EL EXTRAÑO CASO DEL SECUESTRO DEL ESPIRIDIÓN

 heliotropo

El Espiridión Rijo salía todas las mañanas en busca de la aromática flor del heliotropo de olor a canela, que en España (siempre tan románticos) llamamos rabo de alacrán o planta verruguera. El Espiridión, que era muy de sufrir vahídos y otros dengues apreciaba una cualidad entre inocente y melancólica que fascinaba a los tontos de pueblos en la época victoriana: el heliotropo era una planta frágil y cálida, algo entre intensa y delicada. Fina y con una suavidad acaramelada, la fragancia, ligeramente almendrada y frutal, con notas de cereza y regaliz todo envuelto con una profunda nota balsámica y una faceta floral aérea que recordaba a la mimosa y a la violeta.

Al Espiridión Rijo, tonto de pueblo y medio botánico, la flor que más le gustaba, por encima de todas, era el primaveral y amarillo jaramago, la explosiva buganvilla y la sutil jacaranda. Al tonto de pueblo Espiridión Rijo le importaba una higa si era primavera y si salían o no los jaramagos o las buganvillas. Él iba, cada madrugada, a la fuente de la Huída en busca del jaramago, del heliotropo y la jacaranda. Al Espiridión Rijo le gustaba, cuando regresaba a su casa, dejar un ramito de manzanillas (que no margaritas) en la puerta de la Quiteria la Tostá, reparadora de hímenes en sobreuso y otras ciencias difusas, de la que estaba perdidamente enamorado.

En su pueblo, Rodrigatos de la Obispalía, a mitad de recorrido entre la Astorga de los maragatos y el berciano Bembibre, lo que verdaderamente se da es la lenteja pardina, la alubia de riñón y la de color canela de La Bañeza y el maíz forrajero. También se pesca la rana de ternes y blancas ancas, pero eso al Espiridión Rijo no le hacía gracia. Tampoco nadie le supo ni le quiso enseñar; ni tan siquiera la Quiteria la Tostá, por quien tanto amor siempre guardó.

Aquella mañana, en la víspera de san Fructuoso y el mismo día en que a la Harriet Quimby, intrépida aviadora norteamericana, se le quedó estrecho el Canal de la Mancha, el Espiridión Rijo se frenó en seco y quedó más alelado de lo que estuvo nunca. A sus pies, en la anteiglesia de santa Bernardita, un cadáver delgadito y casi sin carnes se le quedó mirando con cara de pena y sorpresa. El Espiridión Rijo, haciendo gala de un valor que no conocía, movió el cuerpecito del finado con la punta de la bota. El muerto no se quejó -¡faltaría más!- pero de su cuerpo salió un ruido como de una tronzadura. Un crac que encogía le ombligo al más pintado. El Espiridión Rijo salió por piernas y, sin parar ni en la puerta de la Quiteria para dejar su manojito de albas y amarillas flores de la manzanilla, llegó hasta su casa y se metió en la cama con calzado y todo.

A media mañana las campanas tocaban arrebato y todo el pueblo se reunió, como era preceptivo tras el toque, en la plaza del ayuntamiento. El Espiridión se escondía tras las piernas de su padre. En el suelo de la anteiglesia seguía el cuerpecillo sin vida de aquel extraño. La gente se arremolinaba y algunos, los más insensatos, gastaban bromas con las menguadas carnes del difunto.

Este no soplaba la cuchara desde la Vicalvarada, decía el Efrén

¡Nada de eso!, decía el Nemesio, a este le tenía traspasadito la novia. ¡No hay más que verlo!

El señor alcalde había dispuesto un cordón de seguridad para que los vecinos no pisaran el escenario del crimen. El señor alcalde no se perdía un solo capítulo de Ley y Orden y estaba al tanto de lo que había que hacer en un caso similar.

Que nadie toque nada. Hasta que no venga el señor juez no se puede uno acercar para evitar que se contaminen las pruebas.

¿Y cómo sabes tú que ha sido un crimen? Igual se ha dejado morir de hambre. No hay más que ver las pocas carnes que tiene.

Cuando llegó el señor juez tuvieron que hacer la autopsia con la carne de unas albóndigas que acercó la Ramona, por la poca carne que tenía el cadáver.

¿Y qué resultados presentó la autopsia, don Dimas?

Pues un 60% de carne de vacuno, un 30% de carne de porcino y un 10% de materia indefinida y hidróxido de amoniaco para lavar la carne. Por materia indefinida hubo que entender carne humana de un varón, de raza blanca, 60 años de edad, moreno y tartamudo.

¿Tartamudo?

Eso dijo el veterinario, que fue quien hizo la autopsia.

¿Pero en su pueblo no hace la autopsia el forense?

Es que no hay forense. El más cercano está en Galicia y como es otra comunidad autónoma no tiene jurisdicción en El Bierzo.

Claro, claro…

El Espiridión Rijo salió a la mañana siguiente en busca de la aromática flor del heliotropo y las flores de manzanilla de la Quiteria. Al llegar al río se sentó sobre un tocón de chopo blanco. El chopo blanco es mucho más suave que el fresno o el desmayo; ¡dónde va a parar! y es menos agresivo con las almorranas. El Espiridión miró para el grisáceo discurrir de las aguas. El río, espejo de chopos y alcotanes, se amansaba al besar la verde pradera de la orilla. La hierba verdiamarilla, con su aroma de húmedo anís, se aromaba con el cantueso, con la mejorana, la salvia y el tomillo limón. Se adornaba con el lirio de agua, con la malvarreal enhiesta y algo presumida y el juncal junco de agua. El Espiridión no podía quitarse de la cabeza la visión del cadáver del hombre delgado. El triste soniquete de un cencerro le despertó. En la orilla una vaca aún joven, quizás una ternera, bebía ávida mientras, con el ojo derecho, vigilaba la presencia del Espiridión. A este le vino a las mientes aquella canción del soldado de la zarzuela La Bejarana, que cantaba su abuelo:

Bejarana, no me llores

porque me voy a la guerra.

