo y la electroquímica.

¡Pero qué has hecho, boticario!

Nada, que he rascao un cacho de potasio y no veas el chispazo que ha soltado

Ya lo he visto. No seas membrillo y patentalo. Con eso te puedes sacar una pasta. ¡Anda!

¿Y para qué quiere la humanidad este invento?

Pues ni puñetera idea, pero ahí tienes al Will Keith Kellogg, que nacerá un día como el de hoy en las colonias y que va a inventar un desayuno a base de avena y lo primero que hará es crear una empresa a la que ha llamará Battle Creek Toasted Corn Flake Company.

¿Y tu crees que existiendo los torrenillos que me hacen a mi mis amigos sorianos la gente va a comer avena, como las gallinas?

¡Huy que sí…! Hay una señora en Tafalla, entre Olite y Artajona, doña Marian Yerro, que dice que los torrenillos engordan porque tienen grasa, mientras que la avena, no. Es cierto que igual acabas poniendo huevos, pero bueno, engordar, lo que se dice engordad, ni un gramo.

Pues sabes lo que te digo, que voy a empezar a comercializarlas. Igual van los españoles y traen de las indias algunas hierbas para fumar y con esto pueden encenderlas.

Mira, siempre es una idea. Pero para mi que lo mejor sería patentarlas que luego viene alguien y te levanta la camisa.

¿Cómo las vas a llama? Pues había pensado llamarlas “luces de fricción” ¿qué te parece, Faraday?

No se, no se… un poco largo

¿Y por qué no las pone cerillas?, dijo la Cipriana

¿Cerillas? Pero si no tiene cera

Ya, pero si quitamos la grasa del torrenillo así no engorda y la Marian Yerro esa de Navarra no nos puede criticar. Untamos la madera de las luces y, como se forma una especie de cera, pues las llamamos cerillas.

¡Anda!, para que luego digan de las sorianas. ¿Qué?, Faraday… ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?

Mr. John, Mr. John, llegó corriendo y jadeando el Obdulio. ¿No sabe usted la noticia…?

Diga, diga

Pues que se ha muerto El Greco

¿El pintor ese de los entierros?

El mismo. Ha llamado el obispo para ver si teníamos alguna antorcha que dure mucho, pues tienen que encender muchos cirios y no quieren quedarse a oscuras a media noche.

Anda, mira… Ahí tienes la oportunidad de sacar adelante tu invento de las cerillas. Mételas en una cajita de cartón y le pegas un rascador a uno de los lados y se las vendes al obispo.

¿Y cuánto le cobro? Pídele el valor de una botella de ron. Así podremos tomarnos una copa. Pero antes, paténtalo que te vas a quedar sin invento.

El John Walker vendió la caja de cerillas al obispo y El Greco pudo estar toda la noche alumbrado por los cirios pascuales sin que se apagase ni uno de ellos. El boticario, los sorianos y el Farady se fueron al Pasapoga y se bebieron los beneficios de las cerillas y la mitad del dinero que pensaba sacarse del invento. Cuando les sacaron del Pasapoga el John Walker había inventado un bebedizo al que llamaron Whisky y el Faraday se pasó toda la noche recitando, como un loro que la masa de la sustancia liberada en una electrólisis es directamente proporcional a la cantidad de electricidad que ha pasado a través del electrolito masa = equivalente electroquímico, por la intensidad y por el tiempo. Eso y lo de que las masas de distintas sustancias liberadas por la misma cantidad de electricidad son directamente proporcionales a sus pesos equivalentes. Samuel Jones, el palanganero del Pasapoga, un tío relisto y bastante jeta registró la patente cuando la cuadrilla se alejó. Al día siguiente, en la oficina de patentes y marcas de Stock-ton-on-Tees, en el condado de Durham, el John Walker y el Faraday se tiraban de los pelos.

Mira que te lo dije, Johny, pero tu dale que dale al whisky.

La culpa es de Marian Yerro, que decía que los torrenillos engordan…

LOS QUE ESTÁN EN LA MAR. Parábola tras un naufragio

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Decía Anacarsis, el príncipe escita que figuró en la lista de los Siete Sabios de Grecia, que hay tres clases de hombres: los que viven, los que mueren y los que están en la mar.

