PEQUEÑO PUEBLO CON ENCANTO

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Antes, cuando tenías que ir de vacaciones a la playa porque tenías que gastar la pasta que ganabas a lo largo del año ni se te pasaba por la cabeza el agro y el silvestrismo. Ahora no; ahora -gracias al gobierno, que tanto hacen por la vuelta de la emigración interior- ahora, decía, todos al pueblo. Pero no al pueblo como lo hacemos Aldea o como yo, que volvemos al nuestro; no. A un pueblo; el que sea… de turista rural. ¿Que qué es el turismo rural? Pues es ir al pueblo, como toda la vida pero, en lugar de hacerlo al tuyo, que te conocen todos y lo pasas de cojones, por la cara y cocinado por mamá o por la abuela; pues no hay que ir a un pueblo donde no te conoce nadie; los lugareños te miran como las vacas al pelotón del Tour y –además- a trillón el día.
Los mejores pueblos para el turismo rural son los pueblos con encanto y ahí, mejor que en ningún lado, está Soria. Soria tiene unas carreteras todas llenas de curvas, con baches, corzos, jabalíes y radares de la guardia civil. Unas carreteras con encanto… Vamos, que cuando llegas al pueblo estás encantado de bajarte del coche.
Te bajas del coche y primero preguntas por la dirección de la casa.
¿Oiga, la casa rural?
Pues mire usted, todas las de la derecha. Las de la izquierda son urbanas. ¡No te jode, aquí el turista!
Por fin entras en la casa. En el hall hay un botijo roto, una ristra de ajos (debe de ser por si al conde Drácula le da por venir) y una azada llena de óxido. Subes dos pisos, cargado con maletas, bolsas de deporte y el carrito de los niños. Cuando llegas al cuarto no hay televisor. Las ventanas están cerradas porque los mosquitos son como misiles israelitas y están empleados de barrenero en la mina del pueblo. Una telaraña te recuerda que aquí pudo pasar la noche anteayer el mismísimo Spiderman.
Oiga, amigo, ¿Aquí huele a purines, no?
Eso es olor a pueblo, dice el propietario.
¡Qué cojones olor a pueblo! Huele a mierda de cerdo.
No, hombre, no. ¡Que no es cerdo!, es jamón sin curar.
Tras alojarte sales al pueblo para cenar. En el pueblo no hay restaurantes, claro. Pero puedes ir a cenar a las piscinas municipales que, hombre… no es que tengan una carta de nouvelle cuisine, pero tienen bocadillos de chóped, salchichón imperial, alguna pizza y, si tiene usted suerte, igual les queda algún torrenillo del día anterior.
Vuelves a la casa y ahí tienes, en el sofá, a toda la familia propietaria ante el único televisor de la casa. Lo primero que piensas es en quién tiene mayor derecho a decidir; él, que es el dueño, o tú, que para eso pagas. En seguida se aclara… él.
Arrimen ustedes una silla de ahí de la cocina, te dicen. Y tú, que te quieres integrar, arrastras una silla de enea en la que, te sientas como un cantaor a la espera de Tomatito y su guitarra.
Tú crees que vas a ver el partido, a fin de cuentas, te dices, no todos los días juega la selección nacional la final de la Eurocopa.
No, verá usted. A nosotros, ahora, lo que nos gusta ver es Agrosfera.
Tú miras para tu mujer, y esta, que es la que te ha convencido para hacer turismo rural, se acojona al ver tu entrecejo fruncirse.
Cabreado te vas a la cama y, a las cuatro de la mañana sientes como si se hubiera caído la mitad de la casa…
¡Eh!, ¿qué pasa ahí?…
Vamos, perezosos. Arriba, que son las cuatro.
¿Qué?
Que hay que ordeñar, coger los huevos, regar el huerto y echar de comer al cerdo y a las gallinas.
Pero ¿dónde me he alojado yo?, te preguntas… ¿En Casa Tarradellas?
No; usted está alojado en un pueblo con encanto.
Consigues escapar, tras meter mano en las tetas a un mihura al que has confundido con la Vaca que Ríe; se ha cachondeado de ti el aldeano por acojonarte con el gallo y, aunque en principio lo habías conseguido, has acabado pisando una mierda de vaca y estás pringado hasta el jarrete. La parienta, para evitar que pagues con ella los platos rotos, te ha sacado de allí y te ha llevado a hacer una marcha. A esto se le llama senderismo. No sé por qué, si todos los que pasan por allí van en tractor, o en quad, o en moto. Si el único pringao que va por allí andando eres tú. ¿Y estos?, te preguntas, ¿por qué no van andando? Pues no van andando, precisamente, porque hace un calor del carajo de la vela, porque no quieren que les piquen los mosquitos tigre de la orilla del río, porque te persiguen nubes y nubes de moscas cojoneras, porque no quieren ser atacadas por nubes de avispas suicidas, porque las piedras del camino, que a ti te han destrozado los pies ellos las pasan en todoterreno…
Vamos a parar aquí, en esta venta que al menos desayunaremos como reyes
Fíjate, dice tu churri. Fíjate que huevos. Estos no se comen en Madrid ¿eh? Y este chorizo… Seguro que es de matanza. Ni la Coca-Cola sabe como la de Madrid ¿verdad?
Oiga, le pregunta tu mujer. Este chorizo es de matanza ¿verdad?
Pues no señora, pero casi. Al dar la curva, en la salida del pueblo, el camión de Revilla se salió y casi se matan el chófer y su acompañante.
Antes de acostarte el dueño de la casa se ha empeñad que tomes un vaso de leche.
Vamos hombre, que es leche de la auténtica. Sin mariconadas. Con toda su nata y recién ordeñada. Aún no está ni cocida. Beba, beba… verá como aún está calentita.
Tú bebes…
¿Lo ve? A que aún sabe a la teta de la vaca.
Tú te marchas a vomitar al baño y él se parte la caja mientras grita:
¡Estos de la capital….!