Ya vendrán tiempos mejores

en que cuides la becerra

mientras yo riego la tierra

para que tú tengas flores.

¡Anda!, pensó, mira que si me cantara eso a mi la Quiteria…

Unas voces despertaron al Espiridión de sus ensoñaciones. Un grupo de vecinos venían, desde el pueblo, con rumbo hacia el río. El Espiridión se ocultó tras unos lirios que había tras uno alisio. Eran mozos que cantaban y reían mientras apretaban la bota de vino por encima de sus cabezas. También un par de mozas, entre las que descubrió a la Quiteria, acompañaban al cortejo. El Renco, un cojo medio ciclán, daba risotadas y palmoteaba la palma de su mano sobre su pantorrilla. En un momento dado sacaron del bolsillo una cajita de fósforos y arrojaron sobre las aguas del río una pequeña porción de polvo, de las cenizas del muerto, ¡vamos!. El hijo de don Ramón, el maestro, que era el más ilustrado, recitó un pasaje de El huesped, de Gabriela Mistral:

Parta mañana sin nombre de oficio,

de patria, y puerto,

tarareando el mismo aire,

y dueño de su secreto

desdeñador de las bocas

que para ofrecer la leche

el pan sobrado,

el café denso,

le cobran el Dios, la sangre…

Y arrojaron sobre las frías aguas del río las cenizas del difunto.

¡Qué horror!, pensó el Espiridión, primero te mueres en la calle, como un perro, y luego te echan al río, para que te coman los barbos y las bogas.

¡Qué cantos son esos para un funeral!, gritó una voz desde la chopera. Los hombres callaron en sus cantos y sus gritos. ¡Qué hereje canción es esa para arrojar las cenizas de un difunto! Volvió a gritar la voz desde el interior de la chopera.

Ven aquí, le contestó el Renco, y te lo diremos a la cara, valiente, le retó

De la fila central de la chopera salió un hombre viejo. Enjuto, casi traspasado su cuerpo por la falta de carnes.

Espérame ahí, galán, y veamos si eres tan valiente cuando te alcance…

El Renco, la Quiteria y el resto de vecinos quedaron de una pieza al ver, saliendo de entre los chopos, al mismísimo difunto que acababan de arrojar hecho ya cenizas, pero redivivo.

¡Ha resucitado!, gritaron los unos

Esperadme y veréis, dijo la aparición

No hizo falta orden; todos a una, salvo el Espiridión, salieron por piernas.

Corred, corred… este es el fantasma del muerto que se ha molestado por nuestros cantos.

Cuando el presunto fantasma llegó a la altura del Espiridión este estaba como en trance. El aparecido se dirigió a él y le dijo:

No temas. No voy a hacerte daño. Ya sé que piensas, como aquellos gamberros, que soy el fantasma del cadáver que encontraste ayer, pero no es así. Yo soy, tan solo, su hermano gemelo. Por eso os confundís al verme.

El Espiridión le rogó que no se presentara en el pueblo.

No sabe de qué son capaces. Estos le tiran a usted al río y luego, ya sabe, ¡Fuenteovejuna, señor!. No es la primera vez que ha ocurrido.

Pero eso es un sinsentido…

Y tanto, señor. Y tanto. Mireme a mí que, como me gusta la botánica me tratan de tonto y se burlan de mi.

Yo voy camino de Cariño, en La Coruña, donde me espera una buena botella de Abadía de San Campio y una fuente de negros y ricos percebes del Cabo Ortegal. Si tu quieres, mis amigos, que son seguidores de San Xiao do Trebo, nos darán alojamiento en su molino.

El Espiridión, dejó sobre el tocón del chopo su manojo de manzanillas y se marchó con su nuevo amigo en dirección a La Coruña. Al llegar la noche, los padres del Espiridión, acompañado de los mozos del pueblo, armados de bieldas, palos y azadas y junto a la pareja de la guardia civil peinaron la chopera durante toda la noche. A la mañana siguiente los buzos de la Benemerita y algunos vecinos buscaron en el río sin encontrar el cuerpo del desdichado. La Quiteria, al encontrar el manojito de manzanillas, comprendió quién era aquel que, como la cantó Cecilia, le mandaba un ramito de manzanillas. Echó un par de lagrimitas que se secó con la punta del mandil mientras se marchaba.

Sobre Rodrigatos de la Obispalía, a mitad de recorrido entre la Astorga de los maragatos y el berciano Bembibre, cayó la leyenda del secuestro de un inocente a manos de un resucitado que, en realidad, era un marciano. Todas las noches, cuando Venus aparece junto a la luna los vecinos se juntan en la plaza por ver si descubren la nave que se llevó al Espiridión. El Renco, aquel cojo ciclán que tan valentón resultaba en la larga distancia, hizo un chiste en el cual se decía que hasta el marte hay maragatos.

NUBES Y CLAROS

mariano

Don Mariano Medina, el rey del refrán (conocía centenares de ellos sobre la agricultura, la ganadería y el tiempo); su hermano, el serio Fernando, destinado en el aeropuerto de Villafría, allá donde Pilar M. Sancho enseñorea; Pilar Sanjurjo, la primera mujer del tiempo y el entrañable Eugenio Martín Rubio, quien perdió el bigote en una apuesta tras proclamar a la audiencia: “Si nieva en Moscú, y el avión de Nueva York-Madrid tarda menos de seis horas en el trayecto, al día siguiente lloverá. Como esto ha pasado hoy, mañana lloverá y estoy tan seguro que de no ser así mañana me afeito el bigote”. Al día siguiente, como no podía ser de otra forma no llovió y apareció rasurado y sin hacer mención alguna del bigote. Eso sí, fue aparecer en el televisor afeitado y estar lloviendo un mes seguido, estos cuatro precursores, decía, de la meteorología televisiva informaban con datos que les facilitaban los militares del ejército del aire, el instituto Torres Quevedo y los pilotos de Iberia. Luego, ellos, interpretaban y sacaban adelante la predicción, con un pizarrín y una tiza en los mapas del tiempo que ellos mismos dibujaban.

fernando

Don Mariano, que tenía una generosa cabeza, ocupaba la totalidad de la imagen y, tras él, se adivinaba, más que se veía la creación del anticilón de las Azores, las bajas presiones en Islandia, la marejadilla del Cantábrico y los chubascos en la zona norte y noroeste. Con esos cuatro términos era suficiente. El resto era repartir soles como huevos fritos por el resto del mapa.

eugenio martín rubio

Yo sé que este post va a molestar, considerablemente, al capitán Aldea que es un estudioso de cirros, cúmulos y estratos; de anticiclones, borrascas y churrascos (¿o son chubascos?); de mistrales, tramontanas, cierzos y otros lebeches, pero es que desconozco completamente los arcanos de la astronomía y de sus cuevas secretas, los observatorios meteorológicos, porque que yo siempre he creído que la predicción del tiempo, como la de la bolsa, se debe hacer a toro pasado para no equivocarse.

A don Dimas y a don Matías les pasa otro tanto. Ellos piensan que existe un parentesco cercano entre la meteorología, la astronomía, la numismática, el vegetarianismo, la filatelia, la cartomancia, el cuaquerismo, los boy-scouts y la UPyD. En cualquier caso existe una relación de sometimiento a un ser ignoto, superior y caprichoso sin más base científica que el “porque yo lo valgo“, disimulado por unos patrones matemáticos ya pasados y que la ciencia dice que se repiten.

Uno piensa en un hombre del tiempo y se imagina un mago, viejo y albibarbo, vestido de camisón estrellado y con un cucurucho en la cabeza, como un penitente sevillano en Semana Santa y con una varita de director de orquesta para dirigir los truenos, los rayos y las centellas. Por eso el televisor, que es un invento de gentes listas y avisadas, nada más darse cuenta de que los ciudadanos habrían pillado el truco cambiaron al viejo hombre del tiempo por garridas y curvilíneas mozas del tiempo.

¡Ah! aquella Minerva Piquero que nos tenía pendientes siempre de Alicante, porque caía, sobre poco más o menos, por la popa de la locutora. ¡No sea usted así, don Dimas! Eso y aquella otra de la gimnasia; ¿no se acuerda? Si, hombre, aquella Eva Nasarre, que se agachaba (y uno, y dos…) y nos tenía a todo el Centro de Día pendientes de la zona sur… ¡La de lumbagos que produjo la Nasarre!

minerva

Venga, que hay niños, don Dimas…

Usted perdone.

Pues no, don Matías. Los hombres del tiempo no son magos así vestidos; no. Son personas normales, a los que les pone el puntito Choni de la Valenciano, que les gusta el Atleti de Madrid y exigen la tapa cuando toman el vermú. ¿Quien lo diría, verdad? Todo el día hablando como si de una ciencia infusa se tratara y luego son de lo más normal.

Dígamelo a mi, que tras estudiar a Kierkegaard, a Kepler y a Copérnico me metí de hoz y coz en la obra magna de don Mariano del Castillo, el Calendario Zaragozano, ese manual que te dice si las nubes, antes de decidirse a tronar, a llover o a estarse quietecitas, como en el dibujo de los Simpson’s, en lugar de hablar de marejadillas, de altas y baja presiones, de ciclones o anticiclones he conseguido concluir que, por san José suele llover y joder las fallas a los valencianos; que por san Silvestre nieva y hace un frío del carajo, pese a lo cual ganan la carrera vallecana los negrito que se traen de Kenia y que por la Paloma y san Lorenzo cae plomo fundido del cielo. Una calor que lo único que apetece es el botijo y la fresca con la silla de enea en la puerta. Don Mariano, en su calendario, confinó en letra de molde aquello que la gente sabe pero que, ¡vaya usted a saber por qué extraño mecanismo! esa gente, digo, necesita ver impreso aquello que ya sabe.

Es como lo del periódico; que todos, al comprarlo, lo primero que miramos es la fecha del día, como si no supiéramos, al cogerlo, que es martes, día 8 de abril. Ha pasado un trimestre ya, de este año del centenario de la de san Quintín en Europa y, como muy bien previó don Mariano, el del Zaragozano, y nos cuentan en el Telediario los meteorólogos, ha hecho frío en enero y febrero, en marzo se ha dado el curioso caso de que ha sido muy ventoso y, esta primera semana de abril, ha sido lluviosa y soleada. Vamos que si no nos dicen nada en contra en mayo hará un tiempo florido y hermoso. ¿Que no es así….? pues nada, decimos aquello de que mayo marcea porque en marzo mayeó y nos quedamos tan anchos. Las cabañuelas nos dicen que el tiempo de los meses viene marcado -día a mes- por el tiempo que haya hecho en los doce primeros días del agosto anterior; pero como de esa temperatura ya no nos acordamos, preferimos mirar cada día el tiempo en el televisor, ya que ellos, que lo hacen con un patrón matemático miran también lo que hizo en el tiempo pretérito.

Usted cree, don Dimas, que las cabañuelas son menos ciertas que la predicción del servicio meteorológico? Pues no sabría decirle a usted, don Matías. A mí entre la marejadilla, la cabañuela y el coñazo del tiempo en televisión, y a todas las horas, solo me queda escuchar a todos y pensar, como hago siempre, que lo que es seguro es que habrá nubes y claros…

¡Nos ha jodío! así ya se podrá…

Mire usted, don Matías. Católico viene del griego Katholikós, de kató, sentido de la comprensión y holas, todo; universal, común a todos. Pues bien, España, país católico, mal que le pese a la urraca magenta, y amante de su himno al consagrar, comprende todo salvo la meteorología y su estudio, y el gobierno, que lo sabe, para evitar accidentes y atascos en Semana Santa, siempre da lluvias, chubascos, tormentas y ventarreras y, al final, como el servicio meteorológico, el gobierno tienen menos crédito que Esperanza Aguirre al volante, los españoles nos tiramos a la playa, al monte, a la carretera en suma y, unas veces nos mojamos y otras no. Ya sabe usted, nubes y claros.

DE CERILLAS, AVENA Y TORRENILLOS

CERILLAS

Hoy es uno de los días más importantes en la Historia de la raza humana. No por que haya ocurrido nada del otro jueves; no. Es que hoy hace años, concretamente, ciento ochenta y ocho años, que don John Walker, natural de la ciudad inglesa de Stock-ton-on-Tees, inventó la cerilla.

¡Ahí lo tiene usted!, con un par.

El John Walker que era químico y farmacéutico inventó de forma accidental, como ocurre casi siempre, la cerilla al friccionar un trozo de clorato de potasio y sulfuto de antimonio.

¿A que no tiene usted cojones de rascar este cacho de potasio, Mr. Walker?, dicen que le dijo el Obdulio Michavilla, natural de Candilecha, provincia de Soria, que trabajaba en la rebotica de John Walker como pinche.

¿A que no se atreve, tío boticario?, le retaba también la Cipriana Bovedilla de Michavilla, esposa del Obdulio y también soriana, aunque ella de Sauquillo de Boñices.

¿Que no?, dijo el boticario. ¡Dejadme solo!, ordenó en un lance muy torero y, ¡zas!, como quien no quiere la cosa rascó el potasio y una luz cegadora y cálida apareció entre sus dedos.

¡Hostia, Pedrín!, dicen que dijo el Michael Faraday, un físico y químico que se pasaba las horas muertas con el electromagnetismo y la electroquímica.

¡Pero qué has hecho, boticario!

Nada, que he rascao un cacho de potasio y no veas el chispazo que ha soltado

Ya lo he visto. No seas membrillo y patentalo. Con eso te puedes sacar una pasta. ¡Anda!

¿Y para qué quiere la humanidad este invento?

Pues ni puñetera idea, pero ahí tienes al Will Keith Kellogg, que nacerá un día como el de hoy en las colonias y que va a inventar un desayuno a base de avena y lo primero que hará es crear una empresa a la que ha llamará Battle Creek Toasted Corn Flake Company.

¿Y tu crees que existiendo los torrenillos que me hacen a mi mis amigos sorianos la gente va a comer avena, como las gallinas?

¡Huy que sí…! Hay una señora en Tafalla, entre Olite y Artajona, doña Marian Yerro, que dice que los torrenillos engordan porque tienen grasa, mientras que la avena, no. Es cierto que igual acabas poniendo huevos, pero bueno, engordar, lo que se dice engordad, ni un gramo.

Pues sabes lo que te digo, que voy a empezar a comercializarlas. Igual van los españoles y traen de las indias algunas hierbas para fumar y con esto pueden encenderlas.

Mira, siempre es una idea. Pero para mi que lo mejor sería patentarlas que luego viene alguien y te levanta la camisa.

¿Cómo las vas a llama? Pues había pensado llamarlas “luces de fricción” ¿qué te parece, Faraday?

No se, no se… un poco largo

¿Y por qué no las pone cerillas?, dijo la Cipriana

¿Cerillas? Pero si no tiene cera

Ya, pero si quitamos la grasa del torrenillo así no engorda y la Marian Yerro esa de Navarra no nos puede criticar. Untamos la madera de las luces y, como se forma una especie de cera, pues las llamamos cerillas.

¡Anda!, para que luego digan de las sorianas. ¿Qué?, Faraday… ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?

Mr. John, Mr. John, llegó corriendo y jadeando el Obdulio. ¿No sabe usted la noticia…?

Diga, diga

Pues que se ha muerto El Greco

¿El pintor ese de los entierros?

El mismo. Ha llamado el obispo para ver si teníamos alguna antorcha que dure mucho, pues tienen que encender muchos cirios y no quieren quedarse a oscuras a media noche.

Anda, mira… Ahí tienes la oportunidad de sacar adelante tu invento de las cerillas. Mételas en una cajita de cartón y le pegas un rascador a uno de los lados y se las vendes al obispo.

¿Y cuánto le cobro? Pídele el valor de una botella de ron. Así podremos tomarnos una copa. Pero antes, paténtalo que te vas a quedar sin invento.

El John Walker vendió la caja de cerillas al obispo y El Greco pudo estar toda la noche alumbrado por los cirios pascuales sin que se apagase ni uno de ellos. El boticario, los sorianos y el Farady se fueron al Pasapoga y se bebieron los beneficios de las cerillas y la mitad del dinero que pensaba sacarse del invento. Cuando les sacaron del Pasapoga el John Walker había inventado un bebedizo al que llamaron Whisky y el Faraday se pasó toda la noche recitando, como un loro que la masa de la sustancia liberada en una electrólisis es directamente proporcional a la cantidad de electricidad que ha pasado a través del electrolito masa = equivalente electroquímico, por la intensidad y por el tiempo. Eso y lo de que las masas de distintas sustancias liberadas por la misma cantidad de electricidad son directamente proporcionales a sus pesos equivalentes. Samuel Jones, el palanganero del Pasapoga, un tío relisto y bastante jeta registró la patente cuando la cuadrilla se alejó. Al día siguiente, en la oficina de patentes y marcas de Stock-ton-on-Tees, en el condado de Durham, el John Walker y el Faraday se tiraban de los pelos.

Mira que te lo dije, Johny, pero tu dale que dale al whisky.

La culpa es de Marian Yerro, que decía que los torrenillos engordan…

LOS QUE ESTÁN EN LA MAR. Parábola tras un naufragio

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Decía Anacarsis, el príncipe escita que figuró en la lista de los Siete Sabios de Grecia, que hay tres clases de hombres: los que viven, los que mueren y los que están en la mar.

Los que están en la mar no viven, ni tampoco mueren, como esos otros hombres que están en tierra firme, con los pies pegados al suelo o, ¿por qué no?, subiendo y bajando en los ascensores con el animo desasosegado por si parará o no en su piso. Los hombres de tierra, al contrario que los hombres de la mar son más sosegados, tienen -eso sí- la conciencia menos tranquila por la monotonía y viven pendientes del calendario que va dejando caer sus hojas, sin pena ni gloria, hasta ese pequeño rótulo que dice “viernes”. Los hombres de tierra miran el televisor, conducen el coche y ahí acaba todo el riesgo, toda aventura, la grandeza de sus días.

Los que están en la mar, aquellos hombres a quienes las corrientes del Cantábrico, el mestral del Golfo de León o el saloc mediterráneo les navega por las venas, tienen el mirar perdido, seguramente de otear el horizonte; el aire triste y desesperanzado producido por la soledad y, aunque no leyeron a Anacarsis, se lo imaginan. Los hombres que están en la mar escuchan en la emisora que un carguero, en mala hora, ha abordado a un pequeño arrastrero en las Rías Baixas y saben que ayer, martes (ni te cases, ni te embarques) se ha cumplido el cupo de la mala suerte por lo que pueden seguir sintiéndose vivos, sin saber cómo, y aún casi cuando, la baraja de la suerte se les presentará esquiva y cabrona, saben que hoy no les toca visitar a aquella Alfonsina Storni, que fue a suicidarse, por la blanda arena que lame el mar, frente a la escollera del Club Argentino de Mujeres.

El fraile Guevara, en su libro de los inventores del arte de marear, nos cuenta que el pescado es flemoso, el aire importuno, el agua salobre, la humedad dañosa y el navegar peligroso. Solos los colegas del nauta Aldea saben hasta qué punto es cierto lo que escribió el fraile. Los que están en la mar, y en la mar siguen, tratan de interpretar cada graznido de gaviota, cada nubarrón o cada luz sospechosa como un mensaje que siempre amaga con lo mismo, con trágica y pertinaz reiteración. Nadie tiene más miedo a la mar que el marino. El marinero, que sabe que la mar no entiende de cariños, de aficiones, de amores y que tan salva su vida el que, como aquel cónsul Jábato, que no cruzó el Reggio, en la Calabria, a Mesina, en Sicilia parte de la base de que “es loco el navío, pues siempre se mueve; es loco el marinero, pues nunca está de un parecer; es loca el agua, pues nunca está quieta y es loco el viento que siempre corre”.

Todos los años un grupo de hombres de los que están en la mar, se quedan para siempre en ella, a la deriva en el fondo de las inciertas corrientes como una brújula rota que no señalara el norte, sino el sur de infierno, con el cuarderno de bitácora perdido y la cabellera flotando como una medusa rubia o morena.

Es cruel el tributo que la mar exige en vidas humanas, como un dios despiadado para que los jureles y las caballas puedan llegar cada mañana, a dos euros el kilo, a ese Mercamadrid que nos es tan próximo aunque desconozcamos (y lo que es peor, no nos importe) lo que cuesta el sombrío tributo de los hombres que están en la mar.

En esta ocasión la mar sólo se ha cobrado la vida de los marineros. No ha habido marea negra, ni se han manchado de chapapote las cabeceras del Telediario, ¡con lo que eso nos incomoda a quienes vivimos en tierra!. No; esta vez han sido solo marineros. Incluso, diríamos en broma si la ocasión lo permitiera, ninguno español. Según el locutor uno era ghanés, otro marroquí y tres eran gallegos… Quien lo entienda que lo compre.

Son de muy buena clase; de la mejor clase, diría yo, esos hombres que están en la mar y que cada año perdemos. Por los que hemos perdido ayer, en el naufragio del Ría de Vigo, alcemos nuestra oración, seamos católicos u opositores a Cristo, y digamos, como los viejos pilotos de barra antes que nos conteste el piloto de mar, las palabras que inventó la costumbre: “Larga, trinquete, en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero, que sea con nosotros y nos lleve y devuelva a nuestras casas”.

Ustedes, mis queridos amigos, don Dimas y don Matías, digan “amén”.

EL MUSEO ARQUEOLÓGICO Y LA DAMA DE ELCHE

Elche-dama

Hoy reabre sus salas el Museo Arqueológico Nacional en Madrid tras una reforma que, según dicen, ha mejorado en mucho las antiguas instalaciones. La musa y vedette del museo será, según dice la prensa, la Dama de Elche. Pero… ¿quién fue la Dama de Elche?

La Dama de Elche fue Petra Boix Cortés, eso lo sabe todo el mundo. Lo que desconoce casi todo el mundo es quién fue el marido de la Dama de Elche.

Pero coño, don Dimas ¿no me diga que usted sabe quién fue el marido de la Dama de Elche?

No solo eso, don Matías, sino que me conozco, de pe a pa qué fue de la pareja y su extraña historia.

Hombre, pues cuente; cuente…

El marido de la Dama de Elche se llamó en vida Vicente Manso de la Cueva y fue picador del famoso matador de toros y novillos bravos Dionisio Chiva “Chivato de Alfafara”. Cuatro años estuvo Vicente, quien no tenía el don, como picador de reses hasta que, una mala tarde, la puya (con “u”) se le escurrió a lo largo del espinazo del morlaco y fue a clavarla en la paletilla del “Chivato de Alfafara” quien le despidió con cajas destempladas. ¡Dios!, como berreaba el Chivato…

Tras apuntarse al paro el Vicente encontró trabajo hasta que una enfermedad profesional le retiró, como recolector de dátiles en el Palmeral de Elche.

¿Pues qué le pasó, don Dimas?

Le pasó que, como llegó el verano, se quitó el pantalón de badana y escaló hasta lo alto de una palmera en calzón corto. Al bajar, se tiró, como los bomberos, escurriéndose por el tronco de la palmera y, como tiene las escamas que rodean el tronco a contrapelo, se arrancó no menos de cien tajadas de las ingles. ¡Cómo tenía el pobre las ingles, oiga usted! en carnecita viva.

Ya me hago cargo, ya…

Pues como le iba diciendo, el Vicente Manso de la Cueva, recibió la incapacidad transitoria y tuvo que dejar el ordeño de palmeras. Entonces se buscó un empleo de soldado moro en las fiestas de Moros y Cristianos de Alcoy. De allí le despidieron en la primera jornada pues no conseguía mantener la faria entre los labios y desfilar sin guiñar los ojos, debido al humo. Como usted sabe, don Matías, un moro en Alcoy, si no lleva Faria, reloj de oro y gafas de sol ni es moro ni leches.

Claro, claro.

El caso es que, además, no conseguía llevar el bamboleo preciso mientras desfilaba a los sones de Paquito el chocolatero

¡Vaya por Dios!

Y tanto, don Matías. Y tanto.

Pues nada, que como eso no se le daba bien puso un chiringuito en el Grao de Gandía, donde hacía paellas para los jutos, los anglos, los sajones y el resto de tribus de la Britania y otras tribus germánicas todas ellas bárbaras y con sandalias y calcetines negros hasta media pierna. El negocio no le iba tan bien pero hubo una nueva invasión, la de los madrileños, quienes aprovecharon una calzada prerromana constrida por Ban-Hus, el arquitecto del régimen. El negocio de las paellas se convirtió en un pelotazo cuando fichó a un esclavo nubio que le enseñó a hacer el arroz negro.

¿Con su sepia y su chipirón, don Dimas?

Y su poquito de alli-oli, don Matías…

Calle, calle que se me ponen los dientes largos.

El caso es que, una tarde -la suerte siempre es esquiva por las tardes para quienes más la necesitan- tuvo la mala idea de contratar a una camarera, la Agripina Morcillo Córcoles, natural de Balazote, en la provincia de Albacete quien le convenció para preparar un bebedizo de su invención llamado sangría. A la Agripina, en su pueblo la llamaban, por mal nombre, la Bicha de Balazote. La Agripina era mala; pero mala, mala, mala. Era tan mala que, cuando ya los bárbaros de otras tribus venían a Gandía a beber ánforas y ánforas del bebedizo, se le ocurrió vender la fórmula a un vinatero de La Mancha dejando al pobre Vicente sin más bebida que el zumo de unas patatas enanas que allí llaman chufas.

El Vicente Manso de la Cueva, tras comunicárselo a la Dama de Elche, se fue de emigrante en un barco que, desde Tebas iba hasta Bilbatum a vender chaquetas Teba para los directivos de Altos Hornos. Al llegar a la altura del Duero, justo donde desembarca en Lusitania el río, el capitán Aldea, entró en el estuario y se dirigió Arribes arriba hasta El Burgo de Osma donde los marineros se amotinaron en el célebre Motín del Níscalo. Pero esto ya es otra historia…

La Dama de Elche, conocedora del drama de su esposo, se puso sus mejores galas: una ruedas que cubrían sus orejas para evitar el frío de Albacete, sujetas con unas cadenitas a una tira de cuero que le ceñía la frente, corales y coronas con pequeñas cadenas y filigranas. Todo muy de Jonia’s Secret, una tienda de prendas llamadas tanganillos, porque tapan el organillo, y que se vendían en Etruria, entre la Toscana y la Umbría. La Dama de Elche, al bajarse del carro AVE que la trajo desde Alicante hasta la estación de carros de Atocha se encontró con un joven apuesto que le cantó una canción en voz baja poniendo cierta pose de chuleta. La Dama se quedó de piedra -es un decir- y se enamoró como una chacha de un quinto en jueves primaveral. ¡No me diga! Lo que yo le diga, don Matías Siga, siga… Pues el caso es que, el chuleta ese que le decía, y cuyo gracia era Artemidoro de Éfeso le hizo un pasodoble que decía así:

Artemidoro de Éfeso,

esculpió a la Dama de Elche

con los ojos de arenisca

y el alma hecha de piedra

Puso en sus brazos de roca

un parrrrrrr de brazaletes

(ole) gritó el público

En su pescuezo un collar

y en su cabeza una diadema

Estribillo:

Morena, la de los ojos redondos,

la del pendiente colgante,

la reina de to’as las reinas.

Morena, la del pesado mantón.

La de la cara de piedra,

la madre que la esculpió.

Cuando el Vicente Manso de la Cueva se enteró del pasodoble, se sintió más Manso que nunca y se encomendó a Dios Nuestro Señor.

Señor, ya sé que soy un pecador y que me comía los carabineros de las paellas. Ya sé que no merezco tu perdón ni tu ayuda pero, si me pudieras ayudar en este momento de celos yo dejaría de comer carabineros y me alimentaría, únicamente, de vainas de habas y tallos de alcachofas.

Dios Nuestro Señor, que es siempre justo y tal y tal, no fue capaz de exigir una promesa tan dura y, apiadándose de él le dijo.

Sea, Vicente. Pide lo que quieras y te lo concederé

Verás, Señor. La Petra es arisca…

Concedido, dijo el Señor, quien se marchó tras un rayo impresionante y unos rayos de colores que ríanse ustedes de la cremá, la plantá y la explotá…

Pero Señor… dijo el Vicente. Si yo te dije que Petra era arisca y la has convertido en piedra y en aresnisca.

Lo siento, se oyó una voz que provenía de más allá del anticiclón de las Azores, con esto del calentamiento global no se oye bien. Creí que habías dicho que la querías de piedra y arenisca. Para la siguiente pondré más atención…

Oiga, don Dimas. ¿A usted no le parece que hoy ha exagerado el cuento?

¿Quien yo…? ¿Es que usted no lee el periódico? Vaya. Vaya y mire las explicaciones que han puesto en el museo, en la peana de la Dama de Elche. Claro, que viene en idioma ibero y ese usted no lo domina. Pero la transcripción, letra por letra, es esta que yo le digo.

ISABEL II, BRAVO MURILLO Y LA PRAGMÁTICA SANCIÓN

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Un día, tal como hoy, 30 de marzo, el rey Fernando VII, llamado el Deseado o el rey Felón -que no león- según fuera o no partidario del mismo, promulgó la Pragmática Sanción, que era una ley “ad hoc” que se montaban los monarcas para dejar el trono en manos de sus nenas o sus nenes a conveniencia. Vamos, algo así como lo del Tribunal Constitucional de ahora pero sin consultar con Mariano.

La Pragmática Sanción sustituía a la Ley Sádica, que era una ley hecha por los hombres y para los hombres impidiendo, así, a las mujeres ejercer sus derechos. ¿Les parecen poco sádicos los redactores de la Ley? Pues eso.

Como íbamos diciendo, la Pragmática Sanción de Fernando VII recuperaba el Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio. Equis no significa porno, ni implicado en los GAL, sino décimo; lo digo para evitar incómodas confusiones. Alfonso X, como iba diciendo, ganó las Siete Partidas, que era un torneo de mús al mejor de siete bacas entre los miembros del Constitucional de aquella época. El ganador podía instaurar una ley que pasaría a los anales -esto no quiere decir culo, sino relación de sucesos por año- de la Historia.

Cuando ganó las Siete Partidas Alfonso X decidió que se pasaba por el forro la Agnación Rigorosa, que solo privaba a las hembras de la sucesión cuando había legítimos descendientes varones y la Lex Sádica que las excluía absolutamente y en todos los casos. La Lex Sádica, como seguramente todo el mundo conoce, se debe a Clodoveo I, que no era el de Palacagüina -aquel era Clodomiro-, sino un rey de la tribu de los francos salios. Los francos salios, no eran falangistas cachondos; no. Era una tribu medio tralará que vivía en Chantilly, que ya es nombre para un pueblo.. Luego, claro, que si hay cachondeo con los franceses y su presunta falta de hombría… Bien, dejemos eso que sólo afecta a las francesas y a algunas benidormínas.

El caso es que, por la puñetera partida de mús, nos llegó un bochinche del carajo de la vela. Resulta que el infante don Carlos, hermano de Fernado VII, quería sustituirle y, claro, el Fernando quería que le sustituyera su hija. Una tía tremenda que se llamaba Isabel y que tenía una mala leche de aquí te espero. El caso es que el Fernando, le echó un par y le dijo al Carlos

Oye mira, Carlos, tu lo que quieres es ser rey de España y luego te vas a Pamplona donde te pones como el Tenazas a chorizo El Pamplonica. Pues le voy a dejar el trono a tu sobrina, la Isabelota.

El Carlos, que tenía una tía segunda casada con el padre de Sabino Arana le prometió que, si le apoyaban los peneuveros cambiaría el color de la boina, de negras a rojas para que los nacionalistas ligaran más. El padre de Sabino, que era algo lelo -todo se hereda- se lo creyó y apoyó a Carlos. Entonces Fernando montó en cólera, que era un burro del color panza de burro y se marchó a una finca en la sierra norte de Madrid que se llamaba El Atazar.

Mira hija, le dijo a la Isabelota, esto que ves aquí, algún día será tuyo.

¿Y que tengo que hacer, padre?

El padre se quedó mirando para las tetas de la Isabelota, que siempre llevaba escote y añadió tránsido de emoción: Lo que tienes que hacer es el Canalillo, y lo llamas Canal de Ysabel II para que te recuerden.

La Isabel, que era muy obediente, se volvió y observó a Bravo Murillo que estaba echando un pis junto a un pino.

¿Qué hace usted, joven?, le preguntó, a lo que don Juan, que era algo tímido le contestó

Pues ya ve usted, alteza, haciendo un canal para llevar las aguas menores.

¡Anda, mira! este es el que me va a poner el canalillo en marcha.

Dicho y hecho Cuando Bravo Murillo acabó el Canal de Ysabel II y fue a inaugurarlo la reina le sonrió con beatífico rictus y le obsequió como sólo una reina puede hacerlo

¿Qué quieres a cambio de tus servicios, Juan?

¿Qué servicios, majestad, si yo estaba haciendo pis en un pino?

Que qué coño quieres a cambio de tu trabajo. ¡Luego dicen que hay paro!, le dijo Isabel a Espartero, el del caballo que luego resultó ser jaca.

Bravo Murillo que había ido a la inauguración con Engracia, su madre, le preguntó calladamente:

¿Madre, qué le pido?

Que pongan una calle a tu nombre. Así, cuando te hagas viejo y tengas Alzheimer puedes volver a casa sin perderte.

Eso, majestad. Quiero una calle a mi nombre.

Sea, dijo la reina y otra para tu madre por su buen consejo

¿Al lado del Buen Consejo?

No, al lado del Buen Consejo no, que ahí vamos a poner una avenida a la Reina Victoria.

Es por eso por lo que, desde el depósito del Canal de Isabel II en Cuatro Caminos, salen dos calles paralelas y hermosas: la de Bravo Murillo y la de Santa Engracia

Pero si la madre de Bravo Murillo no era santa, don Dimas

Pero era muy buena, don Matías. Y además muy comprensiva con Bravo Murillo padre, que se ajumaba y le gustaban las coristas. Vamos que era una auténtica santa.

¡Ah, si es por eso…!

DESAYUNO SUCEDÁNEO

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Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Cuando bajamos al bar para desayunar vemos cómo las jóvenes, y cada día más, los jóvenes piden el café descafeinado, la leche desnatada y sacarina (en grageas o gotitas) en lugar de azúcar para endulzar su café. Otros, los más intrépidos, piden incluso que el café sea de sobre; instantáneo, soluble y pulverizado. Acompañan su desayuno con agua desionizada, de baja mineralización y pobre en sodio. Cuando a la pobre mujer, o al pobre hombre, le han servido su desayuno lo toma no con la mansedumbre, paciencia y resignación de quien tiene que alimentarse con sucedáneos; no sino de forma altiva y desdeñosa, como diciendo ¿qué? ¿qué te ha parecido eso, gañán?. Es el triunfo del sucedáneo sobre lo original; de lo ficticio sobre lo auténtico, de la imitación, en suma. Hoy se ensalza, se festeja y hasta se presume de preferir el sucedáneo al original. Con la comida sucede otro tanto. Las cosas light se imponen sobre las naturales; el congelado sobre el fresco; el transgénico sobre el biológico. ¡Quien nos ha visto y quien nos ve…! Antes, no hace tanto, cuando las conciencias aún no estaban en almoneda, el sucedáneo se guardaba como la deshonra; su comentario se huía y su lucimiento se trataba de disimular, como esa cojera que nunca estaba claro si era chulería, almorranas o proveniente de esos zapatos nuevos que siempre aprietan del mismo lado. Nuestros mayores tenían que tomar malta por las mañanas porque el café era patrimonio de estraperlistas y golfos de bigotillo leve y palma de la mano derecha -por supuesto- en alto, como para ver si llovía. Pues bien, hoy no; hoy se exhibe el sucedáneo, se presume de sus excelencias y se hace gala de su uso y hasta de su abuso. Un gin tonic de ginebra sin alcohol, con tonica light y una rodaja de limón transgénico. ¿El pollo es fresco, camarero? ¿Fresco dice usted? ¡Imagínese! Anteayer nació, ayer ya puso huevos y hoy lo tiene, con dos kilos y medio, asado y en su mesa. Por el engorde artificial hacia Dios… ¡Perdone…! dice la señorita esbelta, delgada hasta la extenuación y vagarosa ¡Perdone!, insiste. ¿Sí señorita? dice muy educado el camarero. ¿Me pone una ración de churros? Como no. ¡Ah!, dice la joven, y un par de bolsitas de azúcar. Es que a mi, sabe usted, los churros me gustan con azúcar, como los de la feria de mi pueblo. Yo, que siempre he sido muy de desayunar cosas que producen colesterol, me quedo azarado, observando cómo la señorita empana de azúcar los churros y se los mete en la boca como un tragasables… ¡Qué tía!, se me escapa. ¿Y dónde metera los kilos? Nunca pregunte eso… seguramente ella los ha perdido y, por el contrario, usted se los acaba de encontrar.