LA FRUSTRADA BODA DE LA SEÑORITA LANCHESTER

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Don Genaro, que no es un compañero del asilo o un alter ego de don Dimas o don Matías, sino don Gerardo de la Fuente, gijonés gozoso y sufrido viajero del Alsa, amén de seguidor del Sporting de Gijón, -el pobre-, nos ha apuntado hoy que, en El Comercio, se hacen eco de una noticia ocurrida en Connecticuc, Estados Unidos de Norteamérica del Norte. Al parecer, la señorita doña Alex Lanchester, joven aún de buen ver y mejor palpar; entrecana en rubio mechado y con carita de tarta de boda, se ha visto plantada por su novio, el joven don Tucker Blandford, también joven y con cara de alelado, pendiente de circonita en una oreja, gafas de tendero que maneja con destreza la guillotina de cortar bacaladas y birrete de universidad de pago. ¡Loado sea Dios!
Doña Alex, que ya tenía compradas las invitaciones, los trajes horteras de color Rosa Díez para sus seis damas de honor y el smoking azul purísima y las camisas escaroladas en el mismo tono de los testigos; doña Alex, decía, se ha quedado con su níveo traje de novia colgado de la percha como una futura y alba mortaja al recibir una llamada de su novio quien, haciéndose pasar por su futuro suegro, le informaba que su futuro esposo había muerto. Y no estaba muerto; no… Que estaba tomando cañas, que cantó Peret.
¿Cómo descubrió el pastel la joven Alex? Pues al llamar a casa de sus suegros, para dar el pésame e informarse de qué flores le gustaría para la corona, se encontró con que el membrillo del Tucker cogió el teléfono y dijo aquello de: residencia de los Blandfor ¿dígame? ¡Hay que ser gilipollas…!
No debe ahora, la señorita Lanchester, dejarse llevar por la costumbre.
¿La costumbre, dice usted? Sí, sí… la costumbre.
Hace tan solo unos meses la señorita Patricia Lambswood puso un anuncio por palabras en el Westminster Herald, de California. El anuncio, en inglés, naturalmente, pero traducido al pie de la letra decía así: “Cambio traje de novia, ajuar y otros accesorios, por pistola o revolver en buen uso”.
¿Qué le había sucedido a doña Patricia para llegar a semejante y desproporcionado trueque aunque quizás ventajoso para ella? ¿Para qué quería doña Patricia la pistola? Admitamos todas las posibilidades: para tirar al blanco (¡vaya con el lenguaje xenófobo!), para desvalijar al prójimo o para matar a alguien. Para tirar al blanco parece descabellado cambiarla por todo el pack de boda. Para desvalijar a alguien no parece sensato puesto que, todo robo lleva en su interior una aspiración a forrarse de pasta y no parece que, para ello, hubiera que hacer un cambio tan a todas luces, malo para la anunciante. Para matar a alguien, y eso sí que es otro cantar, por matar a alguien se puede perder no solo dinero, sino hasta la vida.
¿Y a quién quería doña Patricia matar? Se preguntó el sheriff del condado de Middlesex quien, de oficio, se puso manos a la obra en la investigación. Ahí estaba la madre del cordero. Porque o era a ella misma, o a su novio quien le había dejado al pie del altar y para vestir santos. También, y eso es cierto, se dijo el sheriff, podría ser para matar a una tercera o a un tercero si es que el novio tenía tendencias no confesadas.
Desconocemos cómo terminó la investigación del sheriff del condado de Middlesex, Connecticuc y, mucho me temo, que también nos quedaremos sin saber qué es lo que piensa hacer la señorita Alex Lanchaster con el chorraboba de su frustrado esposo, pero lo que sí es seguro es que de haber pasado en la vieja Europa habría dado lugar a una razzia similar a la de los Montesco y los Capuletos o, por decirlo más a lo castellano, habría dado para un folletín tipo Puerto Hurraco.
Espero que don Genaro, si es que lo tiene a bien, nos informe de cómo terminó la boda si es que, claro, lo publica El Comercio. Gracias le sean dadas de antemano.