Te levantas para volver a ordeñar la vaca. Ahora, piensas, lo importantes es distinguir la vaca del toro. No vaya a ser que la vuelva a liar… Según pasas por el salón te has visto, de refilón en el espejo, llevas todo el careto lleno de habones. Unos granos del carajo. ¿Y esto? Sales gritando para la habitación.
¡Cariño, levanta…! Vamos a médico de urgencia. Mira, mira… mira como estoy.
El médico dice que es una reacción lógica a la leche.
Es que ustedes, los de la capital, no están acostumbrados a comer y beber alimentos naturales. Claro… Esto no es nada. Un par de cajas de pastillas y, sobre todo, no se me rasque, que se le puede quedar la cara como si hubiera pasado la varicela…
Salgo corriendo. Me monto al coche, meto los trastos como Dios da a entender y salgo, en dirección a Madrid como un loco.
Vamos, vamos… le digo a la mujer y al chiquillo. Vámonos de aquí y no toméis ni agua. Que igual no está ni clorada.
¡Jesús, hijo! Qué exagerado… Cómo se nota que eres de capital.
Miras en dirección al asiento del acompañante y fijas tu mirada criminal en la parienta… Esta está pálida. Se ha quedado sin habla. La he acojonado, piensas… No. Suena un golpe, ¡zas! No sabes para donde mirar. De buenas a primeras estás sentado sobre el asfalto. Tu coche está repartido en pedacitos por toda la carretera…
¿Qué ha pasado?, preguntas…
Un corzo.
Es domingo todavía… El vigilante de la empresa te pregunta
¿A dónde va? Si está cerrado…
Abre, coño…
Pero si es domingo.
Ni domingo ni leches. Déjame entrar. No quiero volver a salir de la oficina…. Con encanto, dice… Encantado estoy de no volver a salir de vacaciones.

EL CINE ESPAÑOL SIEMPRE ACABA COMO EL DE HOLLYWOOD

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A mí nunca me gustó el cine demasiado, don Dimas. El cine siempre me pareció un ejercicio de zascandiles que no tienen otra cosa que hacer.
¡Pero hombre…! Si el cine es un arte. ¿Por qué no le gusta el cine?
Pues porque los directores, los guionistas, los productores no buscan la raíz de las cosas. Siempre se quedan en la anécdota. Dígame usted. Cualquier película… no sé… Las de marcianos, por ejemplo. ¿Es que los marcianos son extraterrestres? ¿A los marcianos es a los únicos seres que no les gusta la moda? ¿Por qué los marcianos aparecen siempre desnudos en las películas? ¿No van a las rebajas? ¿Son los únicos que no llevan nada de Carolina Herrera? No será porque no les guste la moda. Verá usted. Nunca he visto un marciano gordo. Pero tampoco vi, jamás, un marciano en el gimnasio. Y sin embargo están finos como fideos. Un marciano no pasea, como me dice a mí el médico, y no tienen colesterol. ¿Hacen los marcianos footing? De no ser así ya me dirá usted. Si están todo el día sentados en la nave; sin hacer ni gota de ejercicio tendrían que estar como sacas de correos.
Hombre, don Matías, que esas son cosas de la ciencia-ficción. Que no son ciertas…
Bueno, pues le pongo otros casos, para que usted me diga. Las pelis de miedo. Va un tío, o una joven, y oye un ruido… Yo, si oigo un ruido en mi casa me cago, literalmente. Ellos no. ¡Qué va! Va y dice ¿Quién anda ahí? Sí, hombre; que te va a decir el caco. Aquí Ramón el Randa, navajero y violador. Seis años de profesión, dos condenas y siete fugas. ¡No te digo! Pero es que, si no contesta, va el tío, o la chavala y se pone a buscarle. Primero mira en el baño. Es raro, porque los ladrones suelen ser jóvenes, y no sufren de próstata. Pero ellos miran por si les entró una urgencia. Como no está tampoco en el baño van avanzando despacito y sin dar la luz, para que no le vea… Abren una puerta despacio. ¡Pero coñoooo! Abre de un portazo, que si está tras la puerta, igual le descalabras. Pues no, abre bien despacito, y además no suelta la manivela, se conoce que es para no caerse del miedo.
Pues bien, resulta que tampoco está en el baño. Entonces va y mira bajo la cama… A ver, hombre, suba usted a la cama, que estará más cómodo. No ve que se está llenando de pelusilla. Suba, no se preocupe… Nada, tampoco está bajo la cama. Entonces viene el efecto Chueca. Igual está dentro del armario…. ¿Es usted un caco sarasola? No se preocupe, que no pasa nada. Ahora sale usted del armario y le acompaño a la asociación de gays y lesbianas y se saca usted el carné fucsia, como si fuera de los de la urraca de Güemes. ¡Por favor!, don Dimas…
Es que es usted un exagerado, no me diga. Pues estas películas de miedo están entre las más valoradas por el público.
Claro, por un público al que le da lo mismo ocho que ochenta. Verá usted. La señorita, o el protagonista, como no han encontrado al malo salen a la calle. ¡Tachánnnnn!. Ostras pedrín, que viene el malo de frente… ¿Qué hace el prota, o la chica? ¡Ah, amigo…! Se cambia de acera. ¡Claaaaaro! No ve usted que los asesinos solo matan en las aceras pares. En las impares no hacen nada. El malo, al ver que se cambian de acera, va y dice: Me cago en to lo que se menea… Otro que se me va a corrales vivo. ¡Le digo yo a usted…!
¿Y las españolas? ¿Tampoco le gustan a usted las españolas?
Pues tampoco, no crea… Me parece que no saben adelantarse a los acontecimientos y no muestran nada nuevo ni terminan como españolas, sino como las de Hollywood. Se quedan en lo superficial.
No me diga. ¿No le gusta Berlanga?
