LAS QUEJAS DE LA NADADORA

mireia-belmonte_560x280La señorita Mireia Belmonte, nadadora de primer orden, ha declarado que “importa más el pelo de Sergio Ramos que mi récord del mundo”. La señorita Mireia Belmonte, pese a tan taurino apellido, es catalana de Badalona, donde la natación o el basket, como el fútbol en Camas, el pueblo de Sergio Ramos, son el deporte más practicado y, por lo tanto, el que han elegido hacer libremente cientos de niños. La señorita Mireia Belmonte ha hecho un símil muy afortunado, pero tenía algún otro a mano. Por ejemplo podría haber dicho que nadie se había interesado tanto por la natación española hasta que Melani Costa, también campeona del mundo de natación, empezó a salir con el hijo de la duquesa de Alba. Pero es mucho más fácil, claro, utilizar al pobre Sergio Ramos que, encima, como los pinos de navidad, tiene pocas luces.
Dice la señorita Belmonte, y no le falta razón, que en Australia todos los niños quieren ser nadadores y no futbolistas, claro, y Mel Gibson o Nicole Kidman, no como en España que quieren ser toreros, futbolistas o El Fary. Pues yo creo que las reclamaciones deberían ir encaminadas a sus papás -granaíno y jaenera- quienes, en lugar de ir a Badalona deberían haber emigrado a Sidney. La señorita Belmonte ya ha cumplido veinticuatro años y, por lo tanto, debería saber que nada, vive y desarrolla su actividad en España y no en Australia. En España se financia el fútbol porque, además de atontar convenientemente al espectador, genera una cantidad de pasta impresionante. Pasta que, para más inri, va directamente a los bolsillos de presidentes tal que giles, del nidos, roselles y loperas, que han dejado aún más chico a Jordi Pujol, mientras que la natación no genera más que repelús en una población que se baña poco y a deshoras.
La señorita Mireia Belmonte, como no es tonta, sabe que ha tenido ayudas del COE y que viene cobrando, habitualmente, las becas ADO y así lo reconoce pero, dice, tenemos que aprender mucho y explica que “cuando batió el récord del mundo tuvo que viajar en un autobús nueve horas desde Eindhoven a Berlín, con las piernas totalmente encogidas. Llegué que las tenía reventadas… pero se tuvo que aguantar”. A continuación, añade, “creo que si haces un esfuerzo y dedicas toda tu vida a representar a tu país, lo mínimo es que te lo reconozcan y te ayuden todo lo posible”. Pues tiene usted toda la razón, señorita Belmonte. ¿No se considera usted reconocida por los españoles? Le puedo a usted asegurar que, en mi circulo, y yo mismo, la reconocemos a usted como la mejor nadadora de la historia del deporte español y que hemos vibrado con sus triunfos. Por si era poco, además, y dentro de nuestros escasos recursos, y con lo mejor de nuestros impuestos, le ayudamos a usted a que vaya, al menos en tan siniestro autobús, en lugar de hacerlo a pie o nadando a mariposa.
¿Se le ha ocurrido a usted preguntarse si este país está en condiciones de pagar lo que está pagando en cooperación internacional, ayudas a deportistas, subvenciones a instituciones y partidos, atención a emigrantes y refugiados, etc.? ¿Se ha preguntado usted en cuántos hogares españoles no entra un solo euro desde hace años? ¿Se ha preguntado usted cuántos parados mayores de 45 años están perdiendo su empleo mientras usted reivindica más ayuda?
Señorita Belmonte, yo ya soy bastante mayor y recuerdo, perfectamente, las horas que tardaba un emigrante, como sus propios padres, en llegar de sus pueblos a Badalona. De hecho, por este pueblo soriano desde el que le escribo pasaba el denominado Shangai Express que traía emigrantes gallegos a Cataluña, y viceversa. No nueve horas… hasta dos días tardaban en llegar. Sin agua, sin comida, en asientos de tercera. Cuando llegaban, pregúntele usted a su padre, tenían que dirigirse a la obra o al tajo –fuera el que fuera- sin tiempo para relajarse, igual que le pasó a usted. Usted, al menos, puede en un momento dado, naturalizarse australiana o fichar por un club profesional de aquel país y acabar con sus incomodidades y con la incuria y el desprecio atávico a la natación de sus paisanos, pero ni sus padres ni millones de emigrantes pudieron hacerlo. Y, además, no tenían el altavoz de un periódico, como el que ahora recoge sus quejas.
Siento, de verdad, que se encuentre tan chafada. Yo creo que usted y el resto del equipo de natación merecen toda la atención posible y también, ¡cómo no! toda la ayuda que pueda dárselas pero, puestos a plantear quejas… hágalo con fundamento.