MEA CULPA, CAPITÁN… MEA CULPA

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En El Burgo de Osma, la patria chica de José María Aldea Romero, capitán de la marina mercante y viajero por la totalidad del orbe planetario, como un Sebastián de Elcano de secano barbecho, suena a rumor de otro mundo -en el silencio del frío y monástico campo soriano- el ruido reiterativo y casquivano del motor del automóvil del capitán. Es un run-run alemán, progresista y luterano que chirría en las estrechas calles burgenses bajo las pétreas armas de los escudos obispales.
Bajo el toldillo donde asaron al cordero bíblico, donde rebuznó, potente como un dios pagano y juvenil, el garañón que cubrió a todas las yeguas del contorno para crear una estirpe de mulas y mulos que dejaran en enaguas al burdégano astur; donde baló la oveja ojalada con su medio antifaz; donde zumbó el enjambre de aquellas abejas negriamarillas que acabaron recalando en las dos alcarrias de rala hierba; hartas ya de tomillo, de romero y de flor de la acacia; allí, y no en otro lado, tenía su rumoroso vehículo el capitán, listo y al ralentí, para volver a Madrid en la amanecida de este martes.
Cerca del campanario catedralicio al que le falta la torre somera y de la que, ¡ay, milagros de san Pedro de Osma!, caen las campanas sin cobrarse victimas. Allí, entre Tortas del Beato, panes extendidos, migueles desecados y vueltas de chorizos en los escaparates, corre cantarín y desbocado el Ucero. El cangrejero, el truchero, el cristalino Ucero que nace en el manadero de La Galiana y se desboca, atontolinado, hasta el Duero donde entrega sus aguas y sus secretos.
El capitán se marcha. No ha tenido, apenas, vacaciones y yo, que recibí un mensaje suyo diciéndome que fuera al Burgo para tomar un vino, no le acompañé. Mea culpa.
El capitán habrá salido tras la tormenta de ayer, lunes, que comenzó a lo bobo mientras comíamos y duró hasta mediada la tarde. Una tormenta fuerte, de gran aparato y mucho trueno. Una tormenta que no abonará el campo para el nízcalo, para la seta de cardo, para el hongo que aquí llaman miguel pero que, junto a otras que quizás aparezcan, humectará la capa de tierra y hará crecer el noble fruto del micelio, esa masa de hifas que constituye el cuerpo vegetativo del hongo.
Al capitán no le importa marcharse, lleno de conformidad y con un gesto elegante en la sonrisa. No en vano, el capitán, ha partido de todos los puertos que en el mundo sean con esa misma elegancia y conformidad. No; el Capitán, al cruzar el restaño del agua clara que sirve para beber, para regar y para enamorarse, las aguas fías del Ucero –decía- habrá torcido el gesto con un rictus de amargor. Su amigo, el ferroviario sin trenes, le ha dejado tirado, al albur de la galerna, capeando el temporal del lunes y al pairo de refugio alguno en la plaza mayor del Burgo. Sin un vino, sin un mal torrenillo, sin un paseo ventilado y húmedo desde la plaza a la catedral y luego, atravesando el frondoso parque, hasta el puente de piedra.
Los diosecillos lares, que en Soria son arévacos y celtíberos a partes iguales, duermen su letargo en el corazón dulzón del chopo de ribera que bordea el Duero por San Esteban. Al cruzar la puente castellana el capitán, de forma maquinal, habrá girado la cabeza a babor por el desvío a Soto por ver si el ferroviario venía desde Langa al Burgo. Pero no, el ferroviario no ha acudido.
Navegue el Duero quien lo quiera, que no es facultad de un hombre de secano cruzar la mar océana siendo soriano. Navéguela, si; pero hágase con amigos que no fallen en los momentos de sed y tertulia. No deje el capitán su suerte, ni su hato el pastor, ni el amigo al camarada a quien, de repente y sin saber por qué, no se ha llegado al Burgo. Que el marinero –por algo le llaman marinero- se haga a la mar madrileña, ese pantano enfangado de autos y de semáforos, a bordo de su auto alemán, rutilante y ronroneador, que es lo más parecido al tran-tran de un chinchorro que corta la mar Cantábrica en dirección al horizonte sin mácula y sin dolor de la vieja Alba. No lo merece quien, habiendo sido requerido por su capitán, no ha acudido porque estaba acompañado de más de dos docenas de mutrikuarras durante el puente de la Virgen y hasta el amanecer de este martes.
Mea culpa, capitán… mea culpa.

GIOVANNI CALCATURRI. PIAMONTÉS, TENOR Y RENOVADOR OPERÍSTICO

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Hasta la ópera ha llegado el eslogan de rinnovarsi o perire y Giovanni Calcaturri, tenor piamontés, ha realizado en su último Rigoletto el apasionante número circense del, ¡más difícil todavía!, al entonar, al final del aria La donna è mobile, cuando Sparafucile alza el puñal; entonar, decía el do de pecho y, en lugar de soltar un gallo, que es lo consuetudinario en estos casos, ¡zas!, soltar un pedo sonoro, rotundo; un pedo en do mayor que retumbó en la platea y en el gallinero.

Al principio algunos –los menos asiduos a la ópera- creyeron que era parte de la tormenta que se forma en el momento de abrir el saco donde está, ¡oh pavor!, el cuerpo de su hija agonizante. Pero no está muerta –como en la rumba- sino que se muestra feliz por morir en lugar de su amado… V’ho ingannato, padre, te he engañado… Y muere en sus brazos. La escena, que tenía que terminar con el lamento desgarrador del Rigoletto, recordando la malediziones de Monterone se vio alterada por un cuesco terrible y, en lugar de aplaudir durante seis semanas la gente se lo tomó a chufla.

La ópera a secas, la ópera de arias, dúos, coros, decoraciones previstas y libretos añejos, languideció cuando el tenor Calcaturri soltó la bufa tremenda y renovó, casi  sin   darse   cuenta,   el  mundo   de   la   ópera.   Los  instrumentos  de  viento –trompas, flautas, clarinetes y oboes; fagots, contrafagots, saxofones y cornos ingleses- tienen, ahora, un nuevo instrumento: el culo del tenor Calcaturri. La historia futura, cuando narre la benemérita fruición con que Giovanni Calcaturri tronó su bandujo al igual que Thor, dios del trueno nórdico y germano, deberá analizar, ahora, el trallazo en sus dos niveles: alto y sostenido. Sí; el tenor Giovanni Calcaturri, ha renovado la ópera y, ahora, se alinea junto a Miguel Servet, a Lutero, a Galileo y a Kepler. También estará a la altura de Joselito y Marco Polo. ¡Faltaría más…!