Pues sí, la verdad, me hace gracia. Es el que más se acerca a la realidad. Por ejemplo, en La escopeta nacional salía un inspector de hacienda que se llamaba Solchaga y en otra película salía un policía que se llamaba Corcuera. Berlanga, la verdad, es que se acercaba bastante a la realidad.
¿No recuerda usted la película Plácido?
Claro
Pues en ella trataba muy bien el problema de los impagos de las letras. La angustia que se vivía en aquella España de cartilla de racionamiento y plato único. La pelea del pobre Plácido por pagar al notario la letra daba una idea de cómo era entonces la compra a plazos… ¿No le recordó estas épocas de crisis?
Sí, pero no remataba. ¿Ve? Al final, Plácido, cuando llega al notario, después de sufrir lo indecible para pagar la letra, se encuentra con que el notario, -que era José Orjas, el entrañable don Cicuta-, va y le dice: “¡Pero hombre!, si este efecto no lleva fecha de pago. Usted se podría haber ahorrado el pago de esta letra”. Entonces, Placido va y le dice: “Pues me alegro mucho, deme, deme, que me la llevo” y el notario –de ahí lo de no rematar- va y dice: “No señor. Este efecto ha llegado a mí, que soy fedatario público y hay que hacerla efectiva. Se siente”. Y el Plácido, en lugar de darle un parte, como harían ahora, y repartirse la cantidad, se marcha tan conforme con el pago. Eso no es reflejar la realidad. En España, de darse un caso similar, se lo reparten. O se lo queda el notario, o lo ingresa en una cuenta judicial de la que desaparece o, por qué no, se la lleva el president de la Generalitat a Suiza en un coche revisado por la ITV de su hijo. Eso sí sería un final para una película española y no la sosada del Plácido subido en el motocarro y seguido por su cuñado cojeando con la mísera cesta de Navidad.
Pues va a ser que tiene usted razón, don Matías. No sé… me ha convencido.
Ya le digo. El cine español acaba siempre como el de Jolibub.

EL BONITO SUCESO DEL MATRIMONIO MORCILLO

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Don Tranquilino Morcillo, natural de la parroquia pontevedresa de San Miguel de Cequeliños, es un hombre sosegado; algunos dirían que hasta manso y pacífico, pero como dice él, nunca se es lo suficientemente laso cuando uno se llama Tranquilino. El Don Tranquilino está casado con una mujer de armas tomar. Una señora de las que no entran dos en un ciento. La prójima del don Tranquilino se llama la señora Sotera y es gallega, también, pero coruñesa, de Cecebre, en el ayuntamiento de Cambre. Las mujeres de Cecebre, según es norma cantada por Galicia, tienen el mear espeso. En esto son como las mujeres bermeanas. La señora Sotera, una mañana en que se levantó con el pie izquierdo, tiró escaleras abajo, a un polaco que transportaba tres bombonas de butano para su vivienda.
Para que te marches con los soldados; tío húngaro.
Siñora, butanero no húngaro. Butanero polaco…
Por mí como si eres de Lugo. Y le dejó tirado, aplastado por las bombonas. Bien es cierto que, a lo largo de dos semanas, penó su genio pues se quedó sin gas y, por tanto, sin calefacción.
La culpa es tuya, Tranqui. Que no sabes frenarme el genio.
Si, mujer. Pero quita, que va a salir la señora del tiempo.
¿Lo ves? Siempre con el tiempo. ¿Qué más te da el tiempo que va a hacer si siempre llueve en Galicia?
Pero mujer, si no ha llovido en todo el mes
¿Lo ves…? Siempre llevándome la contraria. Eso sí… Sacarme una noche, a cenar, a bailar y a ver un buen espectáculo de cabaret; eso nunca.
Pero si tú eres, en ti misma, un espectáculo.
Mira, Tranquilino –la Sotera le apeó el diminutivo, como hacía siempre que se cabreaba- como sigas con esa sorna te clavo el pico del porrón en un ojo; dijo amenazando al don Tranquilino con el porrón lleno de cerveza con gaseosa.
El don Tranquilino, cultivador de cachaza, se lió la manta a la cabeza y, una tarde, le dijo a la Sotera que se preparase que iban a salir a cenar. Que iban a cenar y luego, una vez cenados, se iban a llegar hasta el club Danville donde, entre sesión y sesión de bailables, había un espectáculo de cabaret. La Sotera, aún sin reponerse de la sorpresa se vio, de pronto, lavada, pintada y atusada en un plis-plas. Tras cambiar las zapatillas de felpa por unos zapatitos de gamuza beige se cogió del bracete del don Tranquilino y, más contenta que unas pascuas, se dio a esa vida loca con que siempre soñó.
¡Quien le dijera al don Tranquilino la que se avecinaba! Él que era un hombre simpático, que quería –y la Sotera, finalmente, se lo impidió- vivir sin meterse en líos ni en mayores complicaciones.
La historia de lo acontecido, tras la cena, y ya en el cabaret, puede ser tan cotidiana como vulgar. El matrimonio se sentó en una mesita junto a la pista. Bailaron un par de tangos y un pasodoble. El don Tranquilino pidió un ginfizz y la Sotera un destornillador. Mientras bebían miraban cómo las demás parejas se deslizaban, con mayor o menor éxito, por la pista. Un bolero, una samba y una cumbia dieron paso al espectáculo. El speaker presentó a la señorita Dorita Whitehousse, natural de Denver, en la California, que hacía un número nudista-equilibrista que consistía en hacer girar dos llaveros que llevaba colgados –de uno en uno, claro- en cada uno de sus pechos. Mientras movía las caderas el de babor giraba a babor y el de estribor a estribor. Esto, que parece fácil, no debe de serlo, más que nada por el entusiasmo con que la señorita Dorita Whitehousse, lo llevaba a cabo mientras se desencuadernaba por las caderas.