Los que están en la mar no viven, ni tampoco mueren, como esos otros hombres que están en tierra firme, con los pies pegados al suelo o, ¿por qué no?, subiendo y bajando en los ascensores con el animo desasosegado por si parará o no en su piso. Los hombres de tierra, al contrario que los hombres de la mar son más sosegados, tienen -eso sí- la conciencia menos tranquila por la monotonía y viven pendientes del calendario que va dejando caer sus hojas, sin pena ni gloria, hasta ese pequeño rótulo que dice “viernes”. Los hombres de tierra miran el televisor, conducen el coche y ahí acaba todo el riesgo, toda aventura, la grandeza de sus días.

Los que están en la mar, aquellos hombres a quienes las corrientes del Cantábrico, el mestral del Golfo de León o el saloc mediterráneo les navega por las venas, tienen el mirar perdido, seguramente de otear el horizonte; el aire triste y desesperanzado producido por la soledad y, aunque no leyeron a Anacarsis, se lo imaginan. Los hombres que están en la mar escuchan en la emisora que un carguero, en mala hora, ha abordado a un pequeño arrastrero en las Rías Baixas y saben que ayer, martes (ni te cases, ni te embarques) se ha cumplido el cupo de la mala suerte por lo que pueden seguir sintiéndose vivos, sin saber cómo, y aún casi cuando, la baraja de la suerte se les presentará esquiva y cabrona, saben que hoy no les toca visitar a aquella Alfonsina Storni, que fue a suicidarse, por la blanda arena que lame el mar, frente a la escollera del Club Argentino de Mujeres.

El fraile Guevara, en su libro de los inventores del arte de marear, nos cuenta que el pescado es flemoso, el aire importuno, el agua salobre, la humedad dañosa y el navegar peligroso. Solos los colegas del nauta Aldea saben hasta qué punto es cierto lo que escribió el fraile. Los que están en la mar, y en la mar siguen, tratan de interpretar cada graznido de gaviota, cada nubarrón o cada luz sospechosa como un mensaje que siempre amaga con lo mismo, con trágica y pertinaz reiteración. Nadie tiene más miedo a la mar que el marino. El marinero, que sabe que la mar no entiende de cariños, de aficiones, de amores y que tan salva su vida el que, como aquel cónsul Jábato, que no cruzó el Reggio, en la Calabria, a Mesina, en Sicilia parte de la base de que “es loco el navío, pues siempre se mueve; es loco el marinero, pues nunca está de un parecer; es loca el agua, pues nunca está quieta y es loco el viento que siempre corre”.

Todos los años un grupo de hombres de los que están en la mar, se quedan para siempre en ella, a la deriva en el fondo de las inciertas corrientes como una brújula rota que no señalara el norte, sino el sur de infierno, con el cuarderno de bitácora perdido y la cabellera flotando como una medusa rubia o morena.

Es cruel el tributo que la mar exige en vidas humanas, como un dios despiadado para que los jureles y las caballas puedan llegar cada mañana, a dos euros el kilo, a ese Mercamadrid que nos es tan próximo aunque desconozcamos (y lo que es peor, no nos importe) lo que cuesta el sombrío tributo de los hombres que están en la mar.

En esta ocasión la mar sólo se ha cobrado la vida de los marineros. No ha habido marea negra, ni se han manchado de chapapote las cabeceras del Telediario, ¡con lo que eso nos incomoda a quienes vivimos en tierra!. No; esta vez han sido solo marineros. Incluso, diríamos en broma si la ocasión lo permitiera, ninguno español. Según el locutor uno era ghanés, otro marroquí y tres eran gallegos… Quien lo entienda que lo compre.

Son de muy buena clase; de la mejor clase, diría yo, esos hombres que están en la mar y que cada año perdemos. Por los que hemos perdido ayer, en el naufragio del Ría de Vigo, alcemos nuestra oración, seamos católicos u opositores a Cristo, y digamos, como los viejos pilotos de barra antes que nos conteste el piloto de mar, las palabras que inventó la costumbre: “Larga, trinquete, en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero, que sea con nosotros y nos lleve y devuelva a nuestras casas”.

Ustedes, mis queridos amigos, don Dimas y don Matías, digan “amén”.