LA VITOLFILIA Y OTRAS PALABRAS

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La señorita San Vicente, en su muro facebuquero, ha puesto el dedo en la llaga al adjudicar a la Lozana diputada una especie de escurribanda verbal. La palabra que ha utilizado la señorita San Vicente ha sido verborrea. Dícese de quien tiene diarrea verbal, según el Diccionario Cañí, del ferroviario sin trenes. Y es cierto; hay palabras que son de muy difícil encaje académico y que, en la mayoría de los casos, se despacha sin entrar al fondo de su significado. Verbigratia: seminario… Si urinario es donde se orina, ¿qué es lo que se depone en un seminario?
Pues qué va a ser hombre, si la propia palabra lo dice….
Calle, calle, don Matías. No me sea usted marrano.
Hay otras palabras que se pierden por ¡vaya usted a saber qué vericuetos de la política, la economía o cualquier otra maña dependiente del gobierno. Por ejemplo la vitolfilia…
¿Mande…?

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La vitolfilia, hombre. La vitolfilia no es una enfermedad. Tampoco es el nombre de la alcaldesa de Cádiz; quite, quite… Ni es una medicina prodigiosa, el último clavo ardiendo al que se agarran los productores de vino para evitar las filoxeras y otros bichos perniciosos para la uva y su caldo. La vitolfilia es un pacífico entretenimiento para viejos prematuros, para gentes a los que la pesca pone nerviosos, gentes sedentarias, pacientes y honestas que hacen de la colección de sortijas de cigarros puros su modo de vida, su máxima aspiración, su razón de ser. Gentes pulcras, cuidadosas que coleccionan relucientes y airosas vitolas de puro. Vamos, más que coleccionar, que coleccionaban porque para eso está el señor Montoro, el señor Zapatero, el gobierno bambi y el gobierno teleñeco que prohíben fumar y matan –al paso- al pobre vitólfilico de aburrimiento.
¿Qué daño podría hacer don Tesifonte, el viejo coleccionista de vitolas de puro al tal Zapatero?
¡Puesh que coleccione shellosh!, dirá Mariano
Pues no señor. Coleccionar sellos no es igual de honrado ni está igual de bien visto que la vitolfilia. Coleccionar sellos te lleva a crear una Afinsa, un Forum Filatélico, cualquier sindiós ilegal y bandoleril, mientras que coleccionar vitolas de puro es una cosa artesana y decente. ¿Ha visto usted esos ceniceros a los que se adherían las vitolas y, bajo ellas, se ponía un fieltro verde, como de los de jugar al mus… ¡No me diga que no es elegante y distinguido para un regalo de boda, para un cumpleaños o una petición de mano!
A otros les da por gestionar carteras. Esto de la gestión de carteras, en buena lid, debería llamarse carterismo. Pues no; si uno se dedica a gestionar carteras, a coleccionar valores de Bolsa acaba convirtiéndose en un quinqui, por mucho que la hermana del secretario de estado de hacienda esté en el ajo.
O el Jaime Morey
Por ejemplo.
Deben de ser ya pocas las cosas que no se ha coleccionado en el mundo a lo largo de la Historia. Algunas serán bien curiosas, no crea. ¿Qué coleccionarían Indibil y Mandolio? ¿Y el portaestandarte de Juana la Loca? El afán coleccionista, según los psiquiatras es una dolencia mental de carácter leve y no peligroso. Botín, por ejemplo, colecciona dinero. Pero en este caso, y con ese apellido, se entiende. Procusto… ¿Qué colecciona Procusto? Seguramente muescas de sanciones a afiliados; expulsiones; insultos tuiteros… A la Lozana diputada, por ejemplo, no le sienta el pepino, a lo que se ve. Será que le repite o que con la sosa amarga…
En las vitolas de puros se mostraban, gozosos reyes y sus consortes; estampas del Quijote; escudos de fútbol; káiseres germanos y bigotudos generales sudamericanos luchando contra la incuria española. Ahora, con esto del pajarito de Maduro podrían, incluso, aparecer Chávez y sus apariciones ferverosas rodeado de Pablemos, Monederos y toda la mierda que lo sustenta.
Sí; los gobernantes, esos inútiles a los que mantenemos con nuestros impuestos, se han cargado el sueño de cientos de españoles que, en la mansedumbre de su soledad, coleccionaban las vitolas de puro que algunos otros españoles les guardábamos en la cartera, apenas dobladas para que no se estropeasen. ¿También les hacía daño este santo entretenimiento? Pues sí; a lo que se ve también les molesta.
Hay palabras muy feas, no crea usted. Palabras que la Real Academia despacha con una faena de aliño sin entrar en más miramientos. Palabras de sonido vulgar y chabacano…
¿Por ejemplo?
Pues no sé… envergadura. O apoyadura… Palabras que, unidas a otras, como me aburro suenan de una forma desagradable y pedestre. Las palabras con “ch” o las que tienen la letra “z” suelen ser palabras vulgares.
¡No me diga…!
Eche, eche usted cuenta y lo verá…
¡Anda…! Pues ahora que lo dice… chorizo, chumin…
Calle, calle….