En medio de la actuación el vecino de la mesa de al lado; un viejo retinto, con el pelo teñido de azul y mechas de color ciclamen, comenzó a meterse con la Sotera. La dama miró para su marido y este, que debía de tener algo de afición al bricolaje, miró para el techo, buscando un desconchón imaginario. Entonces el otro –el viejo citado- volvió a meterse, más si cabe, con la Sotera. Ella le dio un puntapié bajo la mesa y bajando la voz le dijo:
Tranqui, que el viejo este se está metiendo conmigo.
¿Quién?
La Sotera trincó al viejo de la manga de la americana.
Este.
¡Bah! Nada, mujer, no hagas caso, parece un buen hombre
A la Sotera se le subió la sangre a la cabeza, la cara se le enrojeció y los ojos, como dos antorchas, amenazaban con quemar al pobre del don Tranquilino.
Escucha lo que te voy a decir; o matas a este baboso o aquí se va a armar la de Dios es Cristo.
¡Pero mujer…!
La Sotera se levantó, agarro por el grifo un sifón de El Laurel de Baco –una botella específica para romperla en la cabeza de los malos de las películas, por su forma, su fácil manejo y su evidente dureza- y ¡zas!, le sacudió al don Tranquilino en la misma sien, justo donde el barbero corta la patilla con la navaja.
Toma, calzonazos, para que aprendas a defender a una mujer
Al pobre don Tranquilino le llevaron en una UVI móvil a ver si aún, y pese a todo, tenía arreglo lo del sifonazo. El viejo salió corriendo y no paró hasta llegar a Puentedeume y a ella, tras el informe de la policía, la pusieron, de patas y manos, en el banquillo de los acusados, delante del señor juez, a que la riñera un poco, y la pusiera mil euros de multa, además del pago de las costas y de la reparación de la cabeza del don Tranquilino. Al declararse insolvente, el juez la envió a presidio pero, ¡oh paradoja!, el marido, impulsado por ese movimiento de inercia que lleva a la sufrida clase pasiva calzonacista a pagar, sin decir ni oste ni moste, cualquier factura que le presentase la Sotera, soltó la panoja para que la dejaran libre.
Una vez liquidadas sus cuitas con la Justicia, el don Tranquilino se llevó a la Sotera a casa donde, tras reñirle por encender el televisor para ver el tiempo, le mandó a bajar la basura ya que “no valía para otra cosa”.
Saque quien quiera, y esté en posesión de mejor razón que la de este pobre relator, las consecuencias que más le diviertan del bonito suceso del matrimonio Morcillo, que una noche, para que callara la Sotera, tuvo la ocurrencia de pasar un rato en un cabaret.

¡QUÉ CALOR…! DON MATÍAS. ¡QUÉ CALOR!

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Lo que yo le diga a usted, don Dimas. Y ya sabe usted que a mí no me gusta hablar por hablar, pero para mí, que la abuela del Soria, el del blog, es algo transformista.
¡Pero qué dice, hombre! ¿Está usted bien de la cabeza?
Se lo digo yo, don Dimas, que lo vengo observando desde hace tiempo. ¿No se ha fijado usted? La llaman Jonás la Agüela, ya me dirá usted si no es nombre de varón eso de Jonás, que parece nombre de ballenero, más que de abuela.
Será un mote, hombre de Dios… Ahora con esto del Internet ya sabe usted que la gente se pone nombres de un raro que para qué.
No, don Dimas. El Jonás este se llama, de mote, Nicolette, la sarracena y es concertista de clavicémbalo en la orquesta de pulso y púa de Navalcarnero.
Pero eso usted ¿de dónde lo saca?
Me lo contó el Periquillo Hilario, uno de Las Navas de San Juan, en la provincia del ronquío, al que dicen Búfalo. Al parecer la Nicolette, la sarracena, era algo novia del Sandalio, el de la bandurria y que salieron trasquilados a cuenta de un gotero. Desde entonces, Nicolette, la sarracena, o sea el Jonás la Agüela, que se dice ahora no sale tanto en el blog. Deben de andar algo cabreados.
¿El Periquillo y su abuela?
Sí, hombre… y no dé usted más voces, a ver si levanta la liebre y luego se cabrean conmigo.
¿Pero no dice usted que a usted no le gustan los chismes?
Mire usted, la Nicolette, la sarracena tiene auténtica fijación con coleccionar envoltorios de caramelos de esos aragoneses que llaman “adoquines”. Ya sabe usted… esos que traen jotas y algún chiste de baturros en el papelico que lo envuelve.
Sí, sí… Siga.
Pues el otro día, mientras tocaban Los sitios de Zaragoza, en la fiesta del Carmen, se organizó un pifostio en el Club de Mayores de los de agárrense que vienen curvas.
El Periquillo, que al parecer anda ahora por Jaén venga de comer pinchos morunos y venga de comer cangrejos de ríos picantes, pues se dejó el gotero en el cuarto y, al parecer, la Agüela se lo regaló al de la bandurria…
¿Al Sandalio?
Eso; al Sandalio
¿Y qué pasó?
Pues pasó lo que tenía que pasar. Que el Periquillo, al ver en su cuarto un envoltorio que traía una jota que no conocía se mosqueó y pensó que la Sarracena le daba los envoltorios al Sandalio lo que, para un hombre que ha entregado su vida a sus dos amores: la Sarracena y los caramelos de adoquines, tiene que ser todo un trago.
¿Y ahora qué van a hacer?
Pues yo qué sé… Ya sabe usted que, lo que es pelear, no pelearán. El Sandalio es gallego y los gallegos, sobre todo cerca del mar, ganan siempre las peleas. Así, pues, tendrá que devolverle los envoltorios y aquí paz y después gloria.
¿Y por qué dice usted que los gallegos, sobre todo si es cerca de la mar, ganan todas las peleas?
Pues porque son de esa raza que siempre gana. Mire usted lo que ocurre en el cantil marino. El mejillón se come el placton; al mejillón se lo come la langosta y a la langosta se la come el pulpo.
¿Y?
¿Cómo que y…? Que parece usted lerdo… ¿Quién se come al pulpo? ¿Y al mejillón? ¿Y a la langosta? Pues el gallego, hombre… El gallego
Eso es una soberana estupidez, don Dimas. Mire usted yo, mismamente, que soy de la meseta, también me como las langostas, el mejillón y el pulpo. Y no por eso gano las peleas. Algunos habrán que me mojarán la oreja, vamos, digo yo…
Usted lo que es es un manso. Pero un manso pregonao, dicho sea, naturalmente, con todo respeto. La mansedumbre, sus claridades, sus desvaríos, sus tercas abdicaciones son propias de gentes que, como usted, tienen débiles los organismos y proclaman renuncias femeniles por cada esquina… Usted, don Matías, es un manso que se encerraría en el sobrado de su casa con tal de no tener que afear a su vecino por su maldad. Usted es un buenazo, que es lo peor que se puede decir de un tío. Usted es de los que prefiere el canoro y melodioso silbar de un mirlo en el ciprés frondoso de Santo Domingo de Silos que trincarle de sus partes al abad y hacerle cantar con la voz vigorosa de un bajo en lugar de con la voz melíflua y babosa de un tenorino. Usted…
¡Ya está bien! ¿No le parece?
¡Pues hijo! Si no se le puede decir a uno lo que piensa, menuda amistad la suya. Yo, ya le dije, ni me va ni me viene los cuentos y los chismes; ni si el Jonás ese es varón o señora; si es abuela o coronel de carabineros. A mí, ¡que más me da! Pero si ya no se le puede a usted contar algo, pues lo dice. No te amuelas aquí el carcamal este…
¿Pero se puede saber qué les pasa a ustedes? ¿Qué son esas voces que se oyen desde la huerta?
Aquí, el viejo este, dice don Matías, que es un chismoso.
¿Chismoso yo…? ¡Chismoso quien pone la oreja, no quien lo cuenta!
Ya está bien… Esto es el calor, que al final nos trastorna a todos. Vamos, vamos… Un vasito de sangría y verán ustedes cómo pasan todas las querellas.
Va, don Matías, perdóneme usted… Si es que, como la Agüela ya no participa en el Internet y el Periquillo está come que te come picantes y productos derivados del cerdo…
Está todo perdonado, hombre… ¡faltaría más…!

FEMINISMO PLAYERO

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Hay hombres que una mañana, mientras se atusan el flequillo o se quitan las legañas y, como sin darle ninguna importancia, dicen: ¡eureka!; o dame un punto de apoyo y moveré el mundo; o pienso luego existo.
¿Quiere usted aclararse, don Dimas?
Voy a ver si se lo explico, don Matías. Que está usted de un espeso que ya, ya…
Pues venga, que es que da usted más vueltas que el suburbano.
Pues esta mañana, aquí donde usted me ve, he tenido la santa suerte, porque eso es suerte, desde luego, de asistir en vivo y en directivo a un acontecimiento único. Un acontecimiento que cambiará la percepción en las relaciones entre hombres y mujeres.
Quiere usted arrancar de una vez…
Pues resulta que estaba esperando en una carnicería a que me tocara el turno acompañado de la gobernanta del centro de día. Estábamos diez personas. Una de ellas yo, pero no cuento pues estaba de complemento indirecto de la señora. Ocho señoras, servidor –que ya dije que no cuenta- y Patxi; un hombre bajito, menos de un metro sesenta; ex electricista y pensionista a la espera de jubilación. El Patxi, que gasta esposa dos cuerpos más grandes que él –a lo ancho y a lo alto- y que, al ser estanquera, tiene unos humos que para qué. El Patxi, le decía, que venía ya reñido de casa, como suele ser habitual entre casados, va y se acoda sobre el mostrador mientras las ocho señoras sacan el pellejo, uno a uno, a la especie humana, sección masculina.
Lo que yo les diga a ustedes… Unos golfos todos. Unos golfos y unos misántropos
Oiga doña Adolfa, los misántropos ¿no son aquellos que tienen aversión al trato con los demás?
¿Y le parece a usted poca golfería, doña Crisógona?
Pues no, doña Adolfa, pero usted, a lo mejor, lo que quiso decir era misógino
¡Huy la tía guarra esta lo que me ha dicho…!
La doña Adolfa echó el pié atrás con idea de trincar del moño a la doña Crisógona pero la otra media docena de sotas –doña Clementa, doña Efigenia, doña Facunda, doña Mamesa, doña Melchora y la doña Pomposa- la cogieron la mano a tiempo y no llegó la sangre al río. El carnicero, blandiendo la media luna de tronzar jarretes, puso orden tras la barra.
A ver si voy a tener que salir yo a poner orden…
Misogino, aclaró la doña Crisógona, que para eso trabajó cogiendo puntos a las medias bajo una academia de pago, es el que odia a las mujeres. Por eso pensé que usted quería referirse a eso, cuando dijo misántropo.
Usted perdone, doña Crisógona, dijo la doña Adolfa. Es que una, además de muy burra y como tiene en casa lo que tiene, pues a la menor va y salta donde no debía.
No hay de qué, dijo la doña Crisógona. Yo la entiendo porque lo que sí que es cierto es que son todos unos golfos y medio putañeros. Ahí los tiene usted, deseando que llegue el verano para irse de Rodríguez de cabaré en cabaré.
Eso, dijo la doña Mamesa. O de putas.
Ahí, ahí, recalcaron todas.
Mientras, nosotras, como esclavas en la playa. Atendiendo a los niños y aguantando la tertulia de las señoras de la sombrilla de al lado. Que son de un cursi y de un pesado. ¡Menuda cara tienen los maridos! Ya lo dijo el marqués de la Valdavia: Madrid, en verano, con dinero y sin familia, Baden Baden.
Manuel el carnicero nos miraba, indistintamente, al Patxi y a mí. Yo, como iba acompañado, cerré los ojos, señal inequívoca de que iba sin grande, sin juego, sin pares y hasta sin chica. Pero el Patxi no; al Patxi se le vino la sangre a los pulsos y, redivivo en Andrés Torrejón firmando el bando contra Napoleón, se enfrentó a los ejércitos femeniles con un par…
Oigan ustedes, lo que ustedes son es unas tías sinvergüenzas.
¿Eh? Contestó el coro de indignadas. Repita usted eso si se atreve, tío enano.
Ustedes son las culpables de la ola de cambios de sexo en el género varonil. Ustedes son las responsables de que los hombres salgamos del armario y abandonemos nuestro papel secular de calzonazos.
¿Pero qué dice este hombre? ¿Ha visto usted, don Manuel? Dijo la doña Mamesa al carnicero, que pareció erigirse en árbitro de la riña.
Dejemos al Patxi que se explique, señoras. Son ustedes ocho contra él solo. También tiene que tener su poquito de turno al explicarse.
Él solito no; aquí tiene a otro, dijo señalándome a mí.
No, señora, dije yo. Yo mientras esté aquí, mi complemento indirecto, ella habla por mí.
Así tienen que ser los hombres, dijeron las ocho al unísono. Y no como este bandarra de media talla.
Miren ustedes, atinó a decir el Patxi. Los hombres, ahora con esto del feminismo, estamos acogotados y sin poder reaccionar. Algunos, los más valientes, se han hecho homosexuales, no por vicio, como decía el padre Ripalda, ni por convencimiento como algunas de ustedes pueden pensar; sino para poder hacer lo que quieran sin que sus esposas les molesten. Esta mañana, nuestra amiga Isabel Sanz nos ilustraba acerca de un marido que estaba con sus amigos (amigotes en jerga femenina) mientras su esposa reposaba, la pobre, de las multitudes de faenas que tiene cada día. Lo hacía tumbada al sol a pesar de lo mal que la viene tomar el sol, pero la pobre, ¡todo sea por la familia, la propiedad y el Estado! Ahí, dándolo todo por su familia. Seguramente tenía la cabeza llena de faenas que aún debía realizar y, por ello, no podía levantarse y llevar al niño al baño. Lo lógico, ¡faltaría más!, es que lo hiciera el esposo.
Esta escena, señoras, no hubiera tenido lugar si la pareja hubiera sido homosexual. El marido (ahora sólo tienen marido los homosexuales; las señoras tienen chico, pareja o churri) estaría hablando con sus amigos mientras el otro marido estaría tumbado al sol. Si un marido le dice al otro marido que lleve al niño a hacer un pis, aquí paz y después gloria. Pero no… La tumbada era la esposa, la que, a lo mejor, como decía doña Adolfa, llevaba todo el mes en la playa, aguantando niños y las conversaciones de la sombrilla de al lado y el hombre, como todos los hombres, habría llegado, hacía media hora, de Madrid, donde lleva toda la semana de Rodríguez, gozando de los cabarés y a putas.
Pues lo dicho, señoras. Han conseguido ustedes cargarse al marido español, al calzonazos ibérico y le han hecho abandonar el armario como el gorgojo abandona las lentejas.
El Patxi, acabó su perorata; entregó la lista al carnicero y, tras dar los buenos días a su público que le miraba boquiabierto, dio dado media vuelta y se marchó más ancho que alto, lo que tampoco, dada su talla, era difícil.
Ha visto usted, doña Mamesa, lo que ha dicho el gilorrio este. Que prefiere hacerse guay que llevar a los niños al güater. Los hay con un cuajo…

APARECE EN EL MONT BLANC UN CADÁVER CONGELADO

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En lo que queda de España, cuando Lorenzo aprieta y se funden los raíles de la RENFE, los periódicos, además de servirnos para hacer gorritos de papel con el que evitar la solana y algunos otros usos más pedestres y realizados en cuclillas, también sirve para buscar, día a día, la noticia chusca, la información extraña, el rumor a siete columnas. Así, unos días aparece Elvis en Borgoña, tomándose unos chupitos de calimocho. Unas veces lo hace sólo y otras con Sid Vicious o con Janis Joplin. Otras veces, se cuenta la verdadera historia del romance entre los Kennedy –todo ellos, of course, empezando por el padre y acabando por Ted, ese memo que tenía cara de ensaimada- y la certeza de que la banda de Dillinger se la cargó, en un garaje, la noche de San Valentín y, finalmente, informan del último avistamiento del lagarto ese de Escocia que, como la sangre del Casto José, de la Corte del faraón, se le sube y se le baja, la colita en el lago Ness.
Hoy, la Agencia Europa Press, nos trae una noticia que hubiera sido extraordinaria para una mente que, desgraciadamente, no es la mía. Entre el valle de Aosta y la Alta Saboya ha aparecido el cuerpo congelado del montañero Patrice Hyvert. Al cuerpo, según cuenta la agencia, lo encontraron dos escaladores de los que no dice su gracia el artículo. Ni su gracia ni su origen. Igual, en lugar de montañeros, eran dos pilotos de un OVNI, que también es noticia recurrente y estival.
También, ¡quién sabe dónde!, que diría Lobatón, podría tratarse de Walt Disney que, hartos ya sus herederos de pagar por mantener el cuerpo en la nevera de un tanatorio, lo hayan depositado, como quien tira las cenizas, bajo el Mont Blanc. Habría que repasar todas las películas para ver qué dibujo podría haber sido el autor del abandono. Igual ha sido Pluto quien, para mí, tiene pinta de culpable.
Me imagino el trauma que podría haber supuesto a los dos montañeros encontrar al congelado cadáver tirado en medio de un nevero. Si el deshielo hubiera llegado más tarde, en lugar de encontrárselo estos dos pobres remedos de Pérez de Tudela, se los habría encontrado la vaca de Suchard. Esa que, bastante tiene, es cierto, con lo que come. Porque mira que es raro que una vaca frisona, con sus dos cuernos, su rabo espantamoscas y sus tetas ubérrimas y nutricias se vuelva de color lila, como si fuera una vaca fan del Cristo de Medinaceli.
Los dos montañeros habrán puesto en manos de la policía, tras la correspondiente denuncia, la investigación.
¿Han tocado algo?
Pues no, agente. Este, al ver el fiambre, se ha tirado pista abajo y ha perdido hasta un esquí.
¿Y usted?
¿Quién yooooo?
Si, usted. Usted tiene pinta de listillo. A ver, esas huellas.
¡Oiga usted! Que yo lo único que he hecho es avisar. A ver si ahora voy a pagar los platos rotos.
O sea, que encima han roto ustedes los platos…
Que es una forma de hablar
Aquí se viene a declarar lo que yo pregunto. ¿Entendido?
Si
¡Sí, señor agente!
Eso.
Finalmente, la gendarmería, que estaba deteniendo a un guiri que hacía balconing en un piso bajo y a su pareja que hacía felationing a una reproducción macarrónica de un Manneken pis que vendían en un chino, acudió al escenario de la aparición. El cabo Swigel, don Nemesio, quien como no sabía esquiar fue acompañado hasta la cumbre, dentro de un carrito del Auchamp, y que tenía cuchillas, como los patines de hielo, en lugar de ruedas. A punto estuvo de quedarse porque no tenían el euro para meter pero, finalmente, un gorrilla negro, que andaba aparcando coches en el parking de la estación invernal les prestó los cincuenta céntimos precisos.
Ustedes pensarán que esto es un sainete o un vodevil, pero no… Esto es, realmente una tragedia. Bueno, en tragedia se convirtió cuando le avisaron al padre del difunto. Efectivamente, don Gerard Hyvert, que ya peló 82 calendarios, hoja a hoja, no se mostró, especialmente, contento con el hallazgo.
Mire usted, dicen que dijo. Yo, que soy muy montañero y algo ecologista, creo que estaba mejor en la montaña, congelado como un pulpo del Pacífico, que metido en un ataúd, como una pastilla de turrón del duro, o como una botella de Rioja de las que cata don Juan Cuatrecasas.
El cabo Swigel, don Nemesio, ha tomado aire de una forma relajada. Ha echado el pié derecho para atrás y, con bastante paciencia, le ha dicho al padre.
Mire usted, don Gerard, servidor y aquí mis porteadores, llevamos desde anteanoche, como rumanos buscando chatarra con el puto carrito del supermercado. Me han sacado fotografiado en el boletín de la Gendarmería Tirolesa para escarnio, mofa y befa de la profesión, y no puedo volver a casa porque mi parienta, la Brunhilde, me ha puesto la maleta en la escalera por gilí y, por si era poco, se me han helado los dos ojos de gallo que tenía junto al juanete del pie para que ahora, me venga usted con que prefiere que dejemos el cadáver de su hijo en la montaña.
O se lleva usted al difunto o le voy a dar una mano de leches que, ríase usted de las mejillas del San Bernardo ese que lleva el barrilete al cuello. A ver, Dietlinde, Eberhard, les dijo a los gendarmes, me van a empapelar a este por alterar el medio ambiente del Parque Nacional del Mont Blanc. Le va a caer una multa que va usted a estar comiendo codillos con chucrut hasta que la Merkel se vuelva romántica. ¡Pero coño…!
El Gerard Hyvert, como no podía ser de otra forma, se la envainó y tuvo que llamar a la funeraria San Saturio, de Soria, Spain, quien desplazó, para el traslado y posterior entierro, a un coche fúnebre con orugas, muy del estilo Rommel, que trasladó el cadáver al Palacio de Hielo de Saint-Gervais-les Bains, que es donde la Danone hace los quesos Gervais y los pasa por el baño de María.
Oiga, don Dimas, esto es cachondeo, ¿verdad?
Pues verá usted, don Matías, servidor, con esto de la calor, ya no podría decir si lo que pone la prensa es así o se lo inventó el Soria; que desde que está con lo de la jubilación, no sé, no sé…

EN ÉPOCA DE CRISIS NO HAGAS MUDANZAS

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Al Escolástico Ferreol le sonaban los huevos al caminar. Esto no suele ocurrirle a mucha gente, pero al Escolástico, se conoce que por una orquitis mal curada, se le quedaron los huevos gordos y sueltos como dos castañuelas. Se podía decir, que el Escolástico, por el pasillo de su casa y marchando del baño al cuarto donde dormía, parecía Lucero Tena sobre el escenario.
Lucero Tena, por si usted no lo sabía, don Dimas, comenzó a bailar a raíz de unas fiebres contraídas en su niñez.
Pues igual, al Escolástico, con esto de la orquitis, también le dio por el baile. ¡Vaya usted a saber!, don Matías. El caso es que, cuando el Escolástico tuvo que entrar en quintas estuvo mirando de cambiar de sexo.
Lo mejor será que me capen, pensó. Retirados los crótalos se acabó el ruido. Para su desgracia, y por aquellas calendas, ni estaba avanzado ni consentido eso del cambio de sexo. El Escolástico, por aprovechar el ritmo, se cambió el nombre y, como Melchora la Jaenera, varietés y copla española, se dio al teatro ambulante como si fuera la mujer barbuda.
Una tarde, pasados unos años y ya con un pequeño ahorro en la Montepío la Melchora cantó como los ángeles en el Teatro “La Oca te tira cuando te toca”, de Almedina, junto a Torre de Juan Abad, en la comarca de Campo de Montiel, partido judicial de Villanueva de los Infantes y en la mancomunidad de Manserja, Ciudad Real, Spain donde, se dice, estuvo preso don Francisco, el de El Buscón don Pablos. Una tarde, decía, entre la primera y la segunda función –los domingos sólo se daban la sesión vermú y la de la tarde- la Melchora recibió, en su camerino, entre gaseosas La Pitusa y sifones del Laurel de Baco, la visita del comerciante don Radamés Oliva, gerente y propietario de la Sociedad Almedinense de Fideos y Macarrones Radoliva, sociedad limitada. El don Radamés, tras regalar a la Melchora un impresionante ramo de flores y una variedad de productos (rigatoni, tortiglioni, fusilli, rotini, farfalle, coditos y lazos) con cierto sabor a engrudo, eso sí, se decidió a invitar a la artista a pasear del bracete por el pueblo.
Aquello fue un escándalo tal, que si no llega a intervenir el gobernador civil, a petición expresa del delegado local del Movimiento podría haber supuesto una alteración del orden público de vaya usted a saber qué consecuencias.
Don Melquiades, el párroco, tuvo que ser atendido de un desmayo y el boticario don Lesmes, tuvo que darle a oler unas sales que, ¡vaya por Dios!, apenas si tenían olor de tantas veces como habían sido utilizadas.
Don Radamés, quien en el pueblo era conocido como el Tío Fideos, con evidente gracia y originalidad, se encampanó con la autoridad y, puesto en jarras, se enfrentó al cabo Abundio, quien a punto estuvo de darle un lapo con la turuta de echar los bandos. El don Radamés, decía, se encampanó y le gritó al delegado local:
A ver quien tiene cojones a sentarme a mí las costuras…
Al cabo Abundio, al delegado y hasta al boticario don Lesmes se les arrugó el ombligo y dieron un paso atrás.
En este pueblo lo que hay es mucho muerto de hambre. ¡Eso!. Y mucho meapilas. En este pueblo lo que sobran son santurrones y lo que faltan son hombres de los que se echan al costillar un buey y lo suben al campanario.
¿Usted que dice, tío boticario?
¿Yo, don Radamés…? ¡Dios me libre a mí de decir nada! A mí qué se me da si usted se pasea con esa señorita… o lo que sea.
¿Cómo que lo que sea? Dijo el don Radamés sacando un estoque de dentro del paraguas. ¿A ver quien tiene lo que hay que tener para faltarle el respeto a esta dama?
¡Déjelo usted, don Radamés!, dijo la Melchora temerosa de que acabaran todos en el cuartelillo.
Ni déjelo, ni déjela… ¿Quién tiene que decir algo de esta señora. De esta dama bella y artista como la copa de un pino?
Se conoce que, por aquello del nerviosismo a la Melchora le rilaron las piernas y, de resultas de ello, las castañuelas, comenzaron a sonarle por debajo del canesú y del vestido camisero plisado que se había puesto para el paseo.
¿Pero qué es esto, Melchora? Preguntó el don Radamés. ¿Qué son esos ruidos como de castañetas que suenas bajo el vestido…
La Melchora huyo de Almedina sin parar ni en Torre de Juan Abad, ni en Montiel, ni el Villanueva de los Infantes. La Melchora no paró hasta llegar a Alcorcón donde, tras refugiarse en casa de la Efigenia, una bailaora enana que hacía un cuadro con ella en las giras por Extremadura, se metió en la cama y no salió de ella en una semana.
La Efigenia, subida en un taburete, se acodaba sobre la cama y trataba de darle consuelo a su amiga.
Tranquila, Melchora. Me han dicho de un médico que te puede dejar como esas del bikini que aparecen en las fotografías de las playas de Río de Janeiro. Al parecer ya no es doloroso y, hasta dicen que si es porque te crea algún problema de personalidad, te dejan operarte y darte de alta. Una amiga de aquí al lado, que era soldado gastador en el cuartel de Wad Ras, se ha operado y ahora trabaja de peluquera en Móstoles. Hasta le han dejado cambiarse el nombre y el sexo.
La Melchora, casi repuesta de la carrera manchega y del disgusto de perder el momio de la fábrica de fideos marchó aquella misma tarde para entrevistarse con el ex gastador.
Ya puedes cambiar de sexo. Mira cómo me han dejado a mí, dijo abriéndose la bata.
¡Hija, por Dios!, le dijo la encargada. Tápate, que da hasta dentera ver cómo enseñas la cicatriz.
¡Pues hija!, te diré yo a ti algo cuando se te ve lo del apéndice
No es lo mismo…
¡No ha de ser….!
La Melchora, convencida, se acercó al Registro. Sacó su número de una máquina como las de las charcuterías y esperó hasta que el funcionario dijo
¡El 31!
¡Servidora!
Usted dirá…
Yo venía por el cambio de sexo y para registrarme como mujer
¿Pero ya se operó?
Sí señor, mintió la Melchora.
Pues ponga aquí sus datos. Nuevo nombre, apellidos. Tienen que ser los mismos aunque puede variarse el orden. Firme usted aquí abajo y, en un plis-plás anulamos su antigua inscripción y ponemos la nueva.
El Escolástico firmó y, ya como Melchora López Ferreol, pues había cambiado el orden de los apellidos, salió a la calle y se inscribió en el IMSERSO, para pedir su pensión de jubilación.
La funcionaria, al introducir los datos en el ordenador, recibió una respuesta negativa.
Mire usted, aquí no figura ninguna Melchora López Ferreol, ni existe una vida laboral de nadie con ese nombre.
Pero si yo llevo más de treinta años cotizados. Mire usted como Escolástico Ferreol López. Es que, ¿sabe usted?, me he cambiado de sexo.
Pues qué quiere usted que le diga, contestó el funcionario. Aunque la mona se vista de seda… dijo el muy grosero.
Tampoco existe el tal Escolástico.
Es que me han dado de baja en el Registro, ¿sabe usted? Como me he cambiado el sexo…
Pues eso no es cuenta del Registro, señora… Si usted no tiene una vida laboral que respalde las cotizaciones de los últimos treinta años, no tiene derecho a su pensión de jubilación.
¡El 32!, gritó el funcionario ignorando las amargas lágrimas de la Melchora.
El Escolástico, ahora ya la Melchora, salió del Registro sin poder contener sus lágrimas y su pena inconsolable. Al menos, pensó, si me opero con lo del Montepío, no me sonarán los huevos cuando camino.
Moraleja: En época de crisis, no hagas mudanzas.