Un cantante de ópera, aunque sea un tenorino de voz falsete y melódica no podrá arriesgarse a emular al tenor Calcaturri sin temer soltar un pedo en fa menor; un pedo leve y aéreo. Para llevarlo a efecto la nota Calcaturri tendría, previamente, que haber hecho régimen alimenticio. Tendría que haber ingerido no menos de dos cocidos garbanceros con su correspondiente repollo. Pero, ¡ay!, de hacerlo así podría contravenir la nobleza musical con que algunos cantantes –émulos del barón de Cubertín- se abstienen de la utilización de estas leguminosas como ayudas ergogénicas nutricionales.

El éxito del tenor Giovanni Calcaturri según todas las informaciones fue de tal apoteosis que, el público, ya no dice bis, bis, para pedir otra canción; sino que ahora emite pedorretas, como Rigoletto en el luctuoso trance, para solicitar otro tema. Pero, como en la vida no es todo del color de rosa –con perdón- el resto del elenco: la soprano, el barítono, el bajo y el contralto; la mezzosoprano, y los figurantes, han reclamado al director que la puesta en escena se lleve a cabo con máscaras de gas. Como si la ópera se representase en las trincheras de Verdún, durante la Gran Guerra. El tenor Giovanni Calcaturri, como todos los pioneros, ha resultado ser un incomprendido. Nadie ha querido ponerse tras las cachas del tenor, sino a su derecha.

El tenor Giovanni Calcaturri ha abierto el melón de la renovación de la ópera, sí. Y ahora, tras su cuesco en do sostenido obligará a los Verdi, a los Puccini, a los Leoncavallo del día de mañana a que escriban sus partituras con una nueva nota: el cuesco sonoro y rotundo de Calcaturri. Desde Calcaturri todos los tratados de música resultarán anticuados y de una utilidad muy parecida a las de las vías del ferrocarril en Soria: ninguna. Una ópera sin número del cuesco será un fiasco o, al decir de los críticos feroces de Radio Clásica, algo así como un jardín sin flores o un banquillo sin Casillas. Una cosa que ni merecerá la pena siquiera, tenerla en cuenta.

La ópera, ese género mitad musical, mitad literario y teatral que muchos pesimistas veían ya muerto y enterrado se ha venido arriba gracias al crepitus ventris del tenor Giovanni Calcaturri y a su sonoro y ventosero fuelle. Hoy, Calcaturri, salvador de la ópera, sonríe feliz y satisfecho desde su casa en el Piamonte, que no en vano se llama ¡loor a los augures! Pedemontium, entre viñedos de la gran llanura padana, junto al río Tanaro. El Piamonte da grandes pedorros, no hay duda, quizás sea herencia de los lombardos, cuya verdura homónima tan rotundos gases cría. Y sonríe optimista porque tiene la conciencia del héroe que ha salvado un tesoro de la muerte segura; del olvido y del alcanfor.

El tenor Giovanni Calcaturri es una especie de Ricardo Corazón de León o un Fleming de la tralla y el scorreggiare. El tenor Giovanni Calcaturri no imitó a Hércules quien logró, mediante un flato titánico, la limpieza de los establos del rey Augías, liberando así, del hedor que atufaba el Peloponeso; no. El tenor Calcaturri elevó el cuesco a la categoría de divo. El descubrimiento de la nueva y rotunda nota del tenor Giovanni Calcaturri, al igual que todos los arcanos, tiene sus doctores y sus definidores, y a ellos y a nadie más que a ellos compete ceñir y analizar la cuestión. Y bautizarla… y, lo que es más difícil, ventilarla.

Porque nosotros, -¡pobres ignorantes musicales!- somos entusiásticamente legos en la materia y, de la nota canora y musical de Calcaturri, no escuchamos más que un pedo.

LA SEÑORITA DE AZUL…

19 Langa de Duero 19 Mar07

Nadie se lo explica, pero el fenómeno sigue produciéndose año tras año en la noche de las perseidas; cuando san Lorenzo llora lágrimas de plata desde el cielo infinito en la noche de su onomástica. Nadie se lo explica pero es así… Todos los amaneceres del día 10 de agosto aparece en el cementerio de esta pequeña villa soriana un ramillete de flores frescas. De flores silvestres recién recogidas. No es un ramo grande, ostentoso, lujoso; no. Es un ramillete humilde, algo ridículo, si se quiere; pero es un ramillete sentido, un ramillete de enamorado.
La gente, algunas gentes del pueblo, suelen hacer apuestas sobre quién es el que lo pone. Nadie lo sabe. Algunos piensan que es el Tarín, un joven un poco alelado, pero no; no es el Tarín. Tampoco el Ramón, el de la Paragüera. La única persona que sabe quién es el anónimo enamorado soy yo. Y hoy, al cabo de veinte años, voy a revelar su nombre: el anónimo enamorado de la señorita de azul es Carsten Van de Cañas, el belga de pelo color zanahoria que, andando el camino del destierro del Cid, se quedó en este pueblo, al amor imposible de la señorita de azul.
La señorita de azul también fue un misterio. La señorita de azul apareció una tarde de agosto, mientras el atardecer nacarado se adivinaba por el horizonte de Aranda. Era víspera de san Lorenzo y, para dar la razón al dicho, hacía un calor asfixiante. Los vecinos del pueblo habían sacado sus primeras sillas a las aceras. Aún hacía calor pero ya el sol estaba bajo y, del Duero, subía el primer refrescor. Ese vientecillo fresco y algo húmedo que se detecta en los tobillos. Por la carretera apareció, caminando, la señorita de azul. Era una mujer joven, apenas veinte años, justo los que se cumplen ahora de aquella tarde. Nadie supo nunca cómo se llamaba, quien era, ni de dónde venía. La señorita de azul preguntó a Carsten Van de Cañas por la estación del tren y, tras agradecerle su información, se dirigió a la misma. Nadie volvió a saber más de ella. Hasta que se levantó su cadáver, cuando se supo lo del atropello. ¿La señorita de azul se suicidó o fue un accidente? Nadie lo supo jamás. Tras hacer las oportunas diligencias la guardia civil determinó la muerte por atropello y, su cuerpo, que nadie reclamó, fue enterrado en una pequeña tumba del cementerio municipal con una lápida que decía: “aquí yace la señorita de azul”. Nadie acudió a su entierro. Nadie vertió por ella una sola lágrima… ¿Nadie? No. Carsten Van de Cañas, el belga andarín que llegó al pueblo aquella misma mañana y ya se quedó para siempre, acudió a su entierro desde el cerro donde se vertían las basuras y los materiales de derribo. Lo hizo así para no ser observado. Por respeto a la señorita de azul. Para que nadie pudiera sacar conclusiones equívocas. El belga Carsten Van de Cañas fue todo un caballero.
Ahora, que al cabo del tiempo, la señorita vestida de azul no es más que polvo del recuerdo y Carsten Van de Cañas, joven romántico, es ya cincuentón, rememora aquella tarde. Lo hace cada año con la esperanza de que el recuerdo de la señorita de azul, que aquel atardecer de agosto, justo cuando se preparaban las fiestas de san Lorenzo le preguntó por la estación del ferrocarril, no se desvanezca.
Carsten Van de Cañas se hace todos los años las mismas preguntas: ¿Quién era aquella señorita vestida de azul? ¿De dónde había venido con su traje color nube? ¿Cómo se llamaba? ¿De qué vagarosos amores tenía poblada la cabeza? ¿Qué ilusiones debieron truncarse en aquel momento del atropello?
Carsten Van de Cañas desconoce la respuesta a todas y cada una de estas preguntas. Carsten Van de Cañas lo que sí hace, cada año el día del aniversario del atropello, es acercarse al cementerio; muy de amanecida, cuando aún las gentes del vecindario duermen, y pone su ramillete de flores humilde, algo ridículo si se quiere; pero ramillete sentido a fin de cuentas, su ramillete de eterno enamorado. Carsten Van de Cañas piensa entonces, mientras se agacha a depositar el ramillete, en el instante mismo en que la señorita de azul se dirigió a él. Carsten Van de Cañas maldice, año tras año, su poca decisión de acompañar a la señorita de azul hasta la vieja estación del ferrocarril. Si lo hubiera hecho –se dice- igual hoy la pobre señorita de azul viviría; igual –sueña- hubiéramos construido una vida en común… Carsten Van de Cañas, eterno enamorado, romántico impenitente, suelta entonces sus cuatro lagrimitas y se va, cabizbajo, antes de que los vecinos despierten y puedan, con afán de criticar, verter mala fama o dudas sobre él, o sobre la señorita de azul. Sí; el bermejo belga Carsten Van de Cañas es, aún, todo un caballero.
Lo que el taheño belga Carsten Van de Cañas desconoce es que, desde el cielo, la desconocida señorita vestida de azul que fue a morir, o a perderse como una pluma al viento, en aquella pequeña localidad soriana, donde nadie la conocía, ruega eternamente por su silencioso amante sin consuelo. Ruega por aquel belga de cabellera de fuego que tenía una tibia y bien timbrada cuerda en el corazón. Y desde el cielo, la señorita de azul, sonríe con su sonrisa angelical cada vez que, en la noche de vísperas de san Lorenzo, Carsten Van de Cañas se dirige, con su ramito de flores, por el camino del cementerio, sin que nadie lo sepa; sin que nadie se lo explique y sin que nadie, tampoco, pueda explicarse cómo es posible enamorarse de por vida de alguien a primera vista. Pero la vida es eso y quizás no mucho más que eso: un amor sin remisión y un saber consolarse con lo que jamás podrá tener consuelo. Quizás para ser constantes en el amor, sea requisito imprescindible no amar nada concreto o definido, sino aéreo e imposible.
La historia de la señorita de azul y de su silente enamorado, el rojizo Carsten Van de Cañas da para letra de bolerazo. Un bolero para ser bailado, como los baila Rafa Brancas, a la luz indirecta, a la media luz del tango gardelero; fundido con la pareja y de forma académica y apasionada.
El destino es inexorable y contra sus fieros y confundidores designios no cabe más lucha que echar la pata para adelante y enfrentarse al burel de la vida. Si la muchacha vestida de azul no hubiera encontrado al belga y este no le hubiera informado de dónde se encontraba la estación… Si la señorita de azul se hubiera retrasado un poco mirando a los cigoñinos anidados en el tejado del ayuntamiento… Si el tren hubiera traído, como habitualmente, retraso…
No; si las cosas no hubieran sucedido como tristemente sucedieron, la señorita vestida de azul no sería ella ni su eterno amante el andarín Carsten Van de Cañas, joven romántico y belga como los chocolates negros, tampoco.
Y todo lo demás…

LA TXALAPARTA, MATERIA EDUCATIVA EN EUSKADI

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El diputado de la Cámara Vasca, don Gorka Pérez Oso, visto su escaso bagaje castelarense, ha decidido pasar a la historia del parlamentarismo vasco con una propuesta que llevase su nombre. Una propuesta, se decía, por la que siempre fuera recordado. Una propuesta, en suma, que fuera como una estatua legislativa.
El diputado Pérez representaba a un 3,1% de la ciudadanía vasca y lleva dos legislaturas preparando su asalto a la gloria. El diputado Pérez Oso tiene un peso específico, un respaldo como para que se aprobase un ley, una norma jurídica, un proyecto que llevase su apellido. No en vano el diputado Pérez Oso fue elegido para cambiar la política vasca. Algo así, se decía, como el Proceso Dreyfus pero en legislativo. Para ello, y tras meses de estudio, se decidió a presentar en el registro del Parlamento, una iniciativa denominada “Obligatoriedad en el sistema público vasco de enseñanza del uso de la txalaparta” y que subtituló como “Euskal eskola publiko txalaparta erabiliz sisteman betebeharra”. Esta, se dijo satisfecho, será la Ley Pérez que revolucionará la política vasca. Cuando la propuesta llegó a la Cámara Vasca la envidia del vasquismo era evidente; se notaba en las caras de sus señorías. Los nazionanista y los bildundis estaban desconcertados. Cuando el diputado Pérez defendió su propuesta los arrinconó y no tuvieron más remedio que apoyarla. La txalaparta, ese telégrafo morse en technicolor, había sido elevado a la categoría de la electricidad o el plexiglás; a la categoría del vaso de Duralex o a la categoría de la txozna borroqueña. Ya era parte del acervo cultural vasco, como la euskal gallina o el kalimotxo.
A partir del curso próximo, y por petición expresa del diputado Pérez Oso, de la Unión Populista y Demagógica de España –sección Euskadi- la txalaparta sería obligatoria en las Euskal Eskola o, por hacerlo más tatachundi, en las ikastolas. Del fondo mismo de las eusko tabernas salió un suspiro de alivio, un latir de optimismo, una savia nueva que decía ¡bendito sea el sentir euskaldun del diputado Pérez Oso!, mientras ríos… ¡qué ríos!, océanos de lágrimas corrían por las recias faces del pueblo vasco.
El diputado argumentó y defendió su proyecto de ley a favor de la txalaparta apoyándose en el sólido argumento de que en Euskadi, con una red telefónica vendida a las multinacionales ocupantes y opresoras –tanto españolas como francesas- sería como un muladar donde podrían pacer los buitres transnacionales alimentándose de la caña de hueso vasco que, como bien se sabe, es un tuétano con label protegido. El argumento, como puede observarse, entraba dentro del llamado pintoresquismo político, tan propio del ven y cuéntalo, o como decían sus detractores, los herejes de primera hora, ahora vas y lo cascas… Esta ley, decía el diputado Pérez Oso salvará la txalaparta de futuras civilizaciones y modismos.
El diputado tatachundi, tan sorprendido y enfático estaba, que no dudó en nombrar al diputado Pérez Oso como “aitxa la parta” o padre de la txalaparta. El nazionanista, por su parte, negó legitimidad al diputado Pérez llamándole txalaparteiro, en claro juego de palabras que denotaba la procedencia gallega de su apellido y la parida de su idea. Los populares se negaron a secundar la propuesta y los socialistas se abstuvieron. Ahora, dijo, el socialista, viene lo difícil de sacar adelante esta propuesta. ¿Habrá catedráticos de txalaparta? ¿Serán tan exigentes en la materia como en matemáticas o euskera? Si la txalaparta se convierte en una materia puñetera, en lugar de ser una maría, ¿habrá clases particulares de txalaparta? ¿Se creará la Academia de la Lengua Txalapartera?
A ver, mutil, dale a la txalaparta, no te vaya a pasar como a Patxi en junio, que te quede la materia y nos tengamos que ir a Benidorm con el tablón y los palos. ¡Aprende de Josu!, que aprobó txalaparta a la primera…
Si la txalaparta llega, como suponemos, o mejor dicho, como sospechamos, a convertirse en piedra angular de la enseñanza en Euskera, nada tendría de extraño que apareciese una nueva especialidad en la dividida y múltiple especialidad del profesorado particular: la del dómine de los niños vagos y con poco oído; esos a los que no hay manera de que pasen el corte del examen veraniego, y eso a pesar el sacrificio de sus padres que tienen, todo el día, el CD de los txalapartaris de Ereñotzu, tilín-tolón-taclán-potoclón.
La asignatura de txalaparta puede servir para cambiar nuestra forma de pensar y de ver el estudio y sus mañas: la importancia de la asignatura de txalaparta es algo que salta a la vista; la humanidad, antes de llegar a dominar los términos de la Trigonometría, de la Filosofía del Derecho o del Conocimiento del Medio ya dominaba la txalaparta que ahora, gracias a la moción presentada por el diputado Pérez Oso recuperará su importancia vital y sacará a la txalaparta de la senda oscura del olvido; esa misma ciencia que sacó con su luminaria, la mente despierta y ágil del diputado Pérez Oso, de la Unión Populista y Demagógica de España –sección Euskadi-.
A ver, Manu, dirá el educando, ¿se puede saber qué gaitas has tocado?
Lo que usted me ha dicho, profesor. Gracias.
¿Cómo gracias? En euskera, burro…
Astoa, profe…
No; que no te he preguntado cómo se dice burro en euskera. Sino que eres un burro que golpeas en castellano. ¿No te has fijado que has hecho sonar gracias, en lugar de eskerrik-asko?
Es que es muy difícil para un niño de Torredonjimeno, provincia de Jaén.
Sí. La institución del profesor particular de txalaparta es algo que se impone en Euskadi. Sin ella, los aitas y las amatxos se exponen a muchos quebraderos de cabeza y a no pocas quiebras de la familia, esa institución tan vasca que se ha importado al resto del mundo. Mientras que con estos profesores, con sus sabidurías a domicilio y su meter la ciencia de la txalaparta en el torrao de sus alumnos, la tranquilidad sonreirá con su cúmulo de bendiciones sobre los hogares vascos, sobre las casas-fuerte de los pequeños de Euskadi.
Gora Gorka Pérez Oso; Gora el resurgir del Ven y Cuéntalo en Euskadi y Gora la txalaparta a domicilio…

PEQUEÑO PUEBLO CON ENCANTO

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Antes, cuando tenías que ir de vacaciones a la playa porque tenías que gastar la pasta que ganabas a lo largo del año ni se te pasaba por la cabeza el agro y el silvestrismo. Ahora no; ahora -gracias al gobierno, que tanto hacen por la vuelta de la emigración interior- ahora, decía, todos al pueblo. Pero no al pueblo como lo hacemos Aldea o como yo, que volvemos al nuestro; no. A un pueblo; el que sea… de turista rural. ¿Que qué es el turismo rural? Pues es ir al pueblo, como toda la vida pero, en lugar de hacerlo al tuyo, que te conocen todos y lo pasas de cojones, por la cara y cocinado por mamá o por la abuela; pues no hay que ir a un pueblo donde no te conoce nadie; los lugareños te miran como las vacas al pelotón del Tour y –además- a trillón el día.
Los mejores pueblos para el turismo rural son los pueblos con encanto y ahí, mejor que en ningún lado, está Soria. Soria tiene unas carreteras todas llenas de curvas, con baches, corzos, jabalíes y radares de la guardia civil. Unas carreteras con encanto… Vamos, que cuando llegas al pueblo estás encantado de bajarte del coche.
Te bajas del coche y primero preguntas por la dirección de la casa.
¿Oiga, la casa rural?
Pues mire usted, todas las de la derecha. Las de la izquierda son urbanas. ¡No te jode, aquí el turista!
Por fin entras en la casa. En el hall hay un botijo roto, una ristra de ajos (debe de ser por si al conde Drácula le da por venir) y una azada llena de óxido. Subes dos pisos, cargado con maletas, bolsas de deporte y el carrito de los niños. Cuando llegas al cuarto no hay televisor. Las ventanas están cerradas porque los mosquitos son como misiles israelitas y están empleados de barrenero en la mina del pueblo. Una telaraña te recuerda que aquí pudo pasar la noche anteayer el mismísimo Spiderman.
Oiga, amigo, ¿Aquí huele a purines, no?
Eso es olor a pueblo, dice el propietario.
¡Qué cojones olor a pueblo! Huele a mierda de cerdo.
No, hombre, no. ¡Que no es cerdo!, es jamón sin curar.
Tras alojarte sales al pueblo para cenar. En el pueblo no hay restaurantes, claro. Pero puedes ir a cenar a las piscinas municipales que, hombre… no es que tengan una carta de nouvelle cuisine, pero tienen bocadillos de chóped, salchichón imperial, alguna pizza y, si tiene usted suerte, igual les queda algún torrenillo del día anterior.
Vuelves a la casa y ahí tienes, en el sofá, a toda la familia propietaria ante el único televisor de la casa. Lo primero que piensas es en quién tiene mayor derecho a decidir; él, que es el dueño, o tú, que para eso pagas. En seguida se aclara… él.
Arrimen ustedes una silla de ahí de la cocina, te dicen. Y tú, que te quieres integrar, arrastras una silla de enea en la que, te sientas como un cantaor a la espera de Tomatito y su guitarra.
Tú crees que vas a ver el partido, a fin de cuentas, te dices, no todos los días juega la selección nacional la final de la Eurocopa.
No, verá usted. A nosotros, ahora, lo que nos gusta ver es Agrosfera.
Tú miras para tu mujer, y esta, que es la que te ha convencido para hacer turismo rural, se acojona al ver tu entrecejo fruncirse.
Cabreado te vas a la cama y, a las cuatro de la mañana sientes como si se hubiera caído la mitad de la casa…
¡Eh!, ¿qué pasa ahí?…
Vamos, perezosos. Arriba, que son las cuatro.
¿Qué?
Que hay que ordeñar, coger los huevos, regar el huerto y echar de comer al cerdo y a las gallinas.
Pero ¿dónde me he alojado yo?, te preguntas… ¿En Casa Tarradellas?
No; usted está alojado en un pueblo con encanto.
Consigues escapar, tras meter mano en las tetas a un mihura al que has confundido con la Vaca que Ríe; se ha cachondeado de ti el aldeano por acojonarte con el gallo y, aunque en principio lo habías conseguido, has acabado pisando una mierda de vaca y estás pringado hasta el jarrete. La parienta, para evitar que pagues con ella los platos rotos, te ha sacado de allí y te ha llevado a hacer una marcha. A esto se le llama senderismo. No sé por qué, si todos los que pasan por allí van en tractor, o en quad, o en moto. Si el único pringao que va por allí andando eres tú. ¿Y estos?, te preguntas, ¿por qué no van andando? Pues no van andando, precisamente, porque hace un calor del carajo de la vela, porque no quieren que les piquen los mosquitos tigre de la orilla del río, porque te persiguen nubes y nubes de moscas cojoneras, porque no quieren ser atacadas por nubes de avispas suicidas, porque las piedras del camino, que a ti te han destrozado los pies ellos las pasan en todoterreno…
Vamos a parar aquí, en esta venta que al menos desayunaremos como reyes
Fíjate, dice tu churri. Fíjate que huevos. Estos no se comen en Madrid ¿eh? Y este chorizo… Seguro que es de matanza. Ni la Coca-Cola sabe como la de Madrid ¿verdad?
Oiga, le pregunta tu mujer. Este chorizo es de matanza ¿verdad?
Pues no señora, pero casi. Al dar la curva, en la salida del pueblo, el camión de Revilla se salió y casi se matan el chófer y su acompañante.
Antes de acostarte el dueño de la casa se ha empeñad que tomes un vaso de leche.
Vamos hombre, que es leche de la auténtica. Sin mariconadas. Con toda su nata y recién ordeñada. Aún no está ni cocida. Beba, beba… verá como aún está calentita.
Tú bebes…
¿Lo ve? A que aún sabe a la teta de la vaca.
Tú te marchas a vomitar al baño y él se parte la caja mientras grita:
¡Estos de la capital….!
Te levantas para volver a ordeñar la vaca. Ahora, piensas, lo importantes es distinguir la vaca del toro. No vaya a ser que la vuelva a liar… Según pasas por el salón te has visto, de refilón en el espejo, llevas todo el careto lleno de habones. Unos granos del carajo. ¿Y esto? Sales gritando para la habitación.
¡Cariño, levanta…! Vamos a médico de urgencia. Mira, mira… mira como estoy.
El médico dice que es una reacción lógica a la leche.
Es que ustedes, los de la capital, no están acostumbrados a comer y beber alimentos naturales. Claro… Esto no es nada. Un par de cajas de pastillas y, sobre todo, no se me rasque, que se le puede quedar la cara como si hubiera pasado la varicela…
Salgo corriendo. Me monto al coche, meto los trastos como Dios da a entender y salgo, en dirección a Madrid como un loco.
Vamos, vamos… le digo a la mujer y al chiquillo. Vámonos de aquí y no toméis ni agua. Que igual no está ni clorada.
¡Jesús, hijo! Qué exagerado… Cómo se nota que eres de capital.
Miras en dirección al asiento del acompañante y fijas tu mirada criminal en la parienta… Esta está pálida. Se ha quedado sin habla. La he acojonado, piensas… No. Suena un golpe, ¡zas! No sabes para donde mirar. De buenas a primeras estás sentado sobre el asfalto. Tu coche está repartido en pedacitos por toda la carretera…
¿Qué ha pasado?, preguntas…
Un corzo.
Es domingo todavía… El vigilante de la empresa te pregunta
¿A dónde va? Si está cerrado…
Abre, coño…
Pero si es domingo.
Ni domingo ni leches. Déjame entrar. No quiero volver a salir de la oficina…. Con encanto, dice… Encantado estoy de no volver a salir de vacaciones.

EL CINE ESPAÑOL SIEMPRE ACABA COMO EL DE HOLLYWOOD

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A mí nunca me gustó el cine demasiado, don Dimas. El cine siempre me pareció un ejercicio de zascandiles que no tienen otra cosa que hacer.
¡Pero hombre…! Si el cine es un arte. ¿Por qué no le gusta el cine?
Pues porque los directores, los guionistas, los productores no buscan la raíz de las cosas. Siempre se quedan en la anécdota. Dígame usted. Cualquier película… no sé… Las de marcianos, por ejemplo. ¿Es que los marcianos son extraterrestres? ¿A los marcianos es a los únicos seres que no les gusta la moda? ¿Por qué los marcianos aparecen siempre desnudos en las películas? ¿No van a las rebajas? ¿Son los únicos que no llevan nada de Carolina Herrera? No será porque no les guste la moda. Verá usted. Nunca he visto un marciano gordo. Pero tampoco vi, jamás, un marciano en el gimnasio. Y sin embargo están finos como fideos. Un marciano no pasea, como me dice a mí el médico, y no tienen colesterol. ¿Hacen los marcianos footing? De no ser así ya me dirá usted. Si están todo el día sentados en la nave; sin hacer ni gota de ejercicio tendrían que estar como sacas de correos.
Hombre, don Matías, que esas son cosas de la ciencia-ficción. Que no son ciertas…
Bueno, pues le pongo otros casos, para que usted me diga. Las pelis de miedo. Va un tío, o una joven, y oye un ruido… Yo, si oigo un ruido en mi casa me cago, literalmente. Ellos no. ¡Qué va! Va y dice ¿Quién anda ahí? Sí, hombre; que te va a decir el caco. Aquí Ramón el Randa, navajero y violador. Seis años de profesión, dos condenas y siete fugas. ¡No te digo! Pero es que, si no contesta, va el tío, o la chavala y se pone a buscarle. Primero mira en el baño. Es raro, porque los ladrones suelen ser jóvenes, y no sufren de próstata. Pero ellos miran por si les entró una urgencia. Como no está tampoco en el baño van avanzando despacito y sin dar la luz, para que no le vea… Abren una puerta despacio. ¡Pero coñoooo! Abre de un portazo, que si está tras la puerta, igual le descalabras. Pues no, abre bien despacito, y además no suelta la manivela, se conoce que es para no caerse del miedo.
Pues bien, resulta que tampoco está en el baño. Entonces va y mira bajo la cama… A ver, hombre, suba usted a la cama, que estará más cómodo. No ve que se está llenando de pelusilla. Suba, no se preocupe… Nada, tampoco está bajo la cama. Entonces viene el efecto Chueca. Igual está dentro del armario…. ¿Es usted un caco sarasola? No se preocupe, que no pasa nada. Ahora sale usted del armario y le acompaño a la asociación de gays y lesbianas y se saca usted el carné fucsia, como si fuera de los de la urraca de Güemes. ¡Por favor!, don Dimas…
Es que es usted un exagerado, no me diga. Pues estas películas de miedo están entre las más valoradas por el público.
Claro, por un público al que le da lo mismo ocho que ochenta. Verá usted. La señorita, o el protagonista, como no han encontrado al malo salen a la calle. ¡Tachánnnnn!. Ostras pedrín, que viene el malo de frente… ¿Qué hace el prota, o la chica? ¡Ah, amigo…! Se cambia de acera. ¡Claaaaaro! No ve usted que los asesinos solo matan en las aceras pares. En las impares no hacen nada. El malo, al ver que se cambian de acera, va y dice: Me cago en to lo que se menea… Otro que se me va a corrales vivo. ¡Le digo yo a usted…!
¿Y las españolas? ¿Tampoco le gustan a usted las españolas?
Pues tampoco, no crea… Me parece que no saben adelantarse a los acontecimientos y no muestran nada nuevo ni terminan como españolas, sino como las de Hollywood. Se quedan en lo superficial.
No me diga. ¿No le gusta Berlanga?
Pues sí, la verdad, me hace gracia. Es el que más se acerca a la realidad. Por ejemplo, en La escopeta nacional salía un inspector de hacienda que se llamaba Solchaga y en otra película salía un policía que se llamaba Corcuera. Berlanga, la verdad, es que se acercaba bastante a la realidad.
¿No recuerda usted la película Plácido?
Claro
Pues en ella trataba muy bien el problema de los impagos de las letras. La angustia que se vivía en aquella España de cartilla de racionamiento y plato único. La pelea del pobre Plácido por pagar al notario la letra daba una idea de cómo era entonces la compra a plazos… ¿No le recordó estas épocas de crisis?
Sí, pero no remataba. ¿Ve? Al final, Plácido, cuando llega al notario, después de sufrir lo indecible para pagar la letra, se encuentra con que el notario, -que era José Orjas, el entrañable don Cicuta-, va y le dice: “¡Pero hombre!, si este efecto no lleva fecha de pago. Usted se podría haber ahorrado el pago de esta letra”. Entonces, Placido va y le dice: “Pues me alegro mucho, deme, deme, que me la llevo” y el notario –de ahí lo de no rematar- va y dice: “No señor. Este efecto ha llegado a mí, que soy fedatario público y hay que hacerla efectiva. Se siente”. Y el Plácido, en lugar de darle un parte, como harían ahora, y repartirse la cantidad, se marcha tan conforme con el pago. Eso no es reflejar la realidad. En España, de darse un caso similar, se lo reparten. O se lo queda el notario, o lo ingresa en una cuenta judicial de la que desaparece o, por qué no, se la lleva el president de la Generalitat a Suiza en un coche revisado por la ITV de su hijo. Eso sí sería un final para una película española y no la sosada del Plácido subido en el motocarro y seguido por su cuñado cojeando con la mísera cesta de Navidad.
Pues va a ser que tiene usted razón, don Matías. No sé… me ha convencido.
Ya le digo. El cine español acaba siempre como el de Jolibub.