MAÑANA EL SOL SALDRÁ PARA TODOS…

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José, que ya abrió la tarabilla de las ventanas, está preparando la barbacoa. Ha traído sarmientos y algo de broza de unas arizónicas de la valla que tienen mucha resina y arden como la yesca. Sobre ella coloca, también, pequeños trozos de encina que trajo Alberto. La encina es una madera que hace muy buen rescoldo y que dura mucho. Alberto lleva días que no viene por la estación. Seguirá con su trabajo con las alpacas. Se le echa de menos; tanto a él como a su conversación. Las chuletillas de lechazo, las tajadas de panceta y algunas otras viandas sí que se pueden asar con sarmientos; pero para carnes más gruesas, para pescados y otras cocciones más largas es preferible el uso de la encina. ¿El carbón, dice usted?; nunca. El carbón suelta un ligero polvillo que ennegrece los alimentos. Yo prefiero la leña al carbón.
El humo, como siempre, se empeña en rodear a los espectadores. Es la venganza del fogonero. Ya que le toca trabajar que al menos –piensa- sufran los mirones. Eso, o que debe de ser cierto que el humo siempre busca a los guapos… El fuego trae ese olor acre de la leña que tanto despierta el apetito. Isabel se afana en aliñar una ensalada majestuosa de huevo duro, patata, tomate, cebolla y otros productos de la huerta. Mutriko va y viene con los platos y los cubiertos.
Entre las vías del viejo tren que la incuria y la negligencia de los políticos retiraron del servicio y la línea continua de chopos que acompaña al Duero, se extienden unas hectáreas de cereal. Las áureas cebadas de seis carreras, también llamadas castellanas, tan distintas de las tremesinas están inclinadas por el peso del grano. Por el camino, rompiendo en dos las sombras que proyectan los chopos avanza lentamente una cosechadora. No es una gran cosechadora de esas que, desde La Mancha, vienen haciendo la temporada hasta el norte de la península, sino una pequeña máquina que va cortando la mies y la va empacando dentro de sus tripas. La máquina las expulsa en medio de un traqueteo molesto y las deja en el suelo al albur de la tormenta o la solana. Cada alpaca pesa dos centenares de kilos, ¡quién lo diría…!
En el suelo quedan unos rimeros de paja en los que, al calor del sol y al resguardo de la raposa, anidan las codornices. De una tierra cercana suena el cuchichí de la perdiz que llama a su pollada dispersa que investiga cada movimiento, cada insecto, cada cambio de dirección del viento. Todo para ellos es novedad. A las crías de perdiz y al macho que emplean los cazadores como reclamo se le llama perdigón.
Un cernícalo común permanece en vuelo estacionario, casi inmóvil. Está a menos de 20 metros de altura. A esta postura el diccionario la llama cerner. Cerner es también separar con el cedazo la harina del salvado, misterios de la lengua que utiliza un mismo verbo para algo tan dispar. De golpe, tan solo visto por un ojo tan agudo como el suyo, una pequeña musaraña, sale de su agujero. La rapaz se abalanza en picado y, raudo y sin apenas aletear, se eleva con el roedor en su garra. En tan solo un segundo hemos visto pasar siglos y siglos del drama de la Naturaleza ante nuestros ojos.
A un lado de la tierra arada, de la tierra ya agostada, enverdece la húmeda remolacha. La remolacha es una planta que ya no da tanta faena como daba antaño. La remolacha azucarera produce hasta un veinte por ciento de su peso en sacarosa. También existe una subespecie marítima llamada remolacha de mar que se encuentra sobre todo en el Mediterráneo, en la costa atlántica de Europa y en la India.
De los pequeños oteros que forman La Cuesta del Moro, donde reposan los restos de aquel Oradero, antecesor de la actual Langa, unos cirros de aspecto fibroso, se extienden sobre el pueblo. Una buchona canta llamando a su palomo. Es un canto sordo, hueco. Un canto cansino y similar al canto del cuco. De las piscinas llega la algarabía de unos niños que saltan y hacen aguadillas. Está el final verano en todo su apogeo.
Este año la hortaliza viene más tardía. El tomate no acaba de madurar y, el calabacín, se ha apoderado de toda la huerta. Los pimientos, tan esperados como deseados, se hacen de rogar. No ha salido prácticamente ninguno y la blanca flor del pimentel sigue, desafiante y altiva en la mata. Finalmente todo llegará aunque, como pasó con las lechugas, los frutos lleguen todos a la vez y canse su consumo.
Los chopos ya han comenzado a amarillear en las puntas de sus copas. El viento trae un cierto relente y, del río, sube una humedad ligera pero constante. Definitivamente este ha sido un verano poco caluroso aunque, para mí, ideal de temperatura. Esta semana se acaban las vacaciones y, el próximo viernes, hay que estar ya en Madrid trabajando.
Algunas mujeres salen a pasear por el camino del Salcedo. Otras prefieren ir, por la carretera de Soto, hasta la ermita. El paseo de la ermita es más umbrío y el del Salcedo más soleado. Ya no se ven tantos veraneantes y, a partir de hoy domingo, menos aún.
Las despedidas son duras para quienes han tenido que estar fuera del pueblo todo el año. Para los muchachos menos; estos tienen menor raigambre que sus padres y, una vez en su lugar de origen, volverán a sus amigos, sus escuelas, sus espacios y el pueblo, para ellos, tan solo será un recuerdo del verano.
Va cayendo el sol y con él el día… Mañana, si Dios no lo remedia, el sol volverá a salir para todos. Para algunos aún en Langa, para otros en Zaragoza, en Madrid, en Barcelona… Tan lejos como le haya llevado la lacra de la emigración.

LA FRUSTRADA BODA DE LA SEÑORITA LANCHESTER

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Don Genaro, que no es un compañero del asilo o un alter ego de don Dimas o don Matías, sino don Gerardo de la Fuente, gijonés gozoso y sufrido viajero del Alsa, amén de seguidor del Sporting de Gijón, -el pobre-, nos ha apuntado hoy que, en El Comercio, se hacen eco de una noticia ocurrida en Connecticuc, Estados Unidos de Norteamérica del Norte. Al parecer, la señorita doña Alex Lanchester, joven aún de buen ver y mejor palpar; entrecana en rubio mechado y con carita de tarta de boda, se ha visto plantada por su novio, el joven don Tucker Blandford, también joven y con cara de alelado, pendiente de circonita en una oreja, gafas de tendero que maneja con destreza la guillotina de cortar bacaladas y birrete de universidad de pago. ¡Loado sea Dios!
Doña Alex, que ya tenía compradas las invitaciones, los trajes horteras de color Rosa Díez para sus seis damas de honor y el smoking azul purísima y las camisas escaroladas en el mismo tono de los testigos; doña Alex, decía, se ha quedado con su níveo traje de novia colgado de la percha como una futura y alba mortaja al recibir una llamada de su novio quien, haciéndose pasar por su futuro suegro, le informaba que su futuro esposo había muerto. Y no estaba muerto; no… Que estaba tomando cañas, que cantó Peret.
¿Cómo descubrió el pastel la joven Alex? Pues al llamar a casa de sus suegros, para dar el pésame e informarse de qué flores le gustaría para la corona, se encontró con que el membrillo del Tucker cogió el teléfono y dijo aquello de: residencia de los Blandfor ¿dígame? ¡Hay que ser gilipollas…!
No debe ahora, la señorita Lanchester, dejarse llevar por la costumbre.
¿La costumbre, dice usted? Sí, sí… la costumbre.
Hace tan solo unos meses la señorita Patricia Lambswood puso un anuncio por palabras en el Westminster Herald, de California. El anuncio, en inglés, naturalmente, pero traducido al pie de la letra decía así: “Cambio traje de novia, ajuar y otros accesorios, por pistola o revolver en buen uso”.
¿Qué le había sucedido a doña Patricia para llegar a semejante y desproporcionado trueque aunque quizás ventajoso para ella? ¿Para qué quería doña Patricia la pistola? Admitamos todas las posibilidades: para tirar al blanco (¡vaya con el lenguaje xenófobo!), para desvalijar al prójimo o para matar a alguien. Para tirar al blanco parece descabellado cambiarla por todo el pack de boda. Para desvalijar a alguien no parece sensato puesto que, todo robo lleva en su interior una aspiración a forrarse de pasta y no parece que, para ello, hubiera que hacer un cambio tan a todas luces, malo para la anunciante. Para matar a alguien, y eso sí que es otro cantar, por matar a alguien se puede perder no solo dinero, sino hasta la vida.
¿Y a quién quería doña Patricia matar? Se preguntó el sheriff del condado de Middlesex quien, de oficio, se puso manos a la obra en la investigación. Ahí estaba la madre del cordero. Porque o era a ella misma, o a su novio quien le había dejado al pie del altar y para vestir santos. También, y eso es cierto, se dijo el sheriff, podría ser para matar a una tercera o a un tercero si es que el novio tenía tendencias no confesadas.
Desconocemos cómo terminó la investigación del sheriff del condado de Middlesex, Connecticuc y, mucho me temo, que también nos quedaremos sin saber qué es lo que piensa hacer la señorita Alex Lanchaster con el chorraboba de su frustrado esposo, pero lo que sí es seguro es que de haber pasado en la vieja Europa habría dado lugar a una razzia similar a la de los Montesco y los Capuletos o, por decirlo más a lo castellano, habría dado para un folletín tipo Puerto Hurraco.
Espero que don Genaro, si es que lo tiene a bien, nos informe de cómo terminó la boda si es que, claro, lo publica El Comercio. Gracias le sean dadas de antemano.

MEA CULPA, CAPITÁN… MEA CULPA

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En El Burgo de Osma, la patria chica de José María Aldea Romero, capitán de la marina mercante y viajero por la totalidad del orbe planetario, como un Sebastián de Elcano de secano barbecho, suena a rumor de otro mundo -en el silencio del frío y monástico campo soriano- el ruido reiterativo y casquivano del motor del automóvil del capitán. Es un run-run alemán, progresista y luterano que chirría en las estrechas calles burgenses bajo las pétreas armas de los escudos obispales.
Bajo el toldillo donde asaron al cordero bíblico, donde rebuznó, potente como un dios pagano y juvenil, el garañón que cubrió a todas las yeguas del contorno para crear una estirpe de mulas y mulos que dejaran en enaguas al burdégano astur; donde baló la oveja ojalada con su medio antifaz; donde zumbó el enjambre de aquellas abejas negriamarillas que acabaron recalando en las dos alcarrias de rala hierba; hartas ya de tomillo, de romero y de flor de la acacia; allí, y no en otro lado, tenía su rumoroso vehículo el capitán, listo y al ralentí, para volver a Madrid en la amanecida de este martes.
Cerca del campanario catedralicio al que le falta la torre somera y de la que, ¡ay, milagros de san Pedro de Osma!, caen las campanas sin cobrarse victimas. Allí, entre Tortas del Beato, panes extendidos, migueles desecados y vueltas de chorizos en los escaparates, corre cantarín y desbocado el Ucero. El cangrejero, el truchero, el cristalino Ucero que nace en el manadero de La Galiana y se desboca, atontolinado, hasta el Duero donde entrega sus aguas y sus secretos.
El capitán se marcha. No ha tenido, apenas, vacaciones y yo, que recibí un mensaje suyo diciéndome que fuera al Burgo para tomar un vino, no le acompañé. Mea culpa.
El capitán habrá salido tras la tormenta de ayer, lunes, que comenzó a lo bobo mientras comíamos y duró hasta mediada la tarde. Una tormenta fuerte, de gran aparato y mucho trueno. Una tormenta que no abonará el campo para el nízcalo, para la seta de cardo, para el hongo que aquí llaman miguel pero que, junto a otras que quizás aparezcan, humectará la capa de tierra y hará crecer el noble fruto del micelio, esa masa de hifas que constituye el cuerpo vegetativo del hongo.
Al capitán no le importa marcharse, lleno de conformidad y con un gesto elegante en la sonrisa. No en vano, el capitán, ha partido de todos los puertos que en el mundo sean con esa misma elegancia y conformidad. No; el Capitán, al cruzar el restaño del agua clara que sirve para beber, para regar y para enamorarse, las aguas fías del Ucero –decía- habrá torcido el gesto con un rictus de amargor. Su amigo, el ferroviario sin trenes, le ha dejado tirado, al albur de la galerna, capeando el temporal del lunes y al pairo de refugio alguno en la plaza mayor del Burgo. Sin un vino, sin un mal torrenillo, sin un paseo ventilado y húmedo desde la plaza a la catedral y luego, atravesando el frondoso parque, hasta el puente de piedra.
Los diosecillos lares, que en Soria son arévacos y celtíberos a partes iguales, duermen su letargo en el corazón dulzón del chopo de ribera que bordea el Duero por San Esteban. Al cruzar la puente castellana el capitán, de forma maquinal, habrá girado la cabeza a babor por el desvío a Soto por ver si el ferroviario venía desde Langa al Burgo. Pero no, el ferroviario no ha acudido.
Navegue el Duero quien lo quiera, que no es facultad de un hombre de secano cruzar la mar océana siendo soriano. Navéguela, si; pero hágase con amigos que no fallen en los momentos de sed y tertulia. No deje el capitán su suerte, ni su hato el pastor, ni el amigo al camarada a quien, de repente y sin saber por qué, no se ha llegado al Burgo. Que el marinero –por algo le llaman marinero- se haga a la mar madrileña, ese pantano enfangado de autos y de semáforos, a bordo de su auto alemán, rutilante y ronroneador, que es lo más parecido al tran-tran de un chinchorro que corta la mar Cantábrica en dirección al horizonte sin mácula y sin dolor de la vieja Alba. No lo merece quien, habiendo sido requerido por su capitán, no ha acudido porque estaba acompañado de más de dos docenas de mutrikuarras durante el puente de la Virgen y hasta el amanecer de este martes.
Mea culpa, capitán… mea culpa.

GIOVANNI CALCATURRI. PIAMONTÉS, TENOR Y RENOVADOR OPERÍSTICO

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Hasta la ópera ha llegado el eslogan de rinnovarsi o perire y Giovanni Calcaturri, tenor piamontés, ha realizado en su último Rigoletto el apasionante número circense del, ¡más difícil todavía!, al entonar, al final del aria La donna è mobile, cuando Sparafucile alza el puñal; entonar, decía el do de pecho y, en lugar de soltar un gallo, que es lo consuetudinario en estos casos, ¡zas!, soltar un pedo sonoro, rotundo; un pedo en do mayor que retumbó en la platea y en el gallinero.

Al principio algunos –los menos asiduos a la ópera- creyeron que era parte de la tormenta que se forma en el momento de abrir el saco donde está, ¡oh pavor!, el cuerpo de su hija agonizante. Pero no está muerta –como en la rumba- sino que se muestra feliz por morir en lugar de su amado… V’ho ingannato, padre, te he engañado… Y muere en sus brazos. La escena, que tenía que terminar con el lamento desgarrador del Rigoletto, recordando la malediziones de Monterone se vio alterada por un cuesco terrible y, en lugar de aplaudir durante seis semanas la gente se lo tomó a chufla.

La ópera a secas, la ópera de arias, dúos, coros, decoraciones previstas y libretos añejos, languideció cuando el tenor Calcaturri soltó la bufa tremenda y renovó, casi  sin   darse   cuenta,   el  mundo   de   la   ópera.   Los  instrumentos  de  viento –trompas, flautas, clarinetes y oboes; fagots, contrafagots, saxofones y cornos ingleses- tienen, ahora, un nuevo instrumento: el culo del tenor Calcaturri. La historia futura, cuando narre la benemérita fruición con que Giovanni Calcaturri tronó su bandujo al igual que Thor, dios del trueno nórdico y germano, deberá analizar, ahora, el trallazo en sus dos niveles: alto y sostenido. Sí; el tenor Giovanni Calcaturri, ha renovado la ópera y, ahora, se alinea junto a Miguel Servet, a Lutero, a Galileo y a Kepler. También estará a la altura de Joselito y Marco Polo. ¡Faltaría más…!

Un cantante de ópera, aunque sea un tenorino de voz falsete y melódica no podrá arriesgarse a emular al tenor Calcaturri sin temer soltar un pedo en fa menor; un pedo leve y aéreo. Para llevarlo a efecto la nota Calcaturri tendría, previamente, que haber hecho régimen alimenticio. Tendría que haber ingerido no menos de dos cocidos garbanceros con su correspondiente repollo. Pero, ¡ay!, de hacerlo así podría contravenir la nobleza musical con que algunos cantantes –émulos del barón de Cubertín- se abstienen de la utilización de estas leguminosas como ayudas ergogénicas nutricionales.

El éxito del tenor Giovanni Calcaturri según todas las informaciones fue de tal apoteosis que, el público, ya no dice bis, bis, para pedir otra canción; sino que ahora emite pedorretas, como Rigoletto en el luctuoso trance, para solicitar otro tema. Pero, como en la vida no es todo del color de rosa –con perdón- el resto del elenco: la soprano, el barítono, el bajo y el contralto; la mezzosoprano, y los figurantes, han reclamado al director que la puesta en escena se lleve a cabo con máscaras de gas. Como si la ópera se representase en las trincheras de Verdún, durante la Gran Guerra. El tenor Giovanni Calcaturri, como todos los pioneros, ha resultado ser un incomprendido. Nadie ha querido ponerse tras las cachas del tenor, sino a su derecha.

El tenor Giovanni Calcaturri ha abierto el melón de la renovación de la ópera, sí. Y ahora, tras su cuesco en do sostenido obligará a los Verdi, a los Puccini, a los Leoncavallo del día de mañana a que escriban sus partituras con una nueva nota: el cuesco sonoro y rotundo de Calcaturri. Desde Calcaturri todos los tratados de música resultarán anticuados y de una utilidad muy parecida a las de las vías del ferrocarril en Soria: ninguna. Una ópera sin número del cuesco será un fiasco o, al decir de los críticos feroces de Radio Clásica, algo así como un jardín sin flores o un banquillo sin Casillas. Una cosa que ni merecerá la pena siquiera, tenerla en cuenta.

La ópera, ese género mitad musical, mitad literario y teatral que muchos pesimistas veían ya muerto y enterrado se ha venido arriba gracias al crepitus ventris del tenor Giovanni Calcaturri y a su sonoro y ventosero fuelle. Hoy, Calcaturri, salvador de la ópera, sonríe feliz y satisfecho desde su casa en el Piamonte, que no en vano se llama ¡loor a los augures! Pedemontium, entre viñedos de la gran llanura padana, junto al río Tanaro. El Piamonte da grandes pedorros, no hay duda, quizás sea herencia de los lombardos, cuya verdura homónima tan rotundos gases cría. Y sonríe optimista porque tiene la conciencia del héroe que ha salvado un tesoro de la muerte segura; del olvido y del alcanfor.

El tenor Giovanni Calcaturri es una especie de Ricardo Corazón de León o un Fleming de la tralla y el scorreggiare. El tenor Giovanni Calcaturri no imitó a Hércules quien logró, mediante un flato titánico, la limpieza de los establos del rey Augías, liberando así, del hedor que atufaba el Peloponeso; no. El tenor Calcaturri elevó el cuesco a la categoría de divo. El descubrimiento de la nueva y rotunda nota del tenor Giovanni Calcaturri, al igual que todos los arcanos, tiene sus doctores y sus definidores, y a ellos y a nadie más que a ellos compete ceñir y analizar la cuestión. Y bautizarla… y, lo que es más difícil, ventilarla.

Porque nosotros, -¡pobres ignorantes musicales!- somos entusiásticamente legos en la materia y, de la nota canora y musical de Calcaturri, no escuchamos más que un pedo.

LA SEÑORITA DE AZUL…

19 Langa de Duero 19 Mar07

Nadie se lo explica, pero el fenómeno sigue produciéndose año tras año en la noche de las perseidas; cuando san Lorenzo llora lágrimas de plata desde el cielo infinito en la noche de su onomástica. Nadie se lo explica pero es así… Todos los amaneceres del día 10 de agosto aparece en el cementerio de esta pequeña villa soriana un ramillete de flores frescas. De flores silvestres recién recogidas. No es un ramo grande, ostentoso, lujoso; no. Es un ramillete humilde, algo ridículo, si se quiere; pero es un ramillete sentido, un ramillete de enamorado.
La gente, algunas gentes del pueblo, suelen hacer apuestas sobre quién es el que lo pone. Nadie lo sabe. Algunos piensan que es el Tarín, un joven un poco alelado, pero no; no es el Tarín. Tampoco el Ramón, el de la Paragüera. La única persona que sabe quién es el anónimo enamorado soy yo. Y hoy, al cabo de veinte años, voy a revelar su nombre: el anónimo enamorado de la señorita de azul es Carsten Van de Cañas, el belga de pelo color zanahoria que, andando el camino del destierro del Cid, se quedó en este pueblo, al amor imposible de la señorita de azul.
La señorita de azul también fue un misterio. La señorita de azul apareció una tarde de agosto, mientras el atardecer nacarado se adivinaba por el horizonte de Aranda. Era víspera de san Lorenzo y, para dar la razón al dicho, hacía un calor asfixiante. Los vecinos del pueblo habían sacado sus primeras sillas a las aceras. Aún hacía calor pero ya el sol estaba bajo y, del Duero, subía el primer refrescor. Ese vientecillo fresco y algo húmedo que se detecta en los tobillos. Por la carretera apareció, caminando, la señorita de azul. Era una mujer joven, apenas veinte años, justo los que se cumplen ahora de aquella tarde. Nadie supo nunca cómo se llamaba, quien era, ni de dónde venía. La señorita de azul preguntó a Carsten Van de Cañas por la estación del tren y, tras agradecerle su información, se dirigió a la misma. Nadie volvió a saber más de ella. Hasta que se levantó su cadáver, cuando se supo lo del atropello. ¿La señorita de azul se suicidó o fue un accidente? Nadie lo supo jamás. Tras hacer las oportunas diligencias la guardia civil determinó la muerte por atropello y, su cuerpo, que nadie reclamó, fue enterrado en una pequeña tumba del cementerio municipal con una lápida que decía: “aquí yace la señorita de azul”. Nadie acudió a su entierro. Nadie vertió por ella una sola lágrima… ¿Nadie? No. Carsten Van de Cañas, el belga andarín que llegó al pueblo aquella misma mañana y ya se quedó para siempre, acudió a su entierro desde el cerro donde se vertían las basuras y los materiales de derribo. Lo hizo así para no ser observado. Por respeto a la señorita de azul. Para que nadie pudiera sacar conclusiones equívocas. El belga Carsten Van de Cañas fue todo un caballero.
Ahora, que al cabo del tiempo, la señorita vestida de azul no es más que polvo del recuerdo y Carsten Van de Cañas, joven romántico, es ya cincuentón, rememora aquella tarde. Lo hace cada año con la esperanza de que el recuerdo de la señorita de azul, que aquel atardecer de agosto, justo cuando se preparaban las fiestas de san Lorenzo le preguntó por la estación del ferrocarril, no se desvanezca.
Carsten Van de Cañas se hace todos los años las mismas preguntas: ¿Quién era aquella señorita vestida de azul? ¿De dónde había venido con su traje color nube? ¿Cómo se llamaba? ¿De qué vagarosos amores tenía poblada la cabeza? ¿Qué ilusiones debieron truncarse en aquel momento del atropello?
Carsten Van de Cañas desconoce la respuesta a todas y cada una de estas preguntas. Carsten Van de Cañas lo que sí hace, cada año el día del aniversario del atropello, es acercarse al cementerio; muy de amanecida, cuando aún las gentes del vecindario duermen, y pone su ramillete de flores humilde, algo ridículo si se quiere; pero ramillete sentido a fin de cuentas, su ramillete de eterno enamorado. Carsten Van de Cañas piensa entonces, mientras se agacha a depositar el ramillete, en el instante mismo en que la señorita de azul se dirigió a él. Carsten Van de Cañas maldice, año tras año, su poca decisión de acompañar a la señorita de azul hasta la vieja estación del ferrocarril. Si lo hubiera hecho –se dice- igual hoy la pobre señorita de azul viviría; igual –sueña- hubiéramos construido una vida en común… Carsten Van de Cañas, eterno enamorado, romántico impenitente, suelta entonces sus cuatro lagrimitas y se va, cabizbajo, antes de que los vecinos despierten y puedan, con afán de criticar, verter mala fama o dudas sobre él, o sobre la señorita de azul. Sí; el bermejo belga Carsten Van de Cañas es, aún, todo un caballero.
Lo que el taheño belga Carsten Van de Cañas desconoce es que, desde el cielo, la desconocida señorita vestida de azul que fue a morir, o a perderse como una pluma al viento, en aquella pequeña localidad soriana, donde nadie la conocía, ruega eternamente por su silencioso amante sin consuelo. Ruega por aquel belga de cabellera de fuego que tenía una tibia y bien timbrada cuerda en el corazón. Y desde el cielo, la señorita de azul, sonríe con su sonrisa angelical cada vez que, en la noche de vísperas de san Lorenzo, Carsten Van de Cañas se dirige, con su ramito de flores, por el camino del cementerio, sin que nadie lo sepa; sin que nadie se lo explique y sin que nadie, tampoco, pueda explicarse cómo es posible enamorarse de por vida de alguien a primera vista. Pero la vida es eso y quizás no mucho más que eso: un amor sin remisión y un saber consolarse con lo que jamás podrá tener consuelo. Quizás para ser constantes en el amor, sea requisito imprescindible no amar nada concreto o definido, sino aéreo e imposible.
La historia de la señorita de azul y de su silente enamorado, el rojizo Carsten Van de Cañas da para letra de bolerazo. Un bolero para ser bailado, como los baila Rafa Brancas, a la luz indirecta, a la media luz del tango gardelero; fundido con la pareja y de forma académica y apasionada.
El destino es inexorable y contra sus fieros y confundidores designios no cabe más lucha que echar la pata para adelante y enfrentarse al burel de la vida. Si la muchacha vestida de azul no hubiera encontrado al belga y este no le hubiera informado de dónde se encontraba la estación… Si la señorita de azul se hubiera retrasado un poco mirando a los cigoñinos anidados en el tejado del ayuntamiento… Si el tren hubiera traído, como habitualmente, retraso…
No; si las cosas no hubieran sucedido como tristemente sucedieron, la señorita vestida de azul no sería ella ni su eterno amante el andarín Carsten Van de Cañas, joven romántico y belga como los chocolates negros, tampoco.
Y todo lo